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En la frontera entre Israel y Líbano: "Mi principal preocupación no son los misiles sino la infiltración de terroristas"
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Conectados por una serpenteante carretera en lo más alto de la Galilea, los habitantes musulmanes de la aldea Arab al Aramshe y los judíos del Kibutz Hanita conviven en tiempos de paz, guerra y, como ahora, de frágil alto el fuego. El silencio del actual intervalo de tensa calma con el grupo armado libanés Hizbulá y el ruido de los goles del Mundial contribuyen a la incierta vuelta a la rutina que puede ser interrumpida en cualquier momento.
Uriel Abas vive en el Kibutz Hanita desde los 7 años por lo que ha experimentado dos guerras (1982 y 2006) y escaladas. Este israelí de origen argentino, de 53 años, nos lleva al punto más cercano al Líbano. Más allá de la verja del kibutz, un muro delimita la Línea Azul trazada por la ONU tras la retirada israelí hace 26 años.
Precisamente, entre los escombros en la habitación de su hijo mayor, destrozada por un proyectil lanzado por la milicia proiraní poco después de su evacuación, admite: "Mi principal preocupación no son los misiles sino la infiltración de terroristas". Para los 700 habitantes de Hanita, el temor se convirtió en pesadilla el 7 de octubre del 2023 a raíz del ataque de Hamas en el sur de Israel. "Semanas después, hubo intentos de infiltración por aquí (apunta con el dedo). De haberlo logrado, hubieran llegado a mi casa en dos minutos. El 7-O golpeó nuestra confianza en el Estado. La sensación de inseguridad es uno de los motivos por el que el 13% de todos los evacuados del kibutz durante la guerra aún no han regresado", explica a EL MUNDO.
"Si el ejército no estuviera hoy en zonas del sur del Líbano, los terroristas podrían llegar fácilmente a este cerro que ves y disparar un proyectil antitanque que entraría por la ventana de mi dormitorio. La franja de seguridad entre Hizbulá y nuestras casas nos da seguridad", afirma aclarando que no tiene ninguna aspiración territorial en el país vecino. Apoya la retirada "si un acuerdo con el Gobierno libanés implica que Hizbulá deja de tener capacidades militares en el sur del Líbano".
Cuando era niño -recuerda con nostalgia- habitantes de la localidad libanesa cristiana Alma al Shaab venían a trabajar en su kibutz fundado en 1938. Le preguntamos por sus sensaciones ante la evacuación y destrucción de casas en la incursión israelí al otro lado de la frontera. "El hecho de que tienen que salir de sus aldeas porque los terroristas, que iniciaron la escalada, usaron sus casas para atacarnos me da tristeza doble. Por ellos y por nosotros", contesta y añade: "Seguimos soñando vivir en paz con nuestros vecinos. Se trata de un desafío ya que tras el 7-O se generó desconfianza de si podemos evitar que grupos radicales se impongan".
"Es muy difícil combatir contra Hizbulá y Hamas porque se aprovechan de poblaciones civiles y lugares como iglesias o mezquitas para atacarnos y defenderse. En el momento que te disparan detrás de unos niños, tienes que defender a tus civiles y entonces hay gente inocente que sale dañada en los dos lados", lamenta.
Desde incursiones y disparos de los fedayines palestinos en el siglo pasado a los proyectiles y drones de Hizbulá, Hanita y el resto de localidades fronterizas han afrontado numerosos desafíos. "Estamos tan cerca que cuando suena la sirena, no hay casi margen de tiempo. Si el primero (proyectil o dron) no te ha dado, corre al cuarto de seguridad", señala con una sonrisa el director de la destilería del kibutz, Iván Sánchez. "No tenemos miedo porque estamos acostumbrados. Si no fuera optimista, no viviría aquí con mi familia", comenta este israelí nacido en Buenos Aires hace 54 años. Desde los 12, en Hanita. "El 7-O nos despertó. Nos dimos cuenta que era una calma engañosa. Antes de la guerra, los terroristas tomaron el control de muchas aldeas al otro lado de la frontera. Estoy a favor de la paz con Líbano garantizando sólidos mecanismos de seguridad", recalca. Aplaude el acuerdo marco firmado con Líbano que establece la retirada gradual israelí en función del desarme de Hizbulá. Este grupo rechazó lo que llama "humillante acuerdo".
En el poblado beduino israelí de Arab al Aramshe, Doaa Ali Swidan dirige el remodelado centro comunitario que durante la guerra se convirtió en sede de vigilantes locales y soldados. Hizbulá lo atacó causando la muerte de un oficial y destrozos. "Hemos vivido una época difícil. A mediados de octubre del 2023, hubo una evacuación de los habitantes. Pensamos que sería una semana en Nazaret pero acabó siendo un año. Volvimos porque nos dijimos que si morimos mejor en casa. Tenemos una habitación de seguridad en casa, pero el miedo no era por los misiles sino por la infiltración de terroristas como el 7-O", confiesa. Sabe que ser musulmán no les salvaría en un asalto de Hizbulá como no salvó a musulmanes ante Hamas en el sur de Israel. "Para ellos, somos el enemigo israelí e incluso peor, nos ven como traidores", indica. En la guerra del 2006, un proyectil del grupo chií mató a una mujer y sus dos hijas en este poblado de 1.700 habitantes. Las relaciones con los habitantes judíos de las vecinas Hanita, Adamit o Shlomi son "como una gran familia", nos dice.
Al otro lado de la frontera, se encuentra Ad-Duhariah, hoy semidestruido y donde vivían también familias originarias de Arab al Aramshe. "Tras su evacuación durante la guerra, Hizbulá tomó las casas, la mezquita, etc. Nos perjudica tanto a israelíes como a libaneses. Es una lástima que mueran civiles, sean libaneses o israelíes. El pueblo libanés quiere la paz. Sueño que haya paz entre los dos países", asegura.
Cerca de un refugio en la calle y de la cúpula dorada de una mezquita, dos beduinos también rezan por un acuerdo. Adib pide el desarme de Hizbulá y se declara "no optimista mientras siga este Gobierno en Israel, que no sabe lo que hace". Los dos, que también se declaran fieles seguidores del Real Madrid, animan a España en el Mundial. "Me gusta el pueblo español porque ama la vida y la paz", explica Ali.
"Como Israel no se clasifica desde hace tiempo, en el kibutz se va con Argentina, Brasil, España…", informa Abas que sigue el Mundial desde España 82. "Guerra o no guerra, no me lo pierdo. Yo veo el Mundial como y donde sea. Seré muy feliz si gana Argentina, pero aquí en el kibutz aposté por España", revela.
Sánchez, líder de las apuestas de la fase de grupos en Hanita, espera que Leo Messi levante de nuevo la Copa. ¿Mundial como terapia? "Sí pero creo que lo es para todo el mundo", responde sobre la cita que inyecta normalidad a una zona que, tras tres convulsos años, quiere volver a ser noticia por paisajes que quitan el aliento.



