Mundo
"No hay vuelta atrás": La historia desde dentro de la ruptura de Europa con Estados Unidos
Los aranceles de Trump y sus amenazas contra Groenlandia provocaron una rebelión entre los principales líderes; los límites de la «diplomacia de la adulación» Leer Los aranceles de Trump y sus amenazas contra Groenlandia provocaron una rebelión entre los principales líderes; los límites de la «diplomacia de la adulación» Leer
Era casi medianoche en Bruselas y los líderes europeos llevaban ya cinco horas inmersos en una reunión de emergencia con un único tema de debate: cómo gestionar la ruptura con Estados Unidos.
El nuevo año apenas llevaba tres semanas y el presidente Trump, tras derrocar al autócrata de Venezuela, había amenazado brevemente con arrebatar Groenlandia a Dinamarca. Alrededor de una mesa circular en la sede del Consejo Europeo, conocida como The Space Egg, los jefes de Gobierno se desahogaban con tanta vehemencia sobre el 47º presidente que algunos de los casi 30 líderes presentes calificarían más tarde la sesión como una «noche de terapia». No había cámaras ni grabaciones, y a cada uno de los presidentes y primeros ministros se les pidió que acudieran solos, sin teléfonos, para poder hablar con franqueza durante un momento.
«Estamos marcando un límite aquí», comenzó Emmanuel Macron, presidente de Francia, según varios líderes presentes y sus asesores de mayor rango. Durante un año, los aliados más cercanos de Estados Unidos habían intentado apaciguar a Trump con una mezcla de halagos y concesiones en materia de defensa mutua y comercio, con la esperanza de ganar tiempo. Ahora, los soldados franceses se encontraban en Groenlandia, junto a las fuerzas especiales danesas equipadas para una guerra abierta con Estados Unidos. El presidente francés repitió un argumento que llevaba años defendiendo, con creciente urgencia: que la excesiva dependencia de Europa respecto a Estados Unidos suponía un riesgo para la seguridad. «No hay vuelta atrás», afirmó.
Un grupo de líderes europeos se sumó a las quejas, señalando que la Administración parecía más interesada en acuerdos mineros y energéticos que en defender el papel tradicional de Estados Unidos en el mundo. Europa corría el riesgo de convertirse en «una miserable esclava» de EEUU, se quejó el primer ministro de Bélgica. La primera ministra conservadora de Italia, Giorgia Meloni, discrepó y dijo a la sala llena de líderes más liberales que, aunque quizá no les gustara el presidente Trump, aún se podía razonar con él, según personas presentes.
A la izquierda de Meloni se sentaba la danesa Mette Frederiksen, tratando de mantener la compostura. Tras una semana de política de riesgo con Trump, la primera ministra danesa parecía tan conmocionada que el canciller alemán, Friedrich Merz, se tomó un momento para preguntarle cómo se encontraba: «¿Estás bien?».
Pasaron las horas mientras los asistentes hablaban unos encima de otros en una conversación con implicaciones tan trascendentales que parecía surrealista: en su 250º aniversario, ¿se había convertido Estados Unidos, protector de Europa, en una amenaza?
Varios participantes mencionaron a un hombre que no estaba en la sala. Mark Carney, el nuevo primer ministro canadiense, había estado enviando mensajes regularmente a los principales líderes europeos utilizando un número de teléfono británico de su época en Londres, tratando de convencerlos de que «la antigua América no va a volver». Ahora, tras un discurso mordaz en la reunión anual de Davos, sus argumentos ganaban terreno. «Canadá», dijo el presidente del Gobierno de España, «está diciendo abiertamente lo que deberíamos hacer».
En los meses venideros, las figuras más poderosas de Europa recordarían la reunión de crisis de enero como el momento en que los países unidos por lazos de sangre y un sentido de destino compartido desde el final de la Segunda Guerra Mundial comenzaron a explorar caminos separados.
Nadie ha presentado los papeles del divorcio, y figuras clave de ambos bandos están trabajando duro para mantener a flote un matrimonio sin amor. Desenredar los lazos entre Europa y EEUU sería una tarea titánica. Canadá, que está animando a Europa a protegerse frente a una América más caprichosa, depende, paradójicamente, mucho más de EEUU que casi cualquier otro país del mundo.
En el ámbito militar, es difícil imaginar que los aliados tomen caminos totalmente separados. La cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte de esta semana pondrá a prueba la determinación de los líderes para preservar un pilar emblemático del poderío occidental ante la creciente desconfianza mutua.
