Espectáculo
Abuelo de nuestros diccionarios
He dejado Cádiz atrás, pero me he traído en la maleta el compromiso de hablarles del Diccionario de autoridades, al que la Real Academia Española llama el «abuelo» de los diccionarios del español; un nombre acertado porque también tenemos bisabuelos e, incluso, tatarabuelos. Desde su fundación, en los albores del siglo XVIII, la RAE se marcó un objetivo prioritario: la creación de un diccionario del español. Se trataba de dotar a nuestra lengua de un diccionario a la altura de los que ya se habían hecho para el francés y el italiano; y también de que fuera «el más copioso que pudiera hacerse».
Con esta misión en el horizonte los académicos se repartieron las letras y en 1726 (solo trece años después) publicaron el primer tomo, que comprendía los capítulos de las letras A y B, nada menos que 11 316 entradas. Aparecerían cinco tomos más, hasta completar la obra en 1739 y reunir las 69 410 entradas que reúne el diccionario.
Aunque lo conocemos como Diccionario de autoridades, podríamos decir que este no es más que su apodo, porque la obra tiene por título «Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua».
¿Por, entonces, el apodo de Diccionario de autoridades? La razón estriba en su concepción y en su estructura. Los académicos idearon un diccionario en el que cada uso de una palabra estuviera sustentado en el uso de los que «han tratado la Lengua Española con la mayor propiedad y elegancia: conociéndose por ellos su buen juicio, claridad y proporción». Es decir, el uso de los buenos hablantes se toma como guía para la selección de las palabras y como ejemplo para las acepciones. Y así en su prólogo se advierte que con estas «autoridades están afianzadas las voces».
El resultado un diccionario extraordinario, de lectura deliciosa para los amantes de la lengua española y de consulta imprescindible para los que nos dedicamos a su estudio. Por si esto no fuera suficiente, el Diccionario de autoridades se ha convertido desde sus inicios en el cimiento de lo que ahora consultamos como el Diccionario de la lengua española, que ya desde 1780 toma como base al «abuelo», despojado de los ejemplos. Con el concurso de todas las academias de la lengua española e innumerables actualizaciones, tiene ya veintitrés nietos, las veintitrés ediciones de nuestro diccionario, que, no conviene olvidarlo, han heredado, como en la vida, las cosas buenas, y las no tan buenas del «abuelo». Cosas de los diccionarios con una personalidad definida por una larga historia.
Todos los que hemos trabajado alguna vez con el Diccionario de la lengua española nos sentimos en deuda con aquellos primeros académicos de 1726, quienes, con un esfuerzo que no nos atrevemos a imaginar los que ahora trabajamos con corpus y bases de datos, construyeron un diccionario que sigue vivo trescientos años después. Como a los abuelos, hay que aprender a escucharlo, a respetarlo, a beber de su experiencia y sabiduría para aplicarlas a estos tiempos nuestros, a seguir su estela para hacernos dignos de quienes nos precedieron y construir nuevos diccionarios.
He dejado Cádiz atrás, pero me he traído en la maleta el compromiso de hablarles del Diccionario de autoridades, al que la Real Academia Española llama el «abuelo» de los diccionarios del español; un nombre acertado porque también tenemos bisabuelos e, incluso, tatarabuelos. Desde su fundación, en los albores del siglo XVIII, la RAE se marcó un objetivo prioritario: la creación de un diccionario del español. Se trataba de dotar a nuestra lengua de un diccionario a la altura de los que ya se habían hecho para el francés y el italiano; y también de que fuera «el más copioso que pudiera hacerse». Con esta misión en el horizonte los académicos se repartieron las letras y en 1726 (solo trece años después) publicaron el primer tomo, que comprendía los capítulos de las letras A y B, nada menos que 11 316 entradas. Aparecerían cinco tomos más, hasta completar la obra en 1739 y reunir las 69 410 entradas que reúne el diccionario. Aunque lo conocemos como Diccionario de autoridades, podríamos decir que este no es más que su apodo, porque la obra tiene por título «Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua». ¿Por, entonces, el apodo de Diccionario de autoridades? La razón estriba en su concepción y en su estructura. Los académicos idearon un diccionario en el que cada uso de una palabra estuviera sustentado en el uso de los que «han tratado la Lengua Española con la mayor propiedad y elegancia: conociéndose por ellos su buen juicio, claridad y proporción». Es decir, el uso de los buenos hablantes se toma como guía para la selección de las palabras y como ejemplo para las acepciones. Y así en su prólogo se advierte que con estas «autoridades están afianzadas las voces». El resultado un diccionario extraordinario, de lectura deliciosa para los amantes de la lengua española y de consulta imprescindible para los que nos dedicamos a su estudio. Por si esto no fuera suficiente, el Diccionario de autoridades se ha convertido desde sus inicios en el cimiento de lo que ahora consultamos como el Diccionario de la lengua española, que ya desde 1780 toma como base al «abuelo», despojado de los ejemplos. Con el concurso de todas las academias de la lengua española e innumerables actualizaciones, tiene ya veintitrés nietos, las veintitrés ediciones de nuestro diccionario, que, no conviene olvidarlo, han heredado, como en la vida, las cosas buenas, y las no tan buenas del «abuelo». Cosas de los diccionarios con una personalidad definida por una larga historia.Todos los que hemos trabajado alguna vez con el Diccionario de la lengua española nos sentimos en deuda con aquellos primeros académicos de 1726, quienes, con un esfuerzo que no nos atrevemos a imaginar los que ahora trabajamos con corpus y bases de datos, construyeron un diccionario que sigue vivo trescientos años después. Como a los abuelos, hay que aprender a escucharlo, a respetarlo, a beber de su experiencia y sabiduría para aplicarlas a estos tiempos nuestros, a seguir su estela para hacernos dignos de quienes nos precedieron y construir nuevos diccionarios. Revista, columnistas, María José Rincón, Santo Domingo, Lexicografía, Real Academia Española, RAE, Diccionario de autoridades, Historia del español
