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Economía

El mundial de fútbol 2026 en un planeta fracturado

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Este jueves 11 de junio se inaugura oficialmente el mundial de fútbol 2026 mientras, en otros litorales, continúa la guerra entre Ucrania y Rusia, lo mismo que el conflicto bélico entre Irán, Israel y los Estados Unidos.

Obviamente, el contraste es casi inverosímil. En efecto, mientras las pantallas de televisión, los estadios de Estados Unidos, México y Canadá se iluminarán para celebrar este evento mundialista, y las graderías vibrarán con cantos, en tanto banderas de decenas de países ondearán al viento y millones de personas se fundirán en un abrazo efímero que provoca un gol, fuera de las fronteras de los recintos deportivos, el mundo real no se detiene; se desangra.

En tanto el balón rodará en el césped norteamericano, los frentes de combate en Europa del Este y en el Medio Oriente siguen devorando vidas y desestabilizando la economía global. Este paralelismo revela una incómoda verdad sobre nuestra era: la capacidad de la humanidad para normalizar la tragedia colectiva a cambio de un mes de entretenimiento.

Comúnmente, se había vendido la idea de que la diplomacia del fútbol era un puente para la paz; pero el panorama geopolítico de este año demuestra que la alta competencia y la violencia extrema pueden coexistir sin tocarse, sin que parezca estar relacionadas.

En la región de Ucrania y Rusia, el conflicto armado se mantiene como una herida abierta y sangrienta que arrastra años de desgaste. Así también, el polvorín del Medio Oriente mantiene al planeta entero al borde de un colapso energético y productivo. Pero lo que resulta más absurdo en este paralelismo, es que mientras las potencias mueven sus piezas en tableros militares reales, sus delegaciones o aliados deportivos compiten bajo un reglamento de juego limpio en la cancha.

Lamentablemente, la ilusión de unidad que genera el mundial solo durará noventa minutos por cada juego pues, para el resto del planeta, sobre todo aquellos países que no tienen una bota militar en el terreno pero que sufren los daños colaterales de la geopolítica, la celebración se siente distante y costosa.

Por ejemplo, las poblaciones vulnerables del mundo no pueden con una inflación persistente en donde los mercados de energía y alimentos continúan asfixiados debido a la volatilidad del petróleo. Tampoco pueden con la crisis humanitaria que se está viviendo, ni con una inseguridad alimentaria azuzada por el encarecimiento de insumos básicos. A todo esto, durante un mes el balón de este mundial de futbol rodará montado en un abismo.

En definitiva, esta Copa del Mundo se convertirá en un analgésico social, una distracción masiva diseñada para que la gente mire para otro lado, en tanto las familias en América Latina, África o Asia pagan el combustible y el pan a precios históricos, de donde se deduce que el sufrimiento humano y el espectáculo deportivo correrán por vías paralelas.

Al final, cuando se pite el final del torneo en julio y se entregue el trofeo, los hinchas volverán a casa, las luces de los estadios se apagarán, pero las sirenas de alerta antiaérea en Kiev, las detonaciones en el Golfo Pérsico y el impacto silencioso de la crisis económica en los hogares del mundo seguirán ahí, recordándonos que el fútbol puede suspender la incredulidad, pero jamás la historia.

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