La Casa Blanca ha afirmado que Trump espera mantener «conversaciones constructivas y francas con numerosos líderes mundiales» en la reunión de Turquía. «El presidente Trump ha restablecido de forma efectiva la posición de Estados Unidos en la escena mundial y ha hecho más por la OTAN que nadie», ha declarado la portavoz de la Casa Blanca, Anna Kelly. «También cree que algunos miembros de la OTAN deberían esforzarse mucho más para cumplir con sus obligaciones».
Y, sin embargo, las conversaciones privadas sin tapujos que se están produciendo ahora en las altas esferas de las democracias europeas -muchas de las cuales se dan a conocer aquí en detalle por primera vez- apuntan al peligroso camino que queda por delante.
Los aliados estadounidenses han comenzado a pisar a fondo el acelerador en un experimento sin precedentes de «desamericanización». Las autoridades, desde Francia hasta los Países Bajos, están retirando discretamente la tecnología estadounidense de sus sistemas, adoptando software europeo de código abierto e instando a los funcionarios a que dejen de utilizar Microsoft Teams u Office. Aunque con retraso, están invirtiendo cientos de miles de millones de dólares para intentar impulsar las propias empresas espaciales privadas, las empresas de inteligencia artificial y los centros de datos europeos, con el fin de evitar depender de los gigantes estadounidenses.
Los europeos están realizando estudios sobre dónde almacenarían sus datos o procesarían sus pagos en caso de que se intensificaran las tensiones con EEUU, y sobre cómo funcionarían sus armamentos de fabricación estadounidense sin la autorización de Washington. Naciones cuyos imperios en su día se extendieron por todo el mundo se ven ahora atrapadas tratando de liberarse de su humillante dependencia de la tecnología y el poderío militar estadounidenses, sin provocar a EEUU.
Las acciones más recientes de EEUU no hacen más que reforzar la determinación de los europeos. Para cuando los líderes del Consejo Europeo se reunieron de nuevo en el Space Egg en marzo, los ataques aéreos de Trump contra Irán habían disparado los precios del combustible en todo el continente y el canciller Merz estaba furioso. Rusia, afirmó, sería la única ganadora de la nueva guerra en Oriente Medio, según los líderes presentes. Varios participantes iniciaron un debate irónico sobre si sería preferible una presidencia de JD Vance. Incluso la primera ministra italiana admitió que estaba revisando su opinión sobre el presidente estadounidense. Trump, lamentó Meloni, «no es razonable».
Para comprender este cambio histórico, The Wall Street Journal habló con jefes de Gobierno, sus ministros y altos asesores para reconstruir las reuniones a puerta cerrada en las que la alianza comenzó a resquebrajarse. WSJ pudo revisar notas detalladas tomadas por algunos participantes, así como evaluaciones clasificadas que las agencias de inteligencia europeas proporcionaron a los líderes que luchaban por orientarse en el nuevo Washington.
Una de esas evaluaciones, procedente del sur de Europa, reza: «No estás tratando con una administración que siga unos procesos, sino con un único individuo volátil». El MI6 británico, impresionado por el clima de miedo que se respiraba en Washington, ofreció al primer ministro Keir Starmer una advertencia más alegórica: la segunda Administración Trump, decía, «es una mezcla de The Crucible y Wolf Hall», en referencia a dos obras de ficción sobre los juicios de brujas de Salem y la corte del irascible Enrique VIII de Inglaterra. La agencia de espionaje británica ordenó a su personal que no abordara el tema del presidente con sus homólogos de la CIA.
El informe revela el importante papel de Canadá a la hora de forjar el consenso aliado sobre cómo lidiar con el nuevo Washington. Las amenazas de Trump de convertir a su vecino del norte en el estado número 51 de Estados Unidos encendieron una mecha de consecuencias imprevistas que sigue ardiendo. Esto llevó al poder a Carney, un ex banquero central que había dedicado los años posteriores a la crisis financiera de 2008-2009, a formular la tesis de que Occidente dependía en exceso de un único país, cada vez más impredecible. Como primer ministro, pudo empezar a poner en práctica su teoría.
Con solo unos pocos aliados al principio —en particular Francia—, Carney se esforzó por convencer a sus homólogos de que se enfrentaban a una dependencia estructural que no podía resolverse apaciguando a Trump. Su enfoque contrastaba con el de otra figura poderosa, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, un líder veterano que ha intentado salvar la alianza liderada por Estados Unidos, en parte elogiando al líder que la encabeza, una táctica que la prensa europea bautizó como «diplomacia de la adulación».
