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Anatomía de un alto el fuego: en Oriente Medio, lo que queda pendiente suele retornar con venganza añadida
Cuando Washington disfraza un fracaso de victoria, Occidente no queda liberado de Estados Unidos; queda obligado a pensar, con más lucidez, qué atlantismo cabe sostener en este mundo dislocado Leer Cuando Washington disfraza un fracaso de victoria, Occidente no queda liberado de Estados Unidos; queda obligado a pensar, con más lucidez, qué atlantismo cabe sostener en este mundo dislocado Leer
La aparatosa firma por Trump en Versalles del memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán el miércoles engrosa ya su archivo del Art of the Deal. Superado el trámite y pospuesta sin concretar la reunión agendada ayer, se especula en cuanto a las conversaciones y, por tanto, la cuenta atrás de los sesenta días convenidos para negociar las estipulaciones. Estas benefician desde ya a Irán y destacan por las sombras que arrastran y las que proyectan. Después de meses de guerra, cierre del estrecho de Ormuz, retórica MAGA de rendición incondicional y cambio de régimen, baladronada de obliterar una civilización, múltiples salidas de caballo alazán y llegadas de burro manchego, con el trasfondo de la virulenta oposición al JCPOA -el acuerdo nuclear de 2015, que Washington abandonó en 2018 bajo el primer mandato trumpiano-, nos enfrentamos a un texto breve y no cabe más ambiguo, donde la verdad política que se intenta ocultar se perfila entre líneas.
El pacto se articula en tres ejes: cese de hostilidades, Ormuz y programa nuclear iraní. Es mucho y es poco. Mucho, porque detiene la contienda y devuelve oxígeno al orden internacional, al ecosistema del Golfo que ha bordeado la asfixia estratégica. Poco, porque asuntos capitales quedan al margen -fuerzas convencionales y franquicias, esenciales en el equilibrio regional-. Washington postula el arreglo como arquitectura de paz; Teherán, como una fase que le concede tiempo, alivio y reconocimiento; los mediadores subrayan el éxito de haber detenido la destrucción y la muerte; Israel mira el conjunto con recelo desde fuera. En realidad, lo más relevante del documento es la desproporción entre la repercusión mediática y la cantidad de preguntas que deja en pie. Y en Oriente Medio lo pendiente suele retornar con venganza añadida.
Ormuz es central. Se trata de una arteria vital del comercio y de la energía mundial. La reapertura se presenta como recuperación de la normalidad. Pero si -como apunta el acuerdo- esa normalidad depende de plazos, desminado, obstáculos técnicos o mecanismos operativos en los que Irán retiene capacidad de dosificar el tráfico, la apariencia de desescalada encubre una prerrogativa nueva. No hace falta proclamar la soberanía del ribereño para alterar el principio de libertad de los mares; basta con convertir la navegación internacional en trapicheo recurrente. En dos meses, Teherán puede haber transformado la reapertura en un régimen de peajes, autorizaciones tácitas o verificaciones y otros usos burocráticos imaginativos que aherrojen en la práctica el uso del estrecho. El sistema que hizo posible la globalización descansaba en que ciertos pasos marítimos no podían quedar sujetos al chantaje de quien pudiera perturbarlos. Si cerrar Ormuz termina brindando al gobierno una posición privilegiada para arbitrar su funcionamiento, no estamos ante un regreso a la situación anterior, sino ante un torpedo en la línea de flotación de la base del intercambio planetario.
Tampoco el capítulo nuclear inspira entusiasmo. Que Irán reitere su voluntad de "nunca producir armas nucleares" no resuelve el problema, pues ya es signatario del Tratado de No Proliferación. La cuestión que el memorándum no prejuzga no es declarativa, sino sustantiva: centrifugadoras, stock acumulado, inspecciones, acceso del Organismo Internacional de la Energía Atómica, consecuencias del incumplimiento y destino de las instalaciones o del discutido inventario del uranio. Resulta así difícilmente explicable la pirueta de sostener que el material enriquecido justificaba una guerra para tildarlo ahora de extremo secundario.
Tras haber dinamitado el JCPOA, el presidente Trump alardea de una componenda aderezada con escenografía de mal prestidigitador trastabillando en un libreto que no controla. Los acuerdos sustantivos quedan al albur del previsible regateo que dominará los tratos bilaterales, con un corolario: Teherán no se obliga a retroceder significativamente en su ambición nuclear, mientras Estados Unidos queda constreñido por la lógica de no romper el proceso que acaba de exhibir como logro. El calendario de las concesiones destaca incluso por encima de los objetivos mismos; el proceso abre categóricamente la puerta a exenciones petroleras, descongelación de activos y levantamiento progresivo de sanciones. Antes de contemplarse los aspectos más controvertidos, Irán habrá consolidado etapas cruciales.
Queda en nebulosa el sistema regional iraní. Hablar de paz y estabilidad sin neutralizar la constelación de fuerzas que Teherán ha cultivado durante décadas –Hamás, Hezbolá, los hutíes, milicias iraquíes y otros grupos de coerción– es plantear un deseo, no establecer una vía para ganarlas. El sistema se proyecta en las dos áreas que más condicionan el alto el fuego: Líbano y Palestina. En Líbano, Hezbolá sigue siendo el medio de presión más sensible sobre Israel; en Palestina, Hamás conserva el valor simbólico y operativo del frente político de Gaza. Los ayatolás no ejercen su poder sólo desde el Estado; lo ejercen a través de las "marcas blancas", franquicias armadas, redes ideológicas y de hostigamiento que le permiten negar, modular o multiplicar su implicación según convenga. Si ese universo no se desentraña y se aborda en términos vagos, el alto el fuego será más un paréntesis que una arquitectura sólida.
Israel es el ausente omnipresente. No ha suscrito ni respaldado el acuerdo y, sin embargo, tendrá que vivir con sus secuelas. Estados Unidos podrá apremiar a Netanyahu para que contenga sus acometidas, en particular en Líbano, sin que ese apremio elimine la percepción ciudadana israelí de amenaza existencial ante la capacidad nuclear latente, el poder misilístico, los drones y el manejo desafiante de Irán. Los dos últimos episodios bélicos -la ofensiva relámpago de los doce días de junio pasado y la que arrancó en febrero- han ratificado a Israel como potencia militar formidable, aunque igualmente han mostrado sus límites: puede decapitar el régimen y penetrar sus defensas, pero no alcanza por sí solo a mudar el entorno estratégico. Para los países del Golfo, esa constatación sobresale. Algunos seguirán viendo en Israel un indispensable socio tecnológico, militar y de inteligencia en un futuro post petróleo; otros mantendrán las distancias; todos han comprobado que la seguridad regional ya no se organiza desde jerarquías simples.
El pueblo iraní es descorazonadamente perdedor, mientras el régimen sale robustecido y transformado. El desmochado de su dirigencia, la desaparición o fragilización de viejos referentes, la erosión de Hezbolá y el menor peso relativo de la Fuerza Quds -el brazo exterior de la Guardia Revolucionaria- dan el relevo a otro equipo de mandos. Adquieren centralidad quienes han gestionado misiles, drones, guerra tecnológica y confrontación con Estados Unidos, muchos de ellos curtidos en Iraq y familiarizados con los reflejos, procedimientos y flaquezas norteamericanos. Trump los califica ahora como interlocutores "racionales", "fuertes", "inteligentes" y "no radicalizados", si bien lo relevante es que pertenecen a una nueva generación y son distintos. Ese reemplazo interno cuenta, junto con la desbandada infligida al Gran Satán. Si la autocracia ha sobrevivido, no lo ha hecho sobre el repertorio clásico, sino apoyándose en iniciativas rompedoras.
La nómina de mediadores dice también mucho de la coyuntura. Pakistán emerge con un papel relevante, inseparable de sus lazos con China en una región donde Pekín pesa sin ocupar el primer plano. Omán cuida su utilidad discreta. Catar confirma su cualidad de enlace ineludible, incómodo en varias capitales, pero eficaz. No es casual: Ras Laffan, joya del gas natural licuado de Doha, depende del North Dome, el inmenso yacimiento que comparte con Irán -South Pars para Teherán-. Cuando la prosperidad del Golfo se construye sobre infraestructuras que Irán puede golpear, condicionar o tornar en palanca, la no agresión deja de ser abstracción diplomática y se erige en constante económica.
Mientras Turquía aumenta su envergadura internacional, los Estados del Golfo extraen una conclusión pragmática: convivirán con Irán porque la geografía se impone; y lo harán sabiendo que Teherán puede echar por tierra, en cualquier momento, años de inversión en diversificación económica, turismo, inteligencia artificial, hubs logísticos y relato de modernidad. La seguridad regional ya no descansa en la garantía estadounidense y pasa por formular necesariamente arreglos directos, complejos pero inevitables, con el medianero, experto en incendiar la casa común. La inseguridad es telón de fondo para sus andaduras de futuro y amenaza dominante.
En esa fotografía hay una ausencia clamorosa: Europa. La misma Europa que inició la política de normalización con el régimen de los ayatolás y, en no poca medida, impulsó el JCPOA, no pinta nada. Ni como Unión ni como Estados miembro. La vecindad de nuestro proyecto colectivo se reordena sin esperar a Bruselas, París, Berlín o Roma. Por primera vez en una negociación medular, Europa ni figura. Conserva intereses en energía, en navegación, en proliferación, en seguridad de Israel, en la estabilidad del Golfo y en relación con Irán; sin embargo, carece de los instrumentos, la unidad y la disposición a pagar los costes que precipitan los principios en poder.
Y finalmente está Trump. La puesta en escena, para él nunca accesoria, aquí cobró primacía: el ansia de que el anuncio coincidiera -debía coincidir- con su cumpleaños, la duda de si Irán quiso orillar ese regalo simbólico, y el apaño de los husos horarios que permitió a cada parte contar su versión. Parece tema menor, pero no lo es. Delata hasta qué punto la diplomacia se subordina a la vanidad del inquilino de la Casa Blanca y a la soberbia huera de fabricar una imagen de victoria. Estados Unidos ha conocido derrotas, retiradas y reveses -Vietnam, Irak o Afganistán ilustran esas categorías-. Lo específico es el empeño en presentar como triunfo una compostura que invierte el lenguaje de partida: donde el americano preconizó cambio de régimen, rendición iraní, y profirió amenazas de obliteración, hoy enarbola un vocabulario de no agresión, no injerencia, y respeto a la soberanía. Todo ello embolinado en prolijos tributos al liderazgo persa. Los ejemplos de cortesía estratégica -que el 47º presidente no depara a los aliados- resultan tanto más reveladores de la volatilidad que padecemos cuanto más reciente es la retórica que pretenden borrar. En puridad, ese giro denota debilidad del hegemón y, más trascendente, abona la falta de confianza que se extiende. No se trata sólo del desastre protagonizado; lo que desconcierta es el afán de vestir de gloria el desaguisado, frente al escepticismo general.
La debacle es rotunda y desborda al mundo. Si Estados Unidos aparece incapaz no sólo de mantener el rumbo sino que pierde coherencia intelectual, si convierte una dudosa vuelta al statu quo ante en hazaña, si celebramos con pompa y circunstancia un alto el fuego en una guerra cuyo arranque no explica y no supo encauzar, la factura alcanza al conjunto occidental. Pero Europa se equivocaría si dedujera de ello que puede permitirse prescindir de Estados Unidos. No puede. A pesar de Trump, Europa sigue pendiendo del vínculo atlántico. Lo que no puede permitirse es vivirlo como adhesión sentimental o seguidismo resignado. Entre ópera bufa y tragedia, la firma de Versalles recuerda una verdad incómoda: cuando Washington disfraza un fracaso de victoria, Occidente no queda liberado de Estados Unidos; queda obligado a pensar, con más lucidez, qué atlantismo cabe sostener en este mundo dislocado.
