Mundo
Sumy, el frente olvidado de la guerra: "Éramos una isla en medio de rusos"
La región, símbolo de la resistencia ucraniana, es una pista de entrenamiento para los drones de Putin: "Quiere aterrorizarnos" Leer La región, símbolo de la resistencia ucraniana, es una pista de entrenamiento para los drones de Putin: "Quiere aterrorizarnos" Leer
La invasión general que lanzó el ejército ruso el 24 de febrero del 2022 permitió que en torno a Shostka (Ucrania) se creara todo un relato épico basado en lo que durante varias semanas fue una suerte de «república libre» -esa es la palabra que usa su alcalde, Mykola Noga- que no pudo ser capturada por los uniformados del país vecino, que la cercaban.
«El primer día volamos el puente sobre el río Desna y eso frenó el avance ruso hacia el sur (hacia Kiev). Intentaron colocar un pontón, pero lo destruimos. Al final, los tanques rusos tuvieron que dar la vuelta alrededor de Shostka. Nos quedamos como si fuésemos una isla en medio de todos los territorios que ocuparon los rusos», relata el alcalde ucraniano.
La población y la treintena de aldeas que dependen de su administración quedaron bloqueadas en lo que recuerdan como un «asedio» similar al que también sufrió la capital provincial, Sumy. La región, limítrofe con Rusia, fue uno de los ejes elegidos por el ejército de Moscú para avanzar hacia la capital ucraniana, sita al sur, a más de 300 kilómetros.
«Teníamos que traer comida de Dnipro e incluso tuve que ir a recoger 76 millones de grivas (1,5 millones de euros) en billetes, que pasamos a través de los controles rusos, ocultos en bolsas cubiertas de remolachas. Nos habíamos quedado sin efectivo», recuerda el titular de la municipalidad.
La leyenda sobre la «resistencia» de Shostka -situada a sólo 50 kilómetros de la frontera rusa- llegó a tal punto que fueron muchos los capitalinos que buscaron refugio en ese bolsón, agrega el titular de la alcaldía.
El funcionario de 74 años se expresa en un despacho donde las ventanas han sido sustituidas por paneles de madera. Muchas de las oficinas próximas tienen las puertas arrancadas. Un dron ruso explotó a metros del edificio municipal el 4 de mayo. No se empotró contra el habitáculo porque chocó con un poste de cemento.
Todavía puede verse el enorme socavón que dejó en el asfalto. Y un pedazo de un ala de la aeronave no tripulada (UAV) que el alcalde Noga guardó en la sede municipal.
Los rusos no consiguieron capturar Shostka hace cuatro años pero ahora, según la opinión del funcionario local, han decidido «convertirla en una ciudad fantasma», atacándola de forma repetida con oleadas de UAVs, dentro del renovado empeño militar que han mantenido este año después de que el propio presidente, Vladimir Putin, ordenara crear una «zona tampón» en la provincia de Sumy -donde se encuentra ubicada Shostka- y la adyacente de Jarkiv.
La directriz del mandatario comenzó a materializarse de inmediato y el mismo mes de diciembre los rusos ocuparon la aldea de Hraboske. Fuentes ucranianas como Deep State, una agrupación especializada en el análisis del conflicto, han reconocido que los militares rusos controlan una serie de pequeños enclaves en la linde divisoria, pero un portavoz de las fuerzas armadas locales, Viktor Trehubov, indicó en abril que esos avances son «desagradables, pero no pasan de 1,5 kilómetros de la frontera».
La mayoría de los expertos coinciden en que una ofensiva relámpago como la que registró la región en 2022 ahora es impensable.
«La gente se acuerda que los rusos se encontraban a las afueras de Sumy al mediodía (del día 24). El día 25 había comenzado el cerco de Sumy, que duró un mes. La guerra ha cambiado. Eso hoy en día no es posible (debido a los drones)», opinó el analista Viktor Bobyrenko, en una publicación local.
Al mismo tiempo, el empeño ruso se ha traducido en una intensificación de la acción de los Shahed (los UAV de origen iraní) y las bombas voladoras (llamadas kab) contra diversos centros urbanos de la provincia.
Este mismo sábado, la aviación rusa lanzó al menos siete de estas bombas contra Sumy, dañando una veintena de viviendas particulares. Los artefactos dejaron enormes socavones, un muerto y numerosos heridos.
«Los ataques se han multiplicado por 10 en comparación con el año pasado. Putin quiere aterrorizarnos, que la gente huya. La mayor parte de los ataques se poducen por oleadas. La primera atrae a los equipos de rescate y entonces llega la segunda», refiere Noga, el jefe de la municipalidad de Shostka.
El último ejemplo de esta táctica se produjo hace sólo dos días, agrega. Según cuenta, un vecino de la ciudad, de 69 años, se topó con un Shahed tirado en la carretera. Iba en su bicicleta.
Noga dice que «los servicios de rescate le dijeron que huyera, que podía venir un segundo Shahed. No hizo caso y efectivamente hubo un segundo, y lo mató. Era un antiguo liquidador de Chernóbyl (los grupos de trabajadores que tuvieron que apagar el incendio de la central nuclear durante la catástrofe de 1986). Sobrevivió al desastre nuclear pero lo acabaron matando los rusos».
Las señales de los repetidos asaltos aéreos contra la localidad y las aldeas de alrededor, donde siguen viviendo 85.000 personas, se multiplican al recorrer sus calles. La estación de tren quedó devastada por otra avalancha de UAVs el 29 de mayo. La mitad del inmueble principal se derrumbó.
