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Del sabotaje al Nord Stream al atentado de Mónaco: cómo las mujeres se han convertido en piezas clave de la guerra entre Rusia y Ucrania
Las tácticas ucranianas recuerdan a las utilizadas por el Mossad y los herederos del KGB: mujeres empleadas como señuelo para organizar chantajes, activar un detonador o participar en operaciones de infiltración Leer Las tácticas ucranianas recuerdan a las utilizadas por el Mossad y los herederos del KGB: mujeres empleadas como señuelo para organizar chantajes, activar un detonador o participar en operaciones de infiltración Leer
En las operaciones encubiertas relacionadas con el conflicto entre Rusia y Ucrania, la presencia de mujeres es una constante. Algunas son víctimas, otras desempeñan un papel protagonista en acciones secretas. En muchos casos actúan como piezas prescindibles utilizadas por los servicios de inteligencia o por organizaciones criminales. Se trata de líneas de investigación que a veces avanzan por separado y otras se entrecruzan, dificultando distinguir entre una motivación política, un ajuste de cuentas o una operación de espionaje. La falta de claridad suele ser consecuencia de las maniobras de quienes ordenan asesinatos selectivos, provocaciones o atentados. Ahora serán las investigaciones las que deberán esclarecer el ataque contra el empresarioErmolaev, ocurrido en el Principado de Mónaco, donde la hipótesis política y la del ajuste de cuentas siguen abiertas.
La historia reciente ofrece numerosos ejemplos del papel desempeñado por mujeres en actividades clandestinas. Uno de los más conocidos es el sabotaje del gasoducto Nord Stream. Según diversas investigaciones, el comando encargado de la operación incluía a una antigua modelo y fotógrafa nacida en Kiev en la década de 1980, que posteriormente trabajó como instructora de buceo en países como Egipto, Tailandia y México. Un libro publicado recientemente sobre el caso sostiene que, en un primer momento, no parecía la persona más indicada para una misión de semejante complejidad, sin embargo, cuando llegó el momento clave demostró ser más decidida que algunos de sus compañeros. A pesar del mal estado del mar y de que varios integrantes del grupo plantearon cancelar la misión debido al fuerte oleaje que sacudía el pequeño velero utilizado como apoyo, fue ella quien habría tomado la iniciativa en una operación que terminó teniendo importantes repercusiones internacionales. La investigación desarrollada por las autoridades alemanas apunta a la implicación de los servicios secretos ucranianos.
Muy distinto habría sido el papel de Natalia Vovk. Según las autoridades rusas, desempeñó una función clave en el asesinato de Daria Dugina, hija del conocido ideólogo ruso Alexander Dugin, que murió en el verano de 2022 tras la explosión de un artefacto colocado en su vehículo. De acuerdo con la versión del FSB, Vovk llegó desde Estonia acompañada de su hija a bordo de un automóvil. En el maletero transportaba una jaula para gatos que, según los investigadores, ocultaba los componentes del explosivo. El objetivo habría sido superar sin levantar sospechas los controles fronterizos.
Otro caso considerado más "clásico" es el de Darya Trepova, una joven de 27 años que, según la reconstrucción presentada por Moscú, fue captada por personas vinculadas a Kiev. Siempre según esa versión, le preguntaron si estaba dispuesta a hacer cualquier cosa, la sometieron a distintas pruebas y finalmente la enviaron a Rusia con la misión de acercarse al bloguero nacionalista Vladlen Tatarsky. Trepova consiguió ganarse su confianza y, más tarde, le entregó una estatuilla como supuesto regalo de cumpleaños. En realidad, el objeto escondía explosivo plástico. La detonación acabó con la vida del bloguero y la joven fue detenida poco después. No obstante, un grupo opositor reivindicó posteriormente el atentado, negó cualquier responsabilidad de Trepova y rechazó la versión ofrecida por las autoridades rusas.
También destaca el caso de Zinaida Serebritskaya, de 54 años, cuya labor de infiltración fue especialmente eficaz durante la fase preparatoria de una operación contra Vladimir Alekseev, número dos del GRU, la inteligencia militar rusa. La mujer logró alquilar un apartamento en el mismo edificio donde residía el alto mando, algo que llama la atención por el aparente fallo de los sistemas de seguridad, que no detectaron su presencia ni investigaron sus antecedentes. Desde allí pudo estudiar durante semanas las rutinas y desplazamientos de Alekseev. Posteriormente, esa información habría sido facilitada a un sicario disfrazado de repartidor, que abrió fuego contra el militar en el rellano del edificio. El ataque solo consiguió herir al objetivo, mientras que la colaboradora logró escapar. El episodio formaría parte de la campaña de atentados selectivos impulsada por la inteligencia ucraniana en territorio ruso.
Las tácticas atribuidas a Ucrania recuerdan a las empleadas durante décadas por el Mossad israelí y por los sucesores del KGB soviético. En ambos casos, las mujeres han sido utilizadas como señuelo para preparar chantajes, facilitar infiltraciones o, cuando la misión lo requiere, activar un detonador. La historia del espionaje atribuye a las agentes israelíes una gran eficacia, destacando su sangre fría y precisión, aunque también existen ejemplos de operaciones fallidas.
Por su parte, Rusia desplegó durante años en países occidentales a numerosas agentes conocidas como "Marías", mujeres formadas en las escuelas de inteligencia destinadas a preparar a los llamados "ilegales": espías que viven durante años bajo identidades falsas, haciéndose pasar por ciudadanos occidentales o latinoamericanos, pero nunca por rusos. En determinadas ocasiones, Moscú también recurrió a personas reclutadas en los márgenes de la sociedad, incorporando perfiles poco convencionales —como ocurrió con una conocida célula búlgara— que, pese a todo, resultaban útiles para este tipo de operaciones.
Las organizaciones criminales, especialmente las vinculadas al blanqueo de grandes cantidades de dinero, también han adoptado métodos similares, aunque no por una cuestión económica. Hoy resulta relativamente sencillo encontrar a alguien dispuesto a aceptar un encargo a cambio de una recompensa. Primero se evalúa a la persona, después se pone a prueba y, finalmente, se le proporciona el arma necesaria para ejecutar el asesinato. En algunos casos, incluso cuenta con apoyo logístico destinado a minimizar las pruebas que puedan conducir a los autores intelectuales. Una vez cumplida la misión, no es extraño que la propia organización elimine al ejecutor para borrar cualquier rastro. Algunos aceptan ese riesgo con plena conciencia; otros, movidos por la desesperación, terminan embarcándose en una misión de la que saben que probablemente no regresarán.