Lo que está en juego no podría ser más importante para las docenas de aliados que se encuentran en medio, obligados a plantearse enormes preguntas que siguen sin respuesta: ¿será la antipatía de Trump hacia Europa algo exclusivo de él, o se convertirá en la nueva normalidad de Estados Unidos? ¿Deberían comprar más tecnología y armamento estadounidenses para convencer a Washington de que su alianza sigue siendo una bendición para la economía de EEUU o deberían desarrollar los suyos propios y prepararse para el día en que la comunidad conocida como Occidente se desmorone?
Fue un año antes, en febrero de 2025, cuando Rutte gesticulaba animadamente ante los nerviosos líderes europeos reunidos alrededor de una larga mesa de banquete iluminada por candelabros en el Palacio de Egmont de Bruselas, del siglo XVI, explicándoles cómo abordar el enigma del recién reelegido Donald Trump.
Apenas unos días después de iniciar su segundo mandato, el presidente de EEUU amenazaba con imponer aranceles a Europa, y su hijo, Donald Trump Jr., había aparecido en Groenlandia para posar con los lugareños, a quienes había regalado gorras de «MAGA». La primera ministra danesa, Fredriksen, y el británico Starmer se encontraban ambos en Bruselas para que los líderes de la UE, el Reino Unido, Dinamarca y la OTAN pudieran ponerse de acuerdo sobre una estrategia común. La conversación fue privada y estrictamente extraoficial: el lugar de la reunión se había cambiado en el último momento para evitar el espionaje.
Alto y telegénico, Rutte fue elegido para dirigir la OTAN en parte por su reputación como «el que susurra a Trump», ya que mantuvo un contacto amistoso con el presidente tras su derrota en 2020. Durante el almuerzo, Rutte presentó una propuesta concisa que se convertiría en su estrategia principal: darle una victoria a Trump.
«Tenemos que destinar el 3,5 % a defensa», afirmó, según varios líderes presentes, más o menos lo que gastan los EEUU y muy por encima del objetivo del 2 % del producto interior bruto que la OTAN había alcanzado recientemente. Trump llevaba semanas insistiendo en que la cifra debía subir al 5 % —una cifra que los responsables europeos descartaban como fanfarronadas de Trump—, mientras que la cifra intermedia de Rutte procedía de los planificadores militares de la OTAN que habían estudiado cómo podría desarrollarse una guerra con Rusia.
En el lenguaje de la diplomacia europea, los líderes se turnaron para afirmar y, al mismo tiempo, eludir el compromiso. Alemania afirmó que entendía el objetivo, pero se preguntaba si no tendría más sentido hablar de qué deberían comprar, en lugar de cuánto deberían gastar. La italiana Meloni afirmó que le gustaría gastar más, aunque la opinión pública se mostraba muy reacia y, además, las normas presupuestarias de la UE no lo permitirían. El presidente de Rumanía dijo que también apoyaba esa idea, pero preguntó: ¿no desencadenaría esto una carrera armamentística en el continente?
No tenemos otra opción, replicó Rutte. Los aliados tendrían que intentarlo.
Rutte, de casi 60 años, había sido toda su vida un estudioso de la indispensabilidad del poder estadounidense. Su padre, prisionero de guerra en las Indias Orientales Neerlandesas, probablemente habría muerto bajo custodia japonesa si las fuerzas estadounidenses no hubieran barrido el Pacífico. Rutte, el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo en la historia de los Países Bajos, se formó como admirador de Ronald Reagan y creía que el ejército estadounidense y su paraguas nuclear seguirían siendo la garantía definitiva de la paz en este continente tan conflictivo. Prácticamente nunca se tomaba vacaciones; volvía tarde del trabajo en bicicleta a casa para practicar con el piano.
Sin Washington, argumentaba, el caleidoscopio de gobiernos de coalición de Europa —en docenas de países, muchos de ellos profundamente endeudados— tendría que destinar más del 10 % de su producto interior bruto solo a la defensa, especialmente ahora que la invasión rusa de Ucrania había llevado la guerra a sus puertas. Por no hablar de la abrumadora tarea política que supondría construir un arsenal nuclear capaz de sustituir al de Estados Unidos. Elegido por unanimidad por los Estados miembros para dirigir la OTAN, afirmó que no veía otra opción que mantener a Estados Unidos como el eje en torno al cual se construyó Occidente. A los líderes que coqueteaban con la idea de un nuevo Occidente, sin Estados Unidos como eje central, les respondía: «Seguid soñando».
«La gente con visiones», solía bromear, «debería ir al médico».
Ahora, en la cima de su carrera, Rutte les dijo a sus confidentes que su misión primordial era mantener unida a la OTAN asegurándose de que Trump y Estados Unidos siguieran comprometidos con ella. Para ganarse algo de margen para plantarle cara a Trump en privado, Rutte comenzó a bombardearlo con muestras públicas de apoyo y elogios.
