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Tocqueville y nuestras democracias cansadas
Una sociedad abierta no se defiende renunciando a sus principios; la democracia necesita algo más que instituciones correctas Leer Una sociedad abierta no se defiende renunciando a sus principios; la democracia necesita algo más que instituciones correctas Leer
La tenida que cada verano convoca la Fundación Tocqueville no es un congreso al uso. Reúne a un grupo de especialistas franceses y estadounidenses en Alexis de Tocqueville, junto con académicos, periodistas y responsables políticos de ambas orillas del Atlántico. Se celebra en el castillo que fue del autor de La democracia en América, donde se conserva su biblioteca y su archivo: manuscritos, cartas, incluso pequeños librillos de viaje anotados pulcramente con letra diminuta. El entorno favorece una atmósfera poco frecuente para considerar las convulsiones de nuestro tiempo. La cercanía y claridad de las exposiciones realzan la relevancia del gran liberal que estudió el tránsito del antiguo orden aristocrático a la sociedad democrática.
Tocqueville se presta mal a las simplificaciones. No fue sabio de gabinete ni moralista apartado del mundo. Se atuvo a un lema conciso y exigente: para ser un buen teórico de la política hay que ejercerla. Además de diputado, presidente del Consejo General de su département, ministro de Asuntos Exteriores, fue magistrado, viajero, testigo de revoluciones y defensor riguroso de las libertades. Esa mezcla de observación, experiencia y mirada comparada explica la densidad de su obra.
El título de esta octava edición (Quel avenir pour la démocratie? Qu’en dirait Tocqueville?) era amplio y deliberadamente directo. El programa desgranaba aspectos fundamentales, como la crisis de confianza entre ciudadanos y gobernantes, la libertad de expresión, la soledad del individuo en la era de internet y el encierro algorítmico, Europa ante la guerra y el Estado de Derecho. Sin embargo, hubo un tema -rara vez abordado en los foros europeos- que pespunteó el diálogo: la religión. No como nostalgia ni como reliquia del pasado, sino como vector decisivo del porvenir de la democracia.
La democracia no es sólo una forma de gobierno; es una forma de estar en sociedad. En su reflexión americana, el politólogo concluye que va más allá de instituciones correctas, elecciones periódicas, derechos proclamados o tribunales independientes. Se cimenta en costumbres, lazos, lindes, deberes y una idea de la dignidad humana que inspire la ley positiva.
Así, la religión ocupa un lugar central en su pensamiento, como fuerza que recuerda al individuo que no se basta a sí mismo; que una comunidad política no puede vivir sólo de intereses y derechos subjetivos. Tocqueville analizó cómo la práctica del cristianismo en el nuevo mundo no anulaba la libertad; la contenía, la orientaba, le daba suelo moral. Impedía que la igualdad degenerara en aislamiento y que la autonomía se confundiera con indiferencia hacia los demás.
Un elemento destacado de su trayectoria intelectual es la fragilidad interior de nuestras democracias. Tocqueville comprendió que la igualdad podía emancipar a la persona, pero también aprisionarla en su esfera privada. El ciudadano corre el riesgo de reducir la libertad a comodidad, desentenderse de la vida común y entregar la responsabilidad política a un poder que promete tutela y alivio. Hoy esa intuición resulta, todavía, más aguda. La existencia digital y la inteligencia artificial multiplican contactos, pero no necesariamente vínculos; aportan conocimiento, pero no siempre juicio; pueden ampliar la autonomía y empobrecer la experiencia comunitaria. En ese vacío, la religión aparece instilando al ser humano que no está solo en el mundo ni se agota en sus preferencias.
Al mismo dictamen se llega desde otra de las deducciones tocquevilianas. La vuelta de los imperios trae consigo narrativas de identidades secuestradas y legitimidades sacralizadas. Putin utiliza la Iglesia ortodoxa como altavoz de sus designios totalitarios y como coartada de una supuesta misión histórica. China, por su parte, somete la adscripción espiritual a la soberanía ideológica del Partido. En ambos casos, lo religioso deja de actuar como cortapisa al poder para convertirse en su instrumento. Tocqueville ayuda a desentrañar la gravedad de esa inversión: aquello que podía contener al Estado puede acabar capturado por él.
