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Economía

La demografía no espera

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República Dominicana todavía tiene una ventaja que no debería dar por sentada: tiempo. No enfrenta hoy el envejecimiento con la intensidad de economías avanzadas ni de algunos países más envejecidos de América Latina. Pero esa diferencia no es garantía. Es margen de maniobra.

En Europa y otras economías avanzadas, el envejecimiento llegó después de décadas de mayor productividad, ingresos más altos y sistemas de protección social más consolidados. América Latina, en cambio, está envejeciendo mucho más rápido y con una base productiva más frágil.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), las personas de 60 años o más representaban el 13.4% de la población en la región en 2022. Para 2030 serían 16.5% y, hacia 2060, casi 30%, unos 220 millones de personas. La región tendrá una estructura demográfica cada vez más parecida a la de economías avanzadas, pero sin haber cerrado todavía sus brechas de productividad, formalidad y protección social.

Por eso, el problema no es envejecer; es envejecer sin haber construido suficiente productividad, ahorro, empleo formal, salud preventiva y sistemas de cuidado para sostener esa transición.

República Dominicana entra a esta discusión desde una posición distinta. Todavía conserva una ventana demográfica relativa. Según estimaciones citadas por organismos nacionales e internacionales, la población dominicana de 65 años o más podría pasar de 9.9% en 2024 a 18.9% en 2050. En una generación, prácticamente se duplicaría.

El reto dominicano no es enfrentar hoy una población envejecida, sino usar bien los años que quedan antes de que esa presión aumente. Ese margen debería traducirse en una agenda clara: elevar productividad, formalizar empleo, fortalecer la salud preventiva, preparar mejor el sistema de protección social y ampliar la participación laboral femenina.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha señalado que en América Latina la participación laboral de las mujeres ronda el 52%, frente al 75% de los hombres. Esa brecha no es solo laboral; también refleja cómo el cuidado sigue descansando de manera desproporcionada sobre las familias y, especialmente, sobre las mujeres.
Hablar de envejecimiento, entonces, no es hablar únicamente de pensiones. Es hablar de cuidado infantil, apoyo a adultos mayores, formación continua, empleos formales y sistemas de salud capaces de prevenir, no solo de responder.

El cuidado, en ese sentido, no es un tema doméstico. Es infraestructura económica. Permite que más personas trabajen, que más mujeres permanezcan en el mercado laboral, que las familias no absorban solas el costo de cuidar y que una población que vive más pueda seguir aportando.

La oportunidad dominicana no está solo en que el envejecimiento llegue más tarde, sino en usar ese tiempo para preparar una economía más productiva, más formal y con mayor capacidad de cuidar. Cuando la demografía cambia, lo que no se anticipa a tiempo termina sintiéndose en el empleo, en los hogares y en las cuentas públicas.

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