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Las maniobras diplomáticas que coronan al rey Mohamed VI en el Sáhara Occidental

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El golpe a la cúpula del Frente Polisario es un salto cualitativo y aviso a navegantes: la marroquinidad de la ex colonia española es la línea roja para Rabat Leer El golpe a la cúpula del Frente Polisario es un salto cualitativo y aviso a navegantes: la marroquinidad de la ex colonia española es la línea roja para Rabat Leer   

"El rey de las grandes maniobras diplomáticas". Así definía Le Monde a Mohamed VI en un profundo análisis del pasado agosto en el que el diario francés detallaba el casi silencioso pero muy astuto activismo internacional del soberano alauí, pilotado en torno a las dos cuestiones fundamentales para el trono en los últimos años: la marroquinidad del Sáhara Occidental como principio irrenunciable y la normalización de relaciones con Israel. De esto último se han derivado, claro, ventajas tan trascendentales para Rabat como el consolidarse como el ojito derecho de la Administración Trump en el Magreb, con un respaldo ilimitado y más claro que nunca a la anexión de la ex colonia española.

Pese a las debilidades internas del régimen autoritario marroquí -el último gran estallido social se vivió en otoño con la revuelta de los jóvenes para exigir mejoras en sanidad y educación, y oportunidades de futuro, mientras tantos ven con indignación cómo buena parte de las inversiones más recientes se dirigen a megaproyectos faraónicos como los estadios de fútbol para el Mundial 2030-, Mohamed VI ha sabido transformar la diplomacia en un verdadero instrumento de poder que hasta la fecha ha logrado que la Monarquía quede al margen de cualquier cuestionamiento de las fallas del sistema, cada vez más evidentes.

Las autoridades del Reino han visto en la reivindicación del Sáhara no sólo una vieja bandera, agitada ininterrumpidamente desde la Marcha Verde de 1975. También es el asunto que con más eficacia galvaniza el nacionalismo marroquí, insuflando a la ciudadanía del mejor trampantojo para mantener prietas las filas más allá de la crisis económica, social, de fuerte desempleo y de campante corrupción en la Administración que azota a la nación magrebí. En la batalla diplomática, en noviembre Trump sirvió a Mohamed VI el Sáhara en bandeja de plata, con una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que vino a legitimar de facto el control que Rabat ya ejerce sobre el inmenso y muy rico territorio en recursos en proceso de descolonización, según la misma Organización de Naciones Unidas. De modo que no sorprende que el régimen marroquí pise también el acelerador en la batalla propiamente militar, como demuestra con su último golpe al Polisario en un ataque con drones que es un clarísimo aviso a navegantes en la nueva reconfiguración del tablero geopolítico y toda una exhibición de impunidad de quien se siente tan fortalecido por el indisimulado apoyo de Washington y Tel Aviv, a la vez que Rabat ha visto en poco tiempo cómo España, Francia y varias potencias africanas sucumbían a su exigencia territorial.

Cabe subrayar que ataques en el Sáhara occidental se producen con demasiada frecuencia desde 2020 -si bien la muerte del dirigente Lahbib Mohamed Abdelaziz, hijo del fundador de la organización independentista saharaui es más que un salto cualitativo-. Estamos ante un conflicto latente y enquistado, en el que los enfrentamientos entre las dos partes contendientes se avivaron tras el fin del cese de hostilidades por parte del Polisario, sobre todo en las inabarcables zonas desérticas situadas al este del denominado muro de defensa marroquí, la barrera fortificada de más de 2.700 kilómetros que divide el espacio de la ex colonia española. La capacidad de vigilancia y la eficacia en los ataques por parte de Rabat se ha multiplicado con el respaldo armamentístico y de herramientas como los drones por parte de EEUU e Israel.

Marruecos se convirtió el 20 de diciembre de 2020 en el cuarto país musulmán que normalizó las relaciones con Tel Aviv, tras Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Sudán, en el marco de los Acuerdos de Abraham impulsados por la Casa Blanca. La ofensiva militar israelí en Gaza, tras los brutales atentados de Hamas y Yihad Islámica el 7-O, supondría enseguida un motivo de tensión en las calles marroquíes, con una ciudadanía en general poco proclive al acercamiento al Estado judío. Sin embargo, Mohamed VI ha aguantado muy bien el pulso todo este tiempo. Con excepción de algunas grandes manifestaciones en Rabat y otras grandes ciudades, el régimen ha hecho uso de la fuerte represión, como denuncian las ONG sobre el terreno, para impedir movilizaciones en favor de los gazatíes y de Palestina. La Monarquía alauí, a pesar de que Mohamed VI preside el Comité Al-Quds (Jerusalén), un órgano creado por la Organización para la Cooperación Islámica para proteger la ciudad santa, ha dejado completamente de lado la causa palestina a cambio de la valiosísima contribución que Tel Aviv y Washington están haciendo para la imposición de la marroquinidad del Sáhara Occidental.

Mohamed VI junto al presidente de Emiratos, el jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan, la semana pasada.
Mohamed VI junto al presidente de Emiratos, el jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan, la semana pasada.E. M.

Y, en paralelo, toda la recomposición del puzle del mundo musulmán a raíz de la guerra a varias bandas en Oriente Próximo, con la ofensiva contra Irán en especial, está siendo bien aprovechada por Mohamed VI para llevarse el agua a su molino en el juego de alianzas diplomáticas que hoy traza nuevas estrategias de influencia. Uno de los movimientos tácticos más fructíferos para Rabat es el fortalecimiento que está experimentando su pacto con actores tan relevantes en el conflicto en marcha como Emiratos Árabes Unidos. El monarca alauí se presenta como mediador entre Abu Dabi y Riad, gracias a sus excelentes relaciones también con Arabia Saudí, otro de sus viejos aliados estratégicos. Y para Mohamed VI está siendo una gran ventana de oportunidad la actual pugna de las dos potencias suníes del Golfo -sus intereses son irreconciliables en Yemen o en la guerra de Sudán, pero también divergen a raíz de la ofensiva contra Irán en asuntos económicos de calado, con la salida de Emiratos de la OPEP-, al posicionar a Rabat como un "poder equilibrista", como lo han bautizado distintos analistas, que de pronto gana mucho peso en la diplomacia del mundo musulmán. El viaje de la semana pasada al encuentro de Mohamed VI por parte del presidente de Emiratos, el jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan, incidió en el auge de ese protagonismo de un Marruecos que, insistimos, centra todos sus esfuerzos en no dejar escapar por más tiempo el codiciado botín del Sáhara.

En este sentido, de modo casi silente, Rabat suma extraordinarios aliados africanos en su reclamación territorial a través de una activa diplomacia en la que tampoco falta la chequera. En abril, el Polisario recibió otro mazazo con la decisión de Malí de romper relaciones con la autodenominada República Árabe Saharaui Democrática, 40 años después de su reconocimiento. Bamako siguió los pasos de otras naciones del Sahel y el resto del continente, como Zambia y Ghana, que ya aplauden el plan de autonomía para el Sáhara defendido por Marruecos. Rabat ofrece a los países del Sahel que le secunden acceso al Océano Atlántico y con los pingües beneficios de los megacontratos explotados en la zona está limando las resistencias de los más numantinos.

El avance yihadista en el norte africano también es un argumento de peso que corona a Rabat en su papel de gendarme tanto ante sus vecinos como ante la temerosa Europa. Hoy Mohamed VI ya se sabe, por todo, rey del Sáhara Occidental.

 

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