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La licencia para fabricar misiles Patriot no salvará a Ucrania este año, pero puede cambiar la guerra
El anuncio de Donald Trump abre la puerta a que Kiev produzca bajo licencia el sistema antiaéreo más importante del arsenal occidental, agotado por culpa de la intervención en Irán. Pero los Patriot tardarán mucho tiempo en estar listos Leer El anuncio de Donald Trump abre la puerta a que Kiev produzca bajo licencia el sistema antiaéreo más importante del arsenal occidental, agotado por culpa de la intervención en Irán. Pero los Patriot tardarán mucho tiempo en estar listos Leer
Cuando Donald Trump anunció que Estados Unidos concederá a Ucrania una licencia para fabricar misiles Patriot, el titular parecía apuntar a un nuevo paquete de ayuda militar. En realidad, la decisión va mucho más allá: no supone simplemente enviar más armas, sino empezar a integrar a Ucrania en el núcleo de la industria occidental de defensa. Es un reconocimiento implícito de que la guerra no se resolverá en unos meses y de que el apoyo a Kiev ya no puede depender únicamente de vaciar los arsenales estadounidenses y europeos. Desgraciadamente para Ucrania, una licencia no equivale a una fábrica funcionando.
Desde el comienzo de la invasión, Occidente ha abastecido a Ucrania recurriendo principalmente a sus reservas y acelerando, con dificultad, unas líneas de producción pensadas para tiempos de paz. Cuatro años después, esa fórmula muestra claros signos de agotamiento. La licencia abre la puerta a producir para Ucrania, y con Ucrania. Pero los ansiados misiles tardarán en salir de la cadena de montaje. Los Patriot son probablemente el sistema antiaéreo más complejo del arsenal occidental: incorporan motores de combustible sólido, radares miniaturizados, sensores, sistemas de guiado, enlaces de datos y componentes electrónicos fabricados por decenas de proveedores distintos. Buena parte de esas piezas están sometidas a estrictos controles de exportación y requieren procesos de certificación que llevan años.
Ningún analista espera que Ucrania pueda fabricar un misil completamente operativo en cuestión de meses. Incluso si la transferencia tecnológica comienza de inmediato, el desarrollo de una capacidad industrial propia exigirá inversiones, formación de personal, adaptación de instalaciones y una cadena logística que difícilmente estará madura antes de dos o tres años.
Europa puede ayudar a Ucrania, pero le viene grande la tarea. Alemania, Países Bajos, España, Grecia, Polonia o Rumanía cuentan con baterías Patriot, pero eso no significa que posean reservas ilimitadas de interceptores. Durante décadas, la OTAN preparó sus arsenales para conflictos relativamente breves y con un consumo muy inferior al que está demostrando la guerra de Ucrania. Nadie imaginó campañas aéreas capaces de exigir miles de interceptores durante varios años consecutivos.
La decisión responde a una realidad que se ha impuesto en todos los ejércitos occidentales: la guerra de Ucrania ha dejado de ser un problema de existencias para convertirse en un problema de capacidad industrial. El Royal United Services Institute (RUSI), uno de los principales centros británicos de estudios de defensa, lleva tiempo señalando que Rusia ha conseguido adaptar buena parte de su economía a una producción militar sostenida, mientras que Europa y EEUU siguen transformando lentamente unas industrias concebidas para abastecer operaciones limitadas, no una guerra de desgaste de alta intensidad.
La ecuación económica favorece claramente al atacante. Un dron Shahed cuesta apenas una pequeña fracción de lo que vale un interceptor Patriot. Rusia puede permitirse lanzar decenas de objetivos simultáneamente para obligar a Ucrania a gastar un recurso mucho más caro y mucho más escaso. En otras palabras, Moscú intenta convertir la defensa aérea ucraniana en una batalla de desgaste económico e industrial.
Este año ha surgido una dificultad añadida: la errática aventura norteamericana en Irán. De pronto el problema de la escasez y urgencia de interceptores no afecta únicamente a Ucrania. También, EEUU ha comenzado a notar la presión sobre sus reservas, al verse obligado a desplegar importantes capacidades de defensa aérea para proteger bases estadounidenses y apoyar a sus aliados frente a los ataques iraníes. Esa operación consumió un número significativo de interceptores Patriot y otros sistemas de defensa antimisiles, poniendo de manifiesto hasta qué punto un mismo recurso debe atender hoy tres escenarios simultáneos: Europa, Oriente Próximo y el hipotético campo de batalla del Indo-Pacífico.
La posibilidad de transferir interceptores adicionales a Ucrania existe, pero siempre choca con un límite: ningún Gobierno quiere debilitar de forma significativa su propia capacidad defensiva.