Lo mismo que el amplio centro de deportes que había sido construido en 1976. «Ardió durante horas», refiere uno de los empleados al mostrar las instalaciones calcinadas.
Las autoridades provinciales, en este caso el gobernador Oleh Hryhorov, también acusan a Moscú de haber intensificado las acciones contra «objetivos civiles» y usar la región norteña como «una especie de polígono de entrenamiento» para sus pilotos de drones.
Según Hryhorov, desde principios de año las fuerzas del país enemigo están desplegando en este territorio «drones nodriza» que transportan otros más pequeños, que se activan sobre la metrópoli. Sumy debería encontrarse más allá del rango de acción de los denominados FPV, los drones de menor tamaño pero los más eficaces y temidos. Esta táctica ha colocado a la metrópoli bajo la acción de estos aparatos.
«Este año ya hemos detectado 52 FPVs», asegura Hryhorov.
«Han conseguido desarrollar una técnica que interfiere nuestros radares con señales falsas. Parece que hay un dron pero es un fantasma no existe. Nos hacen lanzar los interceptores para nada», añade.
El incremento de las acciones de estos FPV ha obligado a recurrir al sistema de carreteras cubiertas por redes -ya han protegido 400 kilómetros- que ya es la norma en el este del país. También a proteger de la misma manera numerosas gasolineras en Sumy.
La villa -ubicada a 30 kilómetros del territorio ruso- ha sido escenario asimismo de asaltos aéreos que recuerdan a los tristemente célebres «safaris humanos» que los rusos comenzaron a implementar en la localidad sureña de Jersón y extendieron, después, a otros muchos enclaves.
Natalia Stratiy y su amiga, Olha, fueron testigos del que sufrió un cortejo fúnebre el pasado 23 de mayo. Las dos enfermeras asistían a las exequias del marido de una compañera junto a otras decenas de personas. Habían formado un cortejo de casi una decena de vehículos, incluido un autobús donde viajaban uniformados, compañeros del muerto, que servía en el ejército local.
«Al principio pensamos que era un pájaro. Se veía como una mancha negra en el cielo», rememora Natalia. No lo era. El UAV comenzó a volar en torno a la comitiva mientras que los coches intentaban huir en medio del pánico. Al final se abalanzó contra los soldados que viajaban en la buseta.
«La explosión mató a uno al instante y a otro le amputó las dos piernas. Murió poco después de llegar al hospital. Otras 13 personas resultaron heridas», refiere la doctora Victoria Voloshyna, que estaba de guardia en el principal hospital de Sumy.
El centro sanitario acoge ahora mismo a más de una docena de víctimas de las acciones de los Shahed. «Todos los días nos llegan tres ó cuatro heridos por estos drones», apunta la directora, Tetyana Senko.
No lejos del hospital, el máximo responsable del centro ecuestre local, Oleksandr Salatenko, se encontraba atareado este fin de semana con la evacuación de la última víctima de la agresión aérea que golpeó al club el pasado día 16.
A algunos kilómetros del establecimiento sanitario, y pese a su edad, 71 años, Oleksandr era uno de la media decena de trabajadores que intentaba arrastrar el cadáver de Yangtze, un animal de una decena de años, galardonado por sus logros. Fue herido por la metralla tras el impacto del AUV contra las cuadras. «Intentamos mantenerlo vivo pero murió el viernes».
La explosión del Shahed atravesó el techo, destruyó cuatro establos y mató en el instante a otros tres equinos, del casi centenar que viven en este complejo.
«Los ojos de todos los caballos nos dicen lo mismo. ¿Por qué?. Ni ellos ni nosotros entendemos por qué hay que atacar un club ecuestre, matar a caballos», inquiere Sofia Zakorko, una joven campeona de equitación de sólo 16 años, que ha acudido para dar el último adiós a Yangtze.
Al igual que Shotska o Sumy, la arremetida rusa del 2022 dejó de lado la ciudad de Baturin, en el límite que marca la separación entre esta provincia y la vecina Chernihiv.
El simbolismo que adquirió Shotska en aquellas fechas no puede igualar el significado que tiene Baturin para el imaginario colectivo de Ucrania. Esta fue la capital del protoestado cosaco que controló gran parte del actual territorio del estado europeo en la segunda mitad del siglo XVII. Incluso ahora, en plena guerra y pese a que la frontera con Rusia se encuentra a cerca de una hora de viaje en coche, los ucranianos siguen peregrinando hasta este lugar, para visitar la reproducción del castillo que sirvió de sede a dicho reino o el memorial que rinde recuerdo a las víctimas de la masacre de 1708.
Ese año, las tropas del zar Pedro Primero capturaron la plaza, defendida por los cosacos, aliados del ejército sueco. Los rusos asesinaron a miles de personas en un suceso que para los ucranianos emula el lúgubre significado que tiene el bombardeo de Guernika para los españoles.
En el subsuelo de una capilla que acoge varias decenas de pequeños féretros con los supuestos restos de parte de las víctimas de aquella matanza, se puede leer una declaración del ex presidente ucraniano Viktor Yushchenko, quien promovió la restauración de los restos de Baturin. «Esta es la guerra número 24 que Rusia lanza contra nosotros. Hace tres siglos fue Pedro Primero. Ahora Putin. El enemigo es el mismo. El objetivo es el mismo. No ha cambiado nada».

