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El canadiense que alejó a Europa de EEUU
Ante las amenazas de Trump, Mark Carney emergió como una figura central en un proyecto para reconfigurar la alianza occidental Leer Ante las amenazas de Trump, Mark Carney emergió como una figura central en un proyecto para reconfigurar la alianza occidental Leer
Mark Carney llegó al poder impulsado por la reacción en contra de las declaraciones del presidente Trump sobre convertir a Canadá en el estado número 51, algo que muchos estadounidenses consideraron una simple ocurrencia. Pero para el nuevo primer ministro, tras leer informes de Inteligencia que detallaban la gravedad de la crisis, aquello fue el límite.
En conversaciones telefónicas privadas con el predecesor de Carney, Justin Trudeau, Trump había amenazado con romper el acuerdo de 1908 que delimita su frontera compartida. "Rompo eso y todo tu país se desmorona", le dijo Trump a Trudeau en una llamada, según dos personas familiarizadas con el asunto.
Durante una cena en Mar-a-Lago, los enviados de Trudeau intentaron disuadir a Trump de absorber a su país. Cuando un asesor de Trump señaló que los 41 millones de habitantes de Canadá se inclinarían hacia el Partido Demócrata, el presidente ideó una solución ingeniosa: simplemente dividir al vecino del norte en dos estados, uno republicano (rojo) y otro demócrata (azul).
Cuando Carney asumió el cargo a principios de 2025, encargó un análisis confidencial que discutiría cara a cara con sus colaboradores más cercanos, ya fuera en su despacho o a bordo del jet oficial con el indicativo de llamada CanForce 1: ¿cuán dependiente era Canadá de un país en particular para el almacenamiento de datos, material militar, procesamiento de pagos e incluso alimentos?
Fue el primer intento de Carney por resolver un enigma que terminaría por obsesionar a los gobiernos de ambos lados del Atlántico: ¿qué hacer cuando tu aliado más cercano se convierte en una amenaza?
Su receta radicaría en gran parte en Europa, donde Carney, ex gobernador del Banco de Inglaterra, había forjado su pasado y ahora veía el futuro de Canadá. El banquero canadiense que nunca antes había ocupado un cargo electo emergería como una inesperada figura central en un proyecto de alto riesgo para reconfigurar la comunidad económica y militar conocida como Occidente.
Desde la Segunda Guerra Mundial, la alianza había funcionado como una rueda: EEUU como el eje indispensable y el resto como los radios. Carney argumentaba que Canadá y Europa tendrían que construir un modelo alternativo, una "red densa de conexiones" que no dependiera excesivamente de ningún país en solitario. Su enfoque contrastaba con el de otro líder influyente, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, quien instaba a Europa a redoblar su apuesta en la relación con Trump, costara lo que costara, para evitar que Estados Unidos abandonara la alianza.
Ambos representaban los polos opuestos de un debate de años que estaba llegando a su punto de ebullición en Europa, donde el Reino Unido, al igual que Rutte, apostaba fuertemente por su relación especial con Washington. Francia, por el contrario, estaba ansiosa por construir una base tecnológica y de Defensa soberana propia en Europa, desde la computación cuántica hasta sistemas de inteligencia artificial ajenos a Estados Unidos. Carney intentaría influir en el resultado, sin provocar a la superpotencia que importa las tres cuartas partes de los bienes canadienses.
En efecto, el intento de convertir a Canadá en el estado número 51 de EEUU había encendido la mecha de consecuencias imprevistas que se extenderían mucho más allá de América del Norte, mientras los aliados de ultramar se preguntaban si la alianza liderada por EE. UU. realmente podría perdurar.
The Wall Street Journal habló con jefes de Gobierno, sus ministros y altos asesores para reconstruir las reuniones a puerta cerrada donde la alianza comenzó a fracturarse. El Journal pudo revisar notas detalladas tomadas por algunos participantes. Esta es la segunda entrega de una serie de dos partes que revela el contenido de las deliberaciones entre los aliados de Estados Unidos sobre cómo podrían salvar su alianza -o prepararse para su desintegración-.
La portavoz de la Casa Blanca, Olivia Wales, declaró: "El presidente Trump cree que Canadá y todos los demás países de la OTAN deben asumir una mayor responsabilidad en su propia defensa. Deberían haber estado ahí para Estados Unidos cuando estábamos en medio de la exitosa Operación Furia Épica" contra Irán. "El presidente Trump no permitirá que se aprovechen de nuestro país", añadió.
