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Economía

Gobernar (también) podría ser un ejercicio de pedagogía económica

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República Dominicana vuelve a enfrentar una verdad que la historia económica enseña una y otra vez: el crecimiento no es lineal, la expansión no es eterna y los períodos de contracción exigen mucho más que optimismo. Exigen carácter.

En momentos como este, cuando el entorno internacional se vuelve más incierto, el crédito se encarece y los márgenes fiscales se estrechan, el país está llamado a demostrar su principal fortaleza: la resiliencia. No como consigna vacía, sino como capacidad real para resistir, adaptarse y corregir a tiempo. Los datos recientes apuntan a una recuperación gradual, en medio de un escenario global marcado por volatilidad, choque energético e incertidumbre. ¿Qué le podemos decir a la misión técnica del Fondo Monetario Internacional (FMI) que nos visita?

Y debo decirlo con responsabilidad: este no es tiempo para la improvisación ni para los cálculos de corto plazo. Es la hora de que los sectores con capacidad de decisión (Gobierno, liderazgo empresarial, sistema financiero, Congreso y actores sociales) asuman con madurez que marcar un rumbo seguro implica costos y sacrificios. No toda medida necesaria será popular. No toda corrección será cómoda. Sin embargo, postergar decisiones estratégicas por temor al desgaste político solo profundiza los desequilibrios y encarece las soluciones futuras. La estabilidad, cuando se quiere preservar de verdad, también demanda valentía.

En ese punto, el Gobierno tiene una tarea pendiente: comunicar mejor. Muchas veces las decisiones públicas no fracasan por su contenido, sino por la forma insuficiente en que se explican. Una población mal informada interpreta los ajustes como castigos y no como parte de una estrategia para proteger el futuro. Gobernar también es pedagogía.

Si se requieren medidas de austeridad, reformas tributarias, reasignaciones del gasto o cambios regulatorios, la ciudadanía merece comprender por qué se adoptan, a quién protegen, cuánto durarán y qué resultados se esperan. La confianza pública no nace del silencio; nace de la claridad.

Pero este debate no debe agotarse en la coyuntura. Precisamente porque la economía se mueve en ciclos, el país tiene que prepararse desde ahora para el próximo tramo expansivo. Y cuando se retome un ritmo normal de crecimiento, no bastará con celebrar cifras de PIB. Habrá que impulsar medidas que transformen de verdad los modos de producción: elevar la productividad, fortalecer el capital humano, mejorar la competitividad, invertir en infraestructura estratégica y reducir vulnerabilidades estructurales, incluidas las fiscales y energéticas. El propio FMI ha insistido en la necesidad de una política fiscal prudente, de crear espacio para más inversión, mantener la deuda en trayectoria descendente e impulsar reformas estructurales que fortalezcan competitividad y resiliencia.

La presencia en el país de los técnicos del FMI abre una oportunidad que no debería desperdiciarse. Hay que preguntarles, con sentido práctico, cuáles son las recetas más eficaces para lograr que el crecimiento sea real y se sienta en la mayoría de la población, y no solo en determinados indicadores.

También conviene pedir una evaluación franca sobre cómo mejorar las recaudaciones, combatir evasión e informalidad y reducir la velocidad con que nos endeudamos. Esa conversación no debe asumirse como una cesión de soberanía, sino como un ejercicio responsable de aprendizaje.

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