Espectáculo
Momentos de gloria de la literatura en una maleta
Cuando hace unas semanas apareció en Madrid una vieja maleta repleta de fotografías inéditas del poeta Vicente Aleixandre, premio nobel de literatura en 1977, recordé que las maletas han tenido sus minutos de gloria en la historia de la literatura.
Entre las más de quinientas fotos que habían estado hasta ahora a resguardo del tiempo, vemos al poeta junto a los suyos.
Este pequeño gran cofre mágico nos ha regalado, además, instantáneas del poeta de La destrucción o el amor rodeado de los escritores de su generación, esos que formaron la Generación del 27, cuyo centenario se conmemorará el año que viene.
Conservar la memoria visual de Aleixandre es conservar la de toda una generación que sufrió la guerra y la posguerra.
Estas viejas fotografías salvadas de la destrucción en una pequeña arca de Noé nos los traen a todos de vuelta aunque sea un instante.
Jugar al despiste
Cuando en 1939 Marguerite Yourcenar huye de Europa y de la II Guerra Mundial, deja atrás en un hotel de Lausana, en Suiza, una maleta. No estaban los tiempos para cargar con algo más que lo imprescindible.
Y Marguerite, que ya llevaba en el corazón las Memorias de Adriano, solo carga con un mapa del Imperio Romano al momento de la muerte de Trajano y una estatuilla del Antínoo del Museo Arqueológico de Florencia, donde el amante del emperador muestra su belleza serena.
Casi diez años después, recibe en su nueva casa en Maine, a la que llamó Petite Pleisance, la maleta abandonada. En su interior encuentra una tercera redacción de Memorias de Adriano, la única versión que quedaba.
El destino se la devolvió dentro de una maleta.
Así lo recuerda Marguerite en su Cuaderno de notas: «En diciembre de 1948 recibí de Suiza, donde la había dejado durante la guerra, una maleta llena de papeles familiares y cartas de más de diez años de antigüedad. […] Desplegué cuatro o cinco hojas dactilografiadas; el papel estaba amarillento: “Querido Marco…”. Marco… ¿De qué amigo, de qué amante, de qué pariente lejano se trataba? No advertí de inmediato a quién se refería el nombre. Al cabo de unos instantes recordé que ese Marco no era otro que Marco Aurelio, y supe que tenía en mis manos un fragmento del manuscrito perdido. Desde ese momento, me propuse reescribir el libro costara lo que costare».
En 1956, años después de recibir el Premio Nobel de Literatura, Ernest Hemingway regresa a París.
El director del Hotel Ritz le recuerda que había un baúl suyo almacenado en el hotel desde 1930; un baúl hecho especialmente para él por Louis Vuitton (sí, el mismo) en los años veinte.
En el fondo se guardaban unos cuadernos en los que Hemingway había anotado sus vivencias parisinas de juventud, esas sobre las que le escribió a un amigo que «si eres lo bastante afortunado para haber vivido en París de joven, vayas a donde vayas lo llevarás contigo el resto de tu vida, pues París es una fiesta movible».
Con el tiempo esos cuadernos conservados en una maleta abandonada se convirtieron en París era una fiesta.
Momentos de la vida, recuerdos, imágenes, manuscritos reencontrados, la magia de la vida es más literaria a veces que la propia literatura. Las maletas siempre nos lo recuerdan.
Cuando hace unas semanas apareció en Madrid una vieja maleta repleta de fotografías inéditas del poeta Vicente Aleixandre, premio nobel de literatura en 1977, recordé que las maletas han tenido sus minutos de gloria en la historia de la literatura. Entre las más de quinientas fotos que habían estado hasta ahora a resguardo del tiempo, vemos al poeta junto a los suyos. Este pequeño gran cofre mágico nos ha regalado, además, instantáneas del poeta de La destrucción o el amor rodeado de los escritores de su generación, esos que formaron la Generación del 27, cuyo centenario se conmemorará el año que viene. Conservar la memoria visual de Aleixandre es conservar la de toda una generación que sufrió la guerra y la posguerra. Estas viejas fotografías salvadas de la destrucción en una pequeña arca de Noé nos los traen a todos de vuelta aunque sea un instante. Te puede interesar Jugar al despiste Cuando en 1939 Marguerite Yourcenar huye de Europa y de la II Guerra Mundial, deja atrás en un hotel de Lausana, en Suiza, una maleta. No estaban los tiempos para cargar con algo más que lo imprescindible. Y Marguerite, que ya llevaba en el corazón las Memorias de Adriano, solo carga con un mapa del Imperio Romano al momento de la muerte de Trajano y una estatuilla del Antínoo del Museo Arqueológico de Florencia, donde el amante del emperador muestra su belleza serena. Casi diez años después, recibe en su nueva casa en Maine, a la que llamó Petite Pleisance, la maleta abandonada. En su interior encuentra una tercera redacción de Memorias de Adriano, la única versión que quedaba. El destino se la devolvió dentro de una maleta. Así lo recuerda Marguerite en su Cuaderno de notas: «En diciembre de 1948 recibí de Suiza, donde la había dejado durante la guerra, una maleta llena de papeles familiares y cartas de más de diez años de antigüedad. Desplegué cuatro o cinco hojas dactilografiadas; el papel estaba amarillento: “Querido Marco…”. Marco… ¿De qué amigo, de qué amante, de qué pariente lejano se trataba? No advertí de inmediato a quién se refería el nombre. Al cabo de unos instantes recordé que ese Marco no era otro que Marco Aurelio, y supe que tenía en mis manos un fragmento del manuscrito perdido. Desde ese momento, me propuse reescribir el libro costara lo que costare». En 1956, años después de recibir el Premio Nobel de Literatura, Ernest Hemingway regresa a París. El director del Hotel Ritz le recuerda que había un baúl suyo almacenado en el hotel desde 1930; un baúl hecho especialmente para él por Louis Vuitton (sí, el mismo) en los años veinte. En el fondo se guardaban unos cuadernos en los que Hemingway había anotado sus vivencias parisinas de juventud, esas sobre las que le escribió a un amigo que «si eres lo bastante afortunado para haber vivido en París de joven, vayas a donde vayas lo llevarás contigo el resto de tu vida, pues París es una fiesta movible». Con el tiempo esos cuadernos conservados en una maleta abandonada se convirtieron en París era una fiesta. Momentos de la vida, recuerdos, imágenes, manuscritos reencontrados, la magia de la vida es más literaria a veces que la propia literatura. Las maletas siempre nos lo recuerdan. Leer más Ñoña con las palabras Orgullo compartido En su salsa Revista, columnistas, María José Rincón, Santo Domingo, Literatura, Maleta, Memoria histórica, Fotografías inéditas, Vicente Aleixandre