El jueves, el presidente publicó un artículo sobre las dificultades económicas de Canadá en Truth Social, anotado con dos palabras: "¡Estado 51!".
Carney, el primer ministro nacido en los Territorios del Noroeste de Canadá, era un radical improbable, la viva imagen de la élite global contra la que Trump hizo campaña. Ex alumno de Harvard, Oxford y Goldman Sachs, y el primer extranjero en dirigir el Banco de Inglaterra, conservaba dos teléfonos móviles, incluso como primer ministro: uno canadiense y otro con número británico, junto con una lista de contactos de su época en Londres.
Dirigir la libra esterlina tras la crisis de deuda europea le dejó una lección duradera sobre cómo una economía global diseñada para la eficiencia se había vuelto peligrosamente dependiente de un único punto frágil: Estados Unidos y su billete verde. Como gobernador del banco, propuso una "moneda hegemónica sintética" que las economías medianas pudieran utilizar como alternativa al dólar. El economista jefe del FMI en Washington calificó la idea de "intrigante" pero "improbable", afirmando que la fuerza del dólar estadounidense emanaba de las "instituciones y el estado de derecho" de ese país.
La idea de Carney apenas tuvo eco, en parte porque la planteó la misma semana de agosto de 2019 en que se conoció otra propuesta extravagante que al principio pareció un chiste: Trump quería comprar Groenlandia.
Y sin embargo, ahora, como líder de Canadá, Carney plantearía una versión ampliada del mismo argumento a los aliados más cercanos de Estados Unidos: que todo el sistema de seguridad global dependía demasiado del Tío Sam. Su propio personal apenas podía seguirle el ritmo mientras enviaba mensajes de texto a líderes europeos que conocía del mundo de las finanzas, como el banquero de Rothschild Emmanuel Macron, actual presidente de Francia; el ex presidente de la filial alemana de BlackRock, Friedrich Merz, actual canciller alemán; y Alexander Stubb, del Banco Europeo de Inversiones, actual presidente de Finlandia.
A solo dos días de asumir el cargo, Carney no viajó a Washington -la primera parada convencional para un nuevo primer ministro canadiense- sino a Francia. De pie junto a Macron en el Palacio del Elíseo de París, calificó a Canadá como "el más europeo de los países no europeos".
Durante un almuerzo privado, ambos líderes intercambiaron ideas con entusiasmo sobre cómo Francia y Canadá podrían ayudarse mutuamente a reducir su dependencia de Estados Unidos. Canadá disponía de los minerales críticos que necesitaba Francia, cuyas empresas tecnológicas respaldadas por el Estado estaban dando sus primeros pasos en los ámbitos de la IA y la computación cuántica, dominados por EEUU.
Los diplomáticos franceses bromeaban diciendo que, dado que Canadá y Dinamarca comparten una frontera terrestre en una isla ártica deshabitada frente a Groenlandia, eso podría convertir al país norteamericano en un candidato legítimo para obtener una adhesión por la vía rápida a la UE. Carney se rio.
El recibimiento fue más moderado en Londres, la siguiente parada de Carney. El Gobierno del primer ministro Keir Starmer se había sobresaltado cuando el ejecutivo de Trudeau preguntó discretamente a los jefes de la Inteligencia británica si podían empezar a debatir cómo unirse si EEUU abandonaba los Five Eyes (Cinco Ojos), la alianza de intercambio de inteligencia liderada por Washington. El MI6 los rechazó, ya que la gran mayoría de la inteligencia que fluía por ese club procedía de Washington. La idea nunca prosperó, según funcionarios canadienses, y Carney no intentó sacarla a flote de nuevo.
Starmer estaba más alineado con la convicción de Rutte de que podían salvar la alianza occidental adulando a Trump, y había evitado mencionar públicamente la campaña del presidente para anexionarse una nación de la Commonwealth británica.
Un gesto de apoyo provino del rey Carlos III, jefe de Estado de Canadá, quien plantó simbólicamente un arce rojo en el jardín del Palacio de Buckingham. Cuando el rey planeó visitar Canadá, Starmer se mostró nervioso por la posibilidad de provocar al presidente estadounidense, según funcionarios implicados en aquellas conversaciones.
