Ciencia y Tecnología
Los restos humanos más antiguos de la Antártida tienen más de 200 años. El problema es que eso no tiene ningún sentido
En 1912, el explorador británico Robert Falcon Scott llegó al Polo Sur convencido de que sería el primero en pisarlo. Allí encontró una sorpresa inesperada: una tienda de campaña con la bandera noruega y una carta de Roald Amundsen demostraban que alguien se le había adelantado más de un mes. La historia de la exploración polar está llena de "primeras veces" que, con el paso del tiempo, han acabado siendo revisadas.
Los restos que no deberían estar. La Antártida nunca ha tenido una población permanente. Cuando los seres humanos llegaron a sus costas, ya era un continente demasiado frío y aislado para ser habitado sin tecnología moderna.
Por eso resulta tan desconcertante que los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenezcan a una mujer fallecida entre 1819 y 1825, justo cuando apenas comenzaban las primeras exploraciones documentadas del continente.
Un cráneo semienterrado. El hallazgo se produjo en 1985, cuando el biólogo chileno Daniel Torres Navarro encontró un cráneo parcialmente enterrado en la playa Yámana, en el cabo Shirreff.
Años después aparecieron otros huesos dispersos, entre ellos un fémur, que probablemente pertenecían a la misma persona. Los análisis apuntan a que era una mujer joven, posiblemente de origen chileno, cuya muerte se produjo en algún momento entre 1819 y 1825.
La cronología convierte el hallazgo en un puzzle. El problema no es solo quién era aquella mujer, sino cuándo murió. La primera observación confirmada de la Antártida suele atribuirse a la expedición rusa de Fabian Gottlieb von Bellingshausen en 1820.
Si la datación de los restos es correcta, la mujer vivió exactamente durante el periodo en el que las primeras expediciones apenas empezaban a acercarse al continente. Esa coincidencia temporal hace extremadamente difícil explicar cómo acabó en una de las regiones más inhóspitas del planeta.

La primera expedición rusa a la Antártida (1819-1821)
Las hipótesis y el misterio. Los investigadores manejan varias posibilidades. La primera plantea que pudiera formar parte de un grupo de cazadores de focas del siglo XIX que la abandonó tras su muerte. La segunda propone que falleciera a bordo de un barco, fuera enterrada en el mar (como era habitual entonces) y que las corrientes, junto con aves carroñeras, dispersaran posteriormente sus restos hasta la playa donde fueron encontrados.
Ninguna de estas explicaciones ha podido demostrarse y, cuatro décadas después del descubrimiento, siguen sin aparecer nuevos restos que permitan reconstruir lo sucedido.
La alternativa. Mientras ese enigma sigue abierto, otro estudio invita a revisar otra de las grandes certezas sobre el continente. Investigadores de la Universidad de Otago sostienen que navegantes polinesios, y en particular el explorador Hui Te Rangiora, pudieron alcanzar las aguas antárticas ya en el siglo VII.
La hipótesis se apoya en tradiciones orales maoríes que describen un océano helado, grandes masas de hielo y un paisaje oscuro y cubierto de niebla, descripciones que algunos especialistas consideran compatibles con el océano Austral.
Entre las leyendas y las pruebas arqueológicas. Los autores del estudio dejan claro que estas tradiciones no constituyen una demostración definitiva de que los maoríes llegaran a contemplar la Antártida. Sin embargo, sí cuestionan la idea de que la historia del continente comenzara exclusivamente con las expediciones europeas del siglo XIX y reivindican el papel de las tradiciones indígenas en la reconstrucción de las grandes exploraciones oceánicas.
Si esa interpretación terminara confirmándose, el primer contacto humano con el extremo sur del planeta sería más de mil años anterior a lo que suele aparecer en los libros de historia.
Dos investigaciones que obligan a mirar con otros ojos. Los dos estudios hablan de épocas muy diferentes, pero convergen en una misma conclusión: todavía sabemos sorprendentemente poco sobre los primeros contactos humanos con el continente más aislado de la Tierra. Uno plantea que navegantes polinesios pudieron llegar mucho antes de lo que se creía. El otro recuerda que los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenecen a una mujer cuya presencia sigue siendo extraordinariamente difícil de explicar.