Esta dimensión enlaza con una mudanza más profunda del sistema internacional. La apertura que durante décadas organizó la globalización ha cedido ante lógicas de control, seguridad y coerción. La energía, el comercio, la tecnología, las cadenas de suministro y la información constituyen el entramado del poder. Las identidades religiosas y civilizatorias integran ese repertorio. No asistimos a un regreso limpio de la religión a la arena pública, sino a su resurgimiento en un mundo donde las potencias disputan territorios y mercados, pero también relatos, pertenencias y legitimidades.
Desde este ángulo, el debate discurrió por el reto que plantea el islamismo en las sociedades europeas. Nuestras democracias se deben a proteger la libertad religiosa y acoger la pluralidad de creencias. El problema no es el islam como religión ni la presencia de ciudadanos musulmanes en Europa. El problema son las formas de islamismo que buscan la totalidad excluyente, que no reclaman sólo espacio de culto, sino trascendencia regulatoria sobre familia, educación o estatuto de la mujer. Esa pretensión desborda las barreras del orden público democrático. La libertad religiosa no puede abrir la puerta a derechos diferenciados por colectividades. La ley común no solo ampara frente al Estado; es igualmente escudo frente a las presiones del grupo.
En este punto, el Estado de Derecho deja de ser una construcción jurídica para erigirse en condición política de la libertad. La ley común no borra la pluralidad; la hace habitable. Permite a cada individuo ser ciudadano antes que miembro cautivo de una camarilla. Garantiza que la diferencia no se transforme en compartimento normativo y que la tolerancia no acabe abandonando a los más vulnerables en nombre de un respeto mal entendido a la identidad. Una sociedad abierta no se defiende renunciando a sus principios, sino recordando que la libertad de conciencia requiere una ley civil compartida.
La relación transatlántica manifestó en el coloquio sus complejas aristas actuales. Pesaba el discurso ante la Conferencia de Seguridad de Múnich de febrero de 2025, donde el vicepresidente J. D. Vance profirió una acusación de enorme dureza: la amenaza que acaparaba, dijo, su preocupación respecto de Europa no era Rusia ni China, sino el alejamiento de los valores que la fundan. La Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025 elevó esa incriminación a doctrina al dedicar varios párrafos al riesgo de "borrado civilizacional" del continente. Es un reproche interesado de una América atravesada por desgarros sin precedentes. Merece rechazo rotundo, pero sería un error despacharla de plano.
Europa ha hecho del mercado interior, los derechos y la regulación su lenguaje público. Todo ello es indispensable. Pero no basta para producir energía cívica, integración o pertenencia. Una Europa enfrentada a la guerra, a la coacción rusa, a la competencia china, a la revolución tecnológica, a la inmigración y a la incertidumbre transatlántica no puede circunscribirse a gestionar. Tiene que articular qué entiende por libertad, qué herencia reconoce y qué exige al ciudadano.
Por eso la religión retorna a la conversación democrática. No para mandar sobre la política, sino porque obliga a nuestras sociedades a formular preguntas que evitan: qué veneran, qué transmiten y qué están dispuestas a defender. Tocqueville vio que la libertad no sobrevive cuando el individuo queda solo ante el Estado, el mercado o sus propias pasiones. Hoy habría añadido el peligro del algoritmo. La cuestión sigue siendo la misma. Una democracia sin alma común no cae de golpe. Se consume.
Tocqueville no ofrece una receta confesional ni una nostalgia de cristiandad. Su advertencia es severa: una democracia puede seguir funcionando y, aun así, perder el temple que la hace libre. Puede conservar instituciones y vaciarse de vínculos; proclamar derechos y olvidar deberes; multiplicar normas y quedarse sin una idea compartida de la persona, del límite y de la responsabilidad.