Al igual que Carney, Starmer estaba llevando a cabo una revisión estratégica, reevaluando cómo Reino Unido podría defender sus intereses en un mundo cambiante. Pero para cuando Carney realizó su visita, el informe, ya redactado, planteaba una pregunta que la oficina de Starmer consideró provocadora: ¿Qué pasaría si Estados Unidos abandonara su "relación especial"?
Fiona Hill, principal asesora de Trump sobre Rusia en su primer mandato y ahora coautora del informe británico, se mostraba escéptica sobre la capacidad de resistencia de Washington. Compartió sus reflexiones con Carney, con quien había coincidido en la Junta de Supervisores de Harvard. Trump, argumentaba Hill, era la respuesta estadounidense al líder soviético Mijaíl Gorbachov: debilitaba a una superpotencia que pretendía fortalecer. No logró convencer al equipo de Starmer, que sometió el informe a meses de modificaciones para reafirmar la importancia de los lazos con EEUU.
Carney tendría que intentar de nuevo ganarse a Starmer en noviembre, cuando coincidieron en el G-20 en Sudáfrica. Estados Unidos boicoteaba la cumbre en protesta por lo que Trump había calificado de "genocidio blanco", lo que dio a Carney más tiempo con Macron, el finlandés Stubb y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, quienes compartían su perspectiva. Starmer, sin embargo, seguía mostrándose cauteloso: Occidente tenía que salvar su relación con Estados Unidos, le dijo a Carney. "¡No nos queda ninguna relación que mantener!", replicó Carney.
Durante el primer mandato de Trump, los funcionarios canadienses mantuvieron una línea de comunicación con la Casa Blanca a través de una red, a veces informal, de empresarios y políticos que contaban con el oído del presidente. Pero el elenco de personajes cambió en el segundo mandato, lo que generó frustración.
Cuando uno de los homólogos europeos de Carney mencionó las dificultades que tenían con las personalidades de la segunda administración, dos funcionarios canadienses afirmaron que él respondió: "Tengo que lidiar con estos tipos todos los días".
Una de las pocas constantes era el yerno de Trump, Jared Kushner. Poco antes de que Carney asumiera el poder, el gobierno de Otawa estaba desesperado por rebatir las afirmaciones sin fundamento de Trump de que Canadá se había convertido en una fuente importante de fentanilo. Al pedirle consejo, Kushner sugirió que produjeran un vídeo que pudiera convencer al presidente de que se tomaban en serio la seguridad fronteriza, según los funcionarios canadienses.
El gobierno de Trudeau contrató a un equipo de filmación para capturar a dos helicópteros Black Hawk y a un perro rastreador en patrulla. En lugar de apaciguar a Trump, aquello pareció avivar su interés por replantear la ubicación de la frontera.
Bajo el mandato de Carney, altos funcionarios canadienses empezaron a leer estudios clínicos sobre la impulsividad para comprender la psicología de Trump, o biografías de su carrera empresarial y mediática. Especulaban con que su ofensiva por Canadá era una táctica de negociación destinada a la "búsqueda de precios". En otras palabras: proponer una idea escandalosa y probar la reacción del mercado.
Algunos asesores tenían una teoría diferente: que toda la idea del estado 51 era la forma que tenía Trump de arremeter contra Trudeau mientras los índices de las encuestas del líder canadiense caían. Pero Carney acabó descubriendo que él también tenía una diana en la espalda. A finales de 2025, EEUU había impuesto aranceles severos a Canadá y las conversaciones comerciales estaban congeladas, con Trump ofreciendo públicamente una vía para que Canadá evitara los aranceles: "Te conviertes en el 51″.
Los funcionarios canadienses buscaron apoyo en Europa. Pero pocos líderes se pronunciaron. Para entonces, la UE ya tenía su propio acuerdo comercial con Trump, asumiendo la crisis entre los dos aliados de la OTAN como simple ruido de fondo.
Una sola piedra lanzada desde Mar-a-Lago rompería esa falsa calma.
Katie Miller, esposa del jefe de gabinete adjunto de Trump, cenaba con el presidente en enero, horas antes de que las fuerzas especiales capturaran al dictador venezolano Nicolás Maduro, y notó que Trump estaba de humor reflexivo.
"Ojalá tuviera más tiempo", dijo Trump. "Si tuviera más tiempo, iría a por Groenlandia".
"Sí tienes tiempo", le aseguró ella. El 3 de enero, con Maduro ya bajo custodia estadounidense, publicó en X una única y provocadora palabra: "PRONTO" (SOON), acompañada de una bandera estadounidense que cubría Groenlandia.
La intervención, de la que se hicieron eco funcionarios de la Casa Blanca, equivalió a una alarma de incendio en toda Europa. Pondría a prueba la paciencia del continente con la estrategia de Rutte de hacer concesiones a Trump y empujaría a una masa crítica de líderes a ver a EEUU tal como Carney había advertido: un país dispuesto a utilizar su dominio militar y económico contra sus propios aliados.
En Dinamarca, la primera ministra Mette Frederiksen convocó una serie de reuniones informativas de emergencia con los jefes de Inteligencia, quienes consideraron que la propuesta iba en serio -no era un farol- y señalaron a EEUU como una posible amenaza militar: "Ya no se descarta la posibilidad de emplear la fuerza militar, incluso contra aliados", concluía un informe del Servicio de Inteligencia de Defensa danés.
El 6 de enero, ella y Carney se unieron a otros líderes en un salón dorado del Palacio del Elíseo en París para una reunión programada de los partidarios de Ucrania. Antes de que comenzara, los líderes congregados bajo el techo rococó y las lámparas de araña empezaron a debatir urgentemente sobre Groenlandia. Los hombres de confianza de Trump para Ucrania, Steve Witkoff y Kushner, estaban en otra sala, lo que dio tiempo a Frederiksen para presionar a sus homólogos europeos en busca de apoyo a la soberanía danesa y groenlandesa.
"Esto no se trata de ti o de mí", repetía una y otra vez, "se trata de la solidaridad europea en un momento de crisis". Carney, al margen, promocionaba sus ideas de vincular más estrechamente a Canadá con Europa.
El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, que se encontraba en la ciudad para recabar apoyo militar contra Rusia, parecía exhausto cuando Witkoff entró y se lanzó a un discurso centrado menos en la situación del campo de batalla o en la ruptura de la alianza que en las oportunidades económicas que le esperaban a Ucrania si firmaba la paz con Putin. Mientras proponía que Zelenski podría conseguir un acuerdo comercial con Estados Unidos y un esfuerzo de reconstrucción supervisado por BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo, una asesora europea escribió una nota para entregársela a su primer ministro.
"Ya no podemos confiar en Estados Unidos, decía. Lo único que nos queda es el derecho internacional".
Ese día, la Casa Blanca planteó la posibilidad de recurrir a la fuerza militar para adquirir Groenlandia. El Ministerio de Defensa francés se puso en contacto con el Pentágono para pedir aclaraciones sobre las intenciones de la administración, pero no obtuvo una respuesta clara. Los diplomáticos destinados en la sede de cristal arqueado de la OTAN en Bruselas empezaron a abordarse en los pasillos y a agruparse por regiones, según personas cercanas a las conversaciones, para debatir si su alianza se estaba rompiendo. Dinamarca ya estaba equipando a sus tropas árticas para lo impensable: una guerra armada contra Estados Unidos.
Rutte enviaba mensajes furiosamente a Trump en un intento por salvar la Alianza. Carney, por su parte, volaba en el CanForce 1 -su equipo prefería llamarlo simplemente por el nombre de su fabricante europeo, el Airbus- rumbo a China, donde firmaría una "nueva asociación estratégica" con Xi Jinping.
En la suite de su hotel de Pekín, Carney observaba cómo se desarrollaban las noticias sobre Groenlandia en la televisión y debatía con sus asesores si las exigencias de Trump le sobrevivirían y se convertirían en política de Estado de EEUU. Tenía previsto pronunciar un discurso de apertura en el Foro Económico Mundial de Davos —un día antes del discurso del propio Trump allí— y quería plantearlo como una llamada de atención. Con su equipo, ensayó frases que esperaba que cayeran como un balde de agua fría, incluido un eslogan que Carney ya había utilizado antes: "La nostalgia no es una estrategia".
