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Xi Jinping despliega toda su pompa imperial para recibir a Trump en la cumbre del nuevo orden mundial: "Debemos encontrar la manera correcta de llevarnos bien"
Xi plantea ante Trump si China y Estados Unidos serán capaces de escapar de la "trampa de Tucídides", la teoría que sostiene que una potencia emergente y otra dominante están condenadas al conflicto Leer Xi plantea ante Trump si China y Estados Unidos serán capaces de escapar de la "trampa de Tucídides", la teoría que sostiene que una potencia emergente y otra dominante están condenadas al conflicto Leer
Bajo una espesa neblina de humedad pequinesa y con la inmensa Plaza de Tiananmen blindada, Donald Trump fue recibido con toda la liturgia ceremonial con la que China trata de impresionar a sus invitados. Frente a la monumental fachada de columnas ocres del Gran Salón del Pueblo, el edificio donde el Partido Comunista celebra sus grandes congresos y recibe a los jefes de Estado extranjeros, una alfombra roja recorría la explanada hasta las escalinatas de la Puerta Este, donde Xi Jinping aguardaba inmóvil.
La limusina presidencial estadounidense, conocida como La Bestia, se detuvo lentamente frente al cordón de soldados del Ejército Popular de Liberación. Trump descendió del vehículo ajustándose la chaqueta azul marino y avanzó hacia Xi entre el estruendo de una salva de 21 cañonazos que retumbó sobre el corazón político de Pekín. Ambos líderes estrecharon la mano durante varios segundos, sosteniendo la sonrisa rígida de las grandes ocasiones mientras las banderas de Estados Unidos y China ondeaban a ambos lados de la entrada principal.
Dentro del hemiciclo, bajo las enormes lámparas de araña y frente a una larga mesa adornada con arreglos florales rojos y amarillos, Xi tomó primero la palabra planteando una de las obsesiones intelectuales que desde hace años sobrevuelan la relación entre ambas potencias: la llamada trampa de Tucídides, la teoría popularizada en círculos académicos estadounidenses según la cual una potencia emergente y otra dominante están inevitablemente destinadas al conflicto. En un tono pausado y solemne, el presidente chino lanzó la gran pregunta que sobrevolaba toda la cumbre: si China y Estados Unidos serían capaces de evitar ese destino histórico y construir una convivencia estable entre las dos mayores economías del planeta.
"Siempre he creído que nuestros dos países tienen más intereses comunes que diferencias", afirmó Xi mirando directamente a Trump al otro lado de la mesa. "China y EEUU tienen mucho que ganar con la cooperación y mucho que perder con la confrontación. Debemos ser socios, no rivales". El dirigente chino insistió varias veces en la idea de "prosperar juntos", una fórmula recurrente en la narrativa diplomática de Pekín, y apeló a la responsabilidad histórica de ambos líderes en un momento de "cambios sin precedentes en un siglo", otra de las expresiones favoritas del aparato ideológico chino para describir el actual proceso de transformación del orden mundial.
"Como líderes de dos grandes países, debemos responder juntos a las preguntas de nuestro tiempo", continuó Xi. "Debemos encontrar la manera correcta de llevarnos bien entre nosotros y construir un nuevo camino para las relaciones entre grandes potencias". Era un mensaje dirigido a múltiples destinatarios. Hacia fuera, Xi intentaba proyectar a China como un actor racional y estabilizador frente a un escenario internacional cada vez más caótico. Hacia dentro, reforzaba la idea de que Pekín ya negocia con Washington desde una posición de igualdad estratégica, algo fundamental para el relato nacionalista impulsado por el Partido Comunista.
Trump respondió con un tono completamente distinto: menos doctrinal, más personalista y pensado claramente para las cámaras. Con las manos apoyadas sobre la mesa barnizada y rodeado por buena parte de su poderoso gabinete económico y de seguridad, el presidente estadounidense elogió repetidamente su relación personal con el líder chino. "Tenemos una relación fantástica. Es un honor ser tu amigo", aseguró. "El presidente Xi es un gran líder y un hombre muy respetado". Luego elevó todavía más el tono grandilocuente que suele reservar para las grandes ocasiones: "Vamos a tener un futuro fantástico juntos. Algunos dicen que quizá esta sea la cumbre más importante de la historia".
Trump insistió en que las relaciones entre Washington y Pekín "van a ser mejores que nunca", una frase pronunciada después de semanas de nuevas amenazas arancelarias, sanciones cruzadas y tensiones militares alrededor de Taiwan. Pero precisamente ahí reside una de las singularidades de la relación entre ambos líderes: la capacidad de alternar la confrontación más agresiva con los elogios personales más efusivos, mientras alrededor de ellos se mueven intereses económicos, estratégicos y tecnológicos de dimensiones colosales.
Esa realidad podía verse perfectamente en la composición de la delegación que acompañaba al presidente estadounidense en el Gran Salón del Pueblo. Detrás de Trump y Xi, sobre la gigantesca escalinata del edificio, aguardaba el núcleo duro político de Washington en una visita considerada ya como la más importante del segundo mandato del republicano. Allí estaban el secretario de Estado, Marco Rubio; el secretario del Tesoro, Scott Bessent; el jefe del Pentágono, Pete Hegseth; el representante comercial Jamieson Greer; el embajador en Pekín, David Perdue; Stephen Miller, convertido en uno de los hombres más influyentes de la Casa Blanca; además de Eric Trump y Lara Trump, integrados también en el viaje presidencial.
Pero la imagen más reveladora aparecía unos metros más atrás, entre empresarios, banqueros y ejecutivos tecnológicos que observaban cada gesto de la ceremonia conscientes de que buena parte de sus negocios depende de lo que ocurra durante estas 48 horas de reuniones en Pekín. Elon Musk levantaba el móvil para fotografiar el desfile militar mientras conversaba con Jensen Huang, el consejero delegado de Nvidia, en una escena que resumía mejor que cualquier comunicado oficial el verdadero trasfondo de la cumbre: la batalla por el comercio, la inteligencia artificial y el control de las cadenas globales de suministro que sostienen la economía mundial.
En un gesto inusual, como muestran imágenes emitidas por la televisión estatal china, los líderes empresariales de la delegación estadounidense entraron a la sala de reuniones donde Xi y Trump mantenían conversaciones. En su discurso de apertura, Trump dijo que había traído a los principales líderes empresariales de su país para "rendir homenaje a Xi y a China".
Antes de la reunión, y tras escuchar los himnos nacionales interpretados por la banda militar, Trump y Xi pasaron revista a la guardia de honor caminando lentamente sobre la alfombra roja, apoyándose constantemente en sus intérpretes para intercambiar comentarios breves. Trump, visiblemente cómodo en medio del despliegue ceremonial chino que siempre le ha fascinado, se detuvo incluso para aplaudir a varios grupos de escolares que agitaban pequeñas banderas estadounidenses y chinas perfectamente sincronizados para las cámaras de la televisión estatal.
El nuevo cara a cara entre los dos líderes más poderosos del mundo, en medio de las actuales turbulencias globales, desnuda una línea indiscutible en estos momentos: pese a la guerra comercial, la pugna tecnológica y las tensiones militares alrededor de Taiwan, las dos superpotencias, aún muy dependientes la una de la otra, siguen condenadas a entenderse. Tanto Trump como Xi necesitan proyectar fortaleza y vender resultados ante sus respectivas audiencias, aunque las urgencias políticas son muy distintas a ambos lados del Pacífico.
El presidente estadounidense, sometido al pulso permanente de las encuestas y del calendario electoral, sabe que necesita regresar a Washington con titulares concretos: grandes compras chinas de productos agrícolas, industriales y energéticos estadounidenses, además de promesas de inversión capaces de presentar la visita como un triunfo económico personal.