Dos siglos después de su muerte, el mayor misterio no es quién era, sino por qué apareció en el único continente donde, sencillamente, nadie esperaba encontrarla.
Imagen | US Embassy, Bourrichon
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La noticia
Los restos humanos más antiguos de la Antártida tienen más de 200 años. El problema es que eso no tiene ningún sentido
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
En 1912, el explorador británico Robert Falcon Scott llegó al Polo Sur convencido de que sería el primero en pisarlo. Allí encontró una sorpresa inesperada: una tienda de campaña con la bandera noruega y una carta de Roald Amundsen demostraban que alguien se le había adelantado más de un mes. La historia de la exploración polar está llena de "primeras veces" que, con el paso del tiempo, han acabado siendo revisadas.
Los restos que no deberían estar. La Antártida nunca ha tenido una población permanente. Cuando los seres humanos llegaron a sus costas, ya era un continente demasiado frío y aislado para ser habitado sin tecnología moderna.
Por eso resulta tan desconcertante que los restos humanos más antiguos encontrados allí pertenezcan a una mujer fallecida entre 1819 y 1825, justo cuando apenas comenzaban las primeras exploraciones documentadas del continente.
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Un cráneo semienterrado. El hallazgo se produjo en 1985, cuando el biólogo chileno Daniel Torres Navarro encontró un cráneo parcialmente enterrado en la playa Yámana, en el cabo Shirreff.
Años después aparecieron otros huesos dispersos, entre ellos un fémur, que probablemente pertenecían a la misma persona. Los análisis apuntan a que era una mujer joven, posiblemente de origen chileno, cuya muerte se produjo en algún momento entre 1819 y 1825.
La cronología convierte el hallazgo en un puzzle. El problema no es solo quién era aquella mujer, sino cuándo murió. La primera observación confirmada de la Antártida suele atribuirse a la expedición rusa de Fabian Gottlieb von Bellingshausen en 1820.
Si la datación de los restos es correcta, la mujer vivió exactamente durante el periodo en el que las primeras expediciones apenas empezaban a acercarse al continente. Esa coincidencia temporal hace extremadamente difícil explicar cómo acabó en una de las regiones más inhóspitas del planeta.
La primera expedición rusa a la Antártida (1819-1821)
Las hipótesis y el misterio. Los investigadores manejan varias posibilidades. La primera plantea que pudiera formar parte de un grupo de cazadores de focas del siglo XIX que la abandonó tras su muerte. La segunda propone que falleciera a bordo de un barco, fuera enterrada en el mar (como era habitual entonces) y que las corrientes, junto con aves carroñeras, dispersaran posteriormente sus restos hasta la playa donde fueron encontrados.
Ninguna de estas explicaciones ha podido demostrarse y, cuatro décadas después del descubrimiento, siguen sin aparecer nuevos restos que permitan reconstruir lo sucedido.
La alternativa. Mientras ese enigma sigue abierto, otro estudio invita a revisar otra de las grandes certezas sobre el continente. Investigadores de la Universidad de Otago sostienen que navegantes polinesios, y en particular el explorador Hui Te Rangiora, pudieron alcanzar las aguas antárticas ya en el siglo VII.
La hipótesis se apoya en tradiciones orales maoríes que describen un océano helado, grandes masas de hielo y un paisaje oscuro y cubierto de niebla, descripciones que algunos especialistas consideran compatibles con el océano Austral.
Entre las leyendas y las pruebas arqueológicas. Los autores del estudio dejan claro que estas tradiciones no constituyen una demostración definitiva de que los maoríes llegaran a contemplar la Antártida. Sin embargo, sí cuestionan la idea de que la historia del continente comenzara exclusivamente con las expediciones europeas del siglo XIX y reivindican el papel de las tradiciones indígenas en la reconstrucción de las grandes exploraciones oceánicas.
Si esa interpretación terminara confirmándose, el primer contacto humano con el extremo sur del planeta sería más de mil años anterior a lo que suele aparecer en los libros de historia.
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.