La visita de Carney a China -la primera de un líder canadiense tras casi una década de relaciones tensas- transcurrió sin contratiempos, para sorpresa de sus asesores. Los chinos habían investigado la urgencia con la que Canadá necesitaba compradores no estadounidenses para sus semillas de colza, y accedieron fácilmente a rebajar los aranceles agrícolas a cambio de que Canadá recibiera 49 000 vehículos eléctricos chinos. "Tomamos el mundo tal como es", declaró Carney a los periodistas. "No como desearíamos que fuera".
De camino a Suiza, durante una escala en Doha, se despertó a las 4 de la mañana para escribir su discurso de Davos en una única sesión de dos horas.
Trump observó desde el Air Force One cómo Carney pronunciaba el discurso, mientras el público de Davos se ponía en pie para aplaudir con entusiasmo su clamor para que las naciones occidentales plantaran cara a las grandes potencias o "estarían en el menú". Canadá era un país "desagradecido", se quejó Trump ante sus asesores. Carney, sin mencionar explícitamente a EEUU, fue más allá que cualquier líder occidental a la hora de definir un manifiesto contra el estilo de gobierno de Trump: "No se puede vivir bajo la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación", afirmó.
El ex jefe del Banco de Inglaterra se movía como pez en el agua esa noche por la estación de montaña suiza, donde estaba tan bien conectado que tuteaba al pianista canadiense que tocaba Piano Man de Billy Joel en la fiesta VIP del Hotel Europa, donde los invitados elogiaban su discurso.
Rutte, de la OTAN, por su parte, estaba a punto de cerrar un borrador de acuerdo con Trump, cuyo próximo discurso en Davos se anunciaba como el momento en que la alianza podría morir. El secretario general ofrecía un plan vago para evitar una guerra comercial inminente. Los líderes europeos, encabezados por Macron, amenazaban con golpear a Estados Unidos con una combinación de aranceles y otras medidas de represalia que habían apodado el bazuca. El rendimiento de los bonos estadounidenses alcanzaba máximos de cinco años, lo que encarecía los costes de endeudamiento de EEUU.
Cuando Rutte pasó junto a una bandera azul marino de la OTAN para reunirse con el presidente, se encontró con una comitiva de cinco miembros del gabinete de Trump, todos ellos calzando zapatos de vestir Florsheim idénticos. El neerlandés asumió el ya familiar papel de consejero empático. "Podemos ayudar", dijo Rutte, proponiendo que la OTAN podría reforzar la seguridad en el Ártico. El presidente retiró su amenaza de usar la fuerza militar.
Pero Trump no se guardó los reproches hacia Carney cuando pronunció su discurso ese día. "Canadá vive gracias a Estados Unidos", declaró. "Recuerda eso, Mark, la próxima vez que hagas tus declaraciones".
La noche siguiente, el alto líder de la UE António Costa reunió a casi 30 jefes de gobierno en la sede del Consejo Europeo, conocida como El Huevo del Espacio, en lo que se convirtió en una emotiva conversación de cinco horas sobre EEUU que algunos calificaron como "la noche de terapia". Un exhausto funcionario del servicio diplomático de la UE llamó después al Consejo de Seguridad Nacional de Carney para decirle que la reunión había marcado un antes y un después en la relación de Europa con Estados Unidos.
Los europeos planearon reunirse de nuevo, esta vez el 12 de febrero, en un castillo belga construido por los Caballeros Templarios, para mantener un debate que Costa clasificó bajo el epígrafe de "un nuevo contexto geoeconómico". Los líderes que iban llegando sabían lo delicada que sería la conversación. A cada uno se le exigió que depositara sus teléfonos móviles en una funda que bloqueaba las señales. Discutirían cómo, junto a Canadá, estaban intensificando una ingente campaña para dotarse de capacidades tecnológicas y de defensa que no estuvieran bajo control estadounidense.
Su plan estaba evolucionando hacia una delicada maniobra en dos tiempos. Rutte aprovechaba su relación personal con Trump para mantener a EEUU comprometido con la OTAN el mayor tiempo posible. Al mismo tiempo, los aliados intentaban desvincularse de una dependencia de décadas de la tecnología, el poder militar y el comercio estadounidenses, sin provocar a Washington.
"Los líderes reconocieron por fin una verdad incómoda: la economía europea había perdido su ventaja competitiva", declaró uno de los primeros ministros presentes en la sala, el búlgaro Rosen Zhelyazkov. "Reconocimos que la confrontación directa con EEUU era tanto innecesaria como contraproducente; la solución requería ganar tiempo".
Los aliados comenzaron a acelerar la inversión en el espacio, la defensa, la computación cuántica y los sistemas de pago, con el fin de construir redes en la nube, centros de datos y sistemas de defensa que pudieran funcionar sin la tecnología estadounidense. En casi todos los aspectos, Europa se encontraba muy rezagada.
Los 10.000 satélites Starlink de Elon Musk gestionaban algunas de las conversaciones gubernamentales más confidenciales de Europa y los datos que sus armas utilizaban en Ucrania. La UE aceleró su calendario para lanzar varios centenares de satélites europeos para que los gobiernos pudieran comunicarse de forma segura a través de redes no estadounidenses.
Europa iba a tener que gastar cientos de miles de millones de dólares para replicar sistemas que tradicionalmente suministraba Estados Unidos. Carney, en otro almuerzo con Macron en el Palacio del Elíseo y durante una sesión de carrera a pie por el Hyde Park de Londres con el finlandés Stubb, analizó cómo Canadá podría integrarse mejor en esos sistemas y potenciarlos. En febrero, Canadá se incorporó a un nuevo fondo de defensa de la UE de 150 000 millones de euros y puso en marcha la Alianza por la Tecnología Soberana con Alemania, para profundizar la colaboración en materia de seguridad de la IA y capacidad de cómputo.
Funcionarios canadienses y europeos empezaron a reunirse con mayor frecuencia para mantener debates que en otro tiempo habrían incluido a sus homólogos estadounidenses. Durante los preparativos del G-7, los funcionarios se reunieron en la ciudad francesa de Toulouse en marzo, para debatir sobre computación cuántica, seguridad alimentaria e IA, entre conversaciones sobre cómo Canadá se incorporaría al programa de intercambio de estudiantes de Europa, Erasmus, o a su festival de la canción, Eurovisión.
Antes de la cita, algunos de los principales responsables de la seguridad nacional de Carney dejaron de utilizar Starlink.
Francia, por su parte, ordenó a sus 2,5 millones de funcionarios que sustituyeran Microsoft Teams y Zoom por Visio, una plataforma de videoconferencia de fabricación nacional. Alemania, Francia, Luxemburgo, los Países Bajos y Bélgica empezaron a implantar sus propios servicios de mensajería autóctonos, disuadiendo a los funcionarios de gestionar asuntos oficiales a través de WhatsApp, de Meta Platforms. Los funcionarios alemanes se quejaban de la rigidez del software no estadounidense que ahora se esperaba que utilizaran. El parlamento alemán aprobó una ley que favorecía a los proveedores europeos para sus necesidades de defensa.
"Incluso si Biden volviera, ya no sería lo mismo", afirmó Alice Rufo, viceministra de Defensa de Francia. "El tiempo de las advertencias ha terminado. Ahora es el momento de actuar".
El Pentágono declaró que tomaría represalias si la UE aprobaba políticas que favorecieran a los fabricantes de armas nacionales. Para calmar los ánimos, Rutte visitó el Despacho Oval en abril, aportando documentos que detallaban cuántos miles de millones de dólares en armamento estadounidense seguía comprando Europa. "Quizá no se haya dado cuenta", dijo, con cuidado de no dar a entender que el presidente desconocía esos datos.
El presidente amenazó con abandonar la OTAN. "No, no lo hará", replicó Rutte.
Esta semana, Rutte lleva a la cumbre de la OTAN en Ankara un nuevo y pegadizo eslogan: "El billón de Trump" (The Trump Trillion), su estimación aproximada de cuánto más han gastado Europa y Canadá en defensa desde el primer mandato del presidente.
El equipo de Carney ha estado presentando discretamente sus ideas al probable próximo primer ministro del Reino Unido, Andy Burnham, cuyo principal asesor económico fue en su día el segundo de Carney en el Banco de Inglaterra. Asimismo, trabaja con el presidente finlandés, Stubb, en un artículo, aún no publicado, sobre cómo pueden sus países navegar en un orden mundial cambiante.
A través de mensajes de texto, los responsables de la seguridad europea compartieron recientemente un chiste irónico sobre las fisuras de la Alianza que se ha vuelto sombríamente serio: si Trump cumple sus amenazas de abandonar la OTAN, dada la geografía de Canadá, la alianza podría al menos conservar el nombre: Organización del Tratado del Atlántico Norte.