Xi, en cambio, juega otra partida. En una China donde el poder se ha concentrado como nunca alrededor de la figura del líder del Partido, su posición interna no admite contestación. Pekín no tiene prisa electoral; tiene paciencia estratégica. Y precisamente por eso, Trump llega a esta cumbre sabiendo que, esta vez, es él quien necesita más un acuerdo visible.
En el patio geopolítico, Washington quiere que Pekín utilice su influencia sobre Irán para empujar conversaciones de paz y garantizar la reapertura plena del Estrecho de Ormuz, la arteria marítima por la que transita aproximadamente la mitad de las importaciones chinas de petróleo. Pekín ha observado el conflicto iraní con cautela calculada. Pero la crisis energética también amenaza directamente a China.
El otro gran asunto inevitable es Taiwan. Durante la reunión, Xi manifestó que la isla es el "tema más importante en las relaciones de China y EEUU". Añadió que la "independencia de Taiwan y la paz en el estrecho son incompatibles". Para el presidente chino, la cuestión taiwanesa sigue siendo la línea roja absoluta de su política exterior. Y para Trump, un posible elemento de negociación.
En diciembre, Washington aprobó un paquete récord de armas para Taipéi valorado en 11.000 millones de dólares, aunque parte de esos envíos continúan paralizados. Pekín presiona desde hace meses para modificar incluso el lenguaje diplomático estadounidense sobre la isla: ya no le basta con que Washington "no apoye" la independencia taiwanesa; aspira a que Estados Unidos se oponga explícitamente a ella. En Zhongnanhai, el complejo donde reside la élite del Partido, existe la percepción de que Trump podría mostrarse más flexible que administraciones anteriores si obtiene concesiones económicas significativas a cambio.
Sobrevolando toda la reunión aparece también la nueva guerra fría tecnológica. EEUU y China ya no compiten únicamente por comercio o influencia militar: compiten por dominar la inteligencia artificial, los semiconductores y las cadenas globales de innovación. La Casa Blanca acusa a Pekín de robo masivo de propiedad intelectual en laboratorios de IA estadounidenses; China responde denunciando el bloqueo tecnológico impulsado por Washington.
"En una guerra comercial no hay ganadores. La esencia de la relación económica y comercial entre China y EEUU es el beneficio mutuo y la cooperación en la que todos ganan", le dijo Xi a Trump durante las conversaciones, según recoge la agencia Xinhua.
La visita de Trump está marcada por un definido carácter económico. El republicano llegó a Pekín acompañado por la delegación empresarial más poderosa jamás vista en un viaje presidencial estadounidense a China. En el Air Force One viajaron directivos de Tesla, Nvidia, Apple, BlackRock, Boeing, Goldman Sachs, Citigroup, GE Aerospace, Qualcomm, Micron Technology, Blackstone y Cargill. Doce gigantes corporativos con una capitalización combinada superior a los diez billones de dólares y una exposición anual al mercado chino que supera los 300.000 millones.
Cada ejecutivo aterrizó en Pekín persiguiendo algo concreto. Elon Musk necesita evitar nuevos aranceles que destruyan los márgenes de Tesla en Shanghái. Jensen Huang busca licencias que permitan a Nvidia seguir vendiendo chips en el mayor mercado de IA del planeta. Tim Cook intenta preservar la compleja cadena de suministro china de Apple, valorada en decenas de miles de millones. Boeing aspira a desbloquear pedidos congelados desde 2019. Wall Street, mientras tanto, presiona para acceder plenamente al sistema financiero chino.
Más que una visita diplomática, la delegación parecía una gigantesca misión de rescate corporativo. Y Xi lo sabe. Después de años resistiendo la presión arancelaria de Trump y utilizando como arma las exportaciones de tierras raras -esenciales para la industria militar y tecnológica estadounidense-, Pekín acogía esta cumbre con el convencimiento de que el tiempo juega parcialmente a su favor.