Cuando enviaba mensajes de texto a Trump, Rutte imitaba la propia sintaxis y la hipérbole del presidente, manteniendo sus mensajes en tono de felicitación, con frases entrecortadas. Se metió tanto en el papel que algunos jefes de Gobierno que trabajaban con él empezaron a describirlo como un actor que nunca salía del personaje.
Pronto, los líderes europeos siguieron su ejemplo. El presidente de Finlandia y el primer ministro de Noruega empezaron a preparar sus mensajes de texto a Trump, discutiendo qué palabras debían escribir en mayúsculas. A veces, el líder noruego prefería que fuera su homólogo finlandés quien enviara el mensaje. A los responsables nórdicos les preocupaba que la mera mención de Noruega, sede del Premio Nobel de la Paz, pudiera reabrir una herida dolorosa.
A menudo, los europeos le devolvían a Trump sus propias palabras: cuando el presidente se hacía eco del rechazo de Vladímir Putin a un alto el fuego en Ucrania, ellos empezaron a describir su plan de paz —que equivalía a un alto el fuego— como «detener la matanza». Trump reprendió a la alta funcionaria de la UE, Ursula von der Leyen, por defender sanciones contra Rusia, por lo que ella empezó a referirse a la presión económica como «aranceles».
Una sucesión de líderes visitó la Casa Blanca, con la esperanza de moldear cuidadosamente a Trump con argumentos acordados en llamadas de coordinación, para evitar cualquier desacuerdo abierto. A las pocas semanas de comenzar el segundo mandato de Trump, Macron le visitó para hablar de la OTAN y Ucrania. Ambos pasaron horas juntos, y el presidente de EEUU parecía abierto a sus ideas. Utilizaron una tableta para conectarse a una videollamada dirigida por Justin Trudeau. Pero mientras el primer ministro canadiense hablaba, Trump, frustrado por un problema técnico que le impedía intervenir, lanzó el dispositivo por encima del escritorio Resolute y lo dejó caer al suelo, según contó un funcionario presente.
Cuando Merz le visitó, se sorprendió al encontrar a Trump «normal», según comentó más tarde un funcionario. Trump escuchó, hizo preguntas, parecía abierto a nueva información y bien informado sobre algunos temas —aunque, sorprendentemente, desconocía otros, incluida la situación militar en Ucrania—. Durante su charla, Trump le dijo a Merz que tenía algo que enseñarle y acompañó al canciller alemán a un pequeño estudio junto al Despacho Oval. Se trataba, anunció Trump, de «la sala Lewinsky», y la había llenado de recuerdos de MAGA, entre ellos gorras rojas y cajas de zapatos de vestir Florsheim. «Coged lo que queráis», dijo un afable Trump a sus invitados alemanes, añadiendo que sus esposas podrían vender el botín por «miles de dólares».
Las lisonjas de Rutte parecían mantener a Trump comprometido con la OTAN, hasta abril, cuando el nuevo embajador de Trump ante la OTAN, Matthew Whitaker, llegó a la sede de la alianza en Bruselas con un mensaje de Washington: el 3,5 % del PIB no era suficiente. El objetivo era el 5 % para 2035. Y tendrían que comprometerse a ello antes de la próxima cumbre anual de la OTAN en junio.
Los países de la OTAN situados en las fronteras con Rusia entendieron la lógica, pero otros se quedaron atónitos.
Para aliviar la carga financiera, Whitaker ofreció un plan según el cual el 3,5 % destinado a inversión militar podría complementarse con otro 1,5 % del PIB para «inversiones relacionadas con la seguridad», como pistas de aeropuertos, servicios meteorológicos y ciberseguridad, gastos que los países ya estaban asumiendo. Rutte aceptó rápidamente la idea y tranquilizó a los reticentes: ciertos puentes y túneles podrían considerarse vías vitales para una posible guerra con Rusia. En privado, instó a sus colegas europeos: la cifra principal era la «victoria» que Trump necesitaba. En la práctica, sabían que nadie iba a obligar a unos gobiernos con restricciones presupuestarias a cumplir el objetivo, fijado para dentro de diez años.
A medida que se acercaba la cumbre de la OTAN de 2025 en La Haya, seguían existiendo detractores que se hacían oír. Bélgica y Eslovaquia no se sumaron a la iniciativa hasta que Rutte afirmó que las contribuciones a Ucrania también podían contabilizarse como gasto militar. Carney, el recién elegido primer ministro de Canadá, apoyó el nuevo objetivo de gasto: «Trump tenía razón en esto», dijo a sus colegas. El país que se mantuvo inflexible fue España, cuyo primer ministro socialista, Sánchