Ciencia y Tecnología
En Chernóbil ocurrió algo insólito cuando llegaron los soldados rusos. Las cámaras que vigilaban a los animales nunca han dejado de grabar
En abril de 1986, apenas unos días después del accidente de Chernóbil, los científicos soviéticos temían que la radiación hubiera convertido la zona en un desierto biológico durante generaciones. Ocurrió exactamente lo contrario. Con la desaparición de la actividad humana, el bosque recuperó el terreno perdido y la zona de exclusión terminó convirtiéndose en uno de los mayores refugios de fauna salvaje de Europa.
Las cámaras para animales que grabaron la guerra. Lo contaba esta semana en un reportaje The New York Times. Cuando la conservacionista ucraniana Svitlana Kudrenko instaló decenas de cámaras trampa por la zona de exclusión de Chernóbil en 2020, su objetivo era mucho más rutinario: estudiar cómo evolucionaban las poblaciones de lobos, linces, ciervos, zorros y otras especies que habían prosperado tras décadas sin presencia humana.
Dos años después, Rusia invadió Ucrania y convirtió Chernóbil en una base militar improvisada. Los soldados llegaron, los tanques atravesaron los bosques, comenzaron las explosiones… y las cámaras nunca dejaron de grabar.
Un experimento inédito. La ocupación rusa apenas duró algo más de un mes, pero dejó tras de sí una oportunidad científica extraordinaria. Como las cámaras siguieron funcionando durante toda la invasión, los investigadores pudieron comparar el comportamiento de once especies antes, durante y después del paso de las tropas.
Además, cruzaron esas imágenes con testimonios de personas que permanecían en la zona y con datos de satélite capaces de detectar incendios, construyendo un retrato casi en tiempo real de cómo responde la fauna a una guerra.
La reacción desigual de los animales. Uno de los hallazgos más interesantes fue que no existía una respuesta universal. Los corzos, animales especialmente tímidos y ligados al bosque, comenzaron a aparecer mucho menos conforme aumentaba la intensidad de la actividad militar.
Los ciervos rojos, por el contrario, fueron detectados con más frecuencia, probablemente porque huían de las zonas abiertas donde se concentraban tanques, vehículos y explosiones, aumentando así las posibilidades de quedar registrados por las cámaras.
La guerra cambió los horarios del bosque. Las diferencias no se limitaron al número de animales observados. Los ciervos rojos modificaron sus rutinas y comenzaron a mostrarse más activos durante el día y menos durante la noche.
Zorros y liebres también redujeron parte de su actividad nocturna, aunque estas últimas reaparecían precisamente en los días en los que los satélites detectaban incendios, un indicio de que intentaban escapar del fuego provocado por los combates.
Espacios que no se inmutaron. Por el contrario, no todos los habitantes de Chernóbil reaccionaron de forma evidente. Los investigadores encontraron pocos cambios en especies como los lobos o los linces euroasiáticos, aunque reconocen que las conclusiones son más limitadas porque fueron fotografiados con mucha menor frecuencia.
También plantean otra posibilidad: el enorme tamaño de la zona de exclusión y la escasa presencia humana acumulada durante décadas quizá amortiguaron parte del impacto que habría tenido un conflicto similar en un ecosistema mucho más alterado.
La guerra dejó otra víctima invisible: la naturaleza. El estudio, publicado en la revista Science, no pretende medir el daño ecológico total de la invasión, sino observar cómo reaccionó la fauna mientras todo ocurría. Aun así, sus autores recuerdan que los conflictos armados también destruyen hábitats, provocan incendios, introducen contaminación y aumentan la mortalidad de numerosas especies.
Como resume la ecóloga Kaitlyn Gaynor, los animales son espectadores involuntarios de las guerras humanas y todavía sabemos muy poco sobre las consecuencias que esos episodios dejan en ellos.
Chernóbil y la paradoja. Durante décadas, la zona de exclusión simbolizó el mayor desastre nuclear de la historia. Después se convirtió en un refugio inesperado para la vida salvaje.
Finalmente, la invasión rusa añadió un tercer capítulo igual de improbable: un laboratorio natural donde las propias cámaras instaladas para estudiar animales acabaron registrando uno de los pocos experimentos involuntarios sobre cómo responde un ecosistema entero cuando la guerra irrumpe en mitad del bosque.
Imagen | Ministry of Defense
–
La noticia
En Chernóbil ocurrió algo insólito cuando llegaron los soldados rusos. Las cámaras que vigilaban a los animales nunca han dejado de grabar
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
En abril de 1986, apenas unos días después del accidente de Chernóbil, los científicos soviéticos temían que la radiación hubiera convertido la zona en un desierto biológico durante generaciones. Ocurrió exactamente lo contrario. Con la desaparición de la actividad humana, el bosque recuperó el terreno perdido y la zona de exclusión terminó convirtiéndose en uno de los mayores refugios de fauna salvaje de Europa.
Las cámaras para animales que grabaron la guerra. Lo contaba esta semana en un reportaje The New York Times. Cuando la conservacionista ucraniana Svitlana Kudrenko instaló decenas de cámaras trampa por la zona de exclusión de Chernóbil en 2020, su objetivo era mucho más rutinario: estudiar cómo evolucionaban las poblaciones de lobos, linces, ciervos, zorros y otras especies que habían prosperado tras décadas sin presencia humana.
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Espacios que no se inmutaron. Por el contrario, no todos los habitantes de Chernóbil reaccionaron de forma evidente. Los investigadores encontraron pocos cambios en especies como los lobos o los linces euroasiáticos, aunque reconocen que las conclusiones son más limitadas porque fueron fotografiados con mucha menor frecuencia.
También plantean otra posibilidad: el enorme tamaño de la zona de exclusión y la escasa presencia humana acumulada durante décadas quizá amortiguaron parte del impacto que habría tenido un conflicto similar en un ecosistema mucho más alterado.
La guerra dejó otra víctima invisible: la naturaleza. El estudio, publicado en la revista Science, no pretende medir el daño ecológico total de la invasión, sino observar cómo reaccionó la fauna mientras todo ocurría. Aun así, sus autores recuerdan que los conflictos armados también destruyen hábitats, provocan incendios, introducen contaminación y aumentan la mortalidad de numerosas especies.
Como resume la ecóloga Kaitlyn Gaynor, los animales son espectadores involuntarios de las guerras humanas y todavía sabemos muy poco sobre las consecuencias que esos episodios dejan en ellos.
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.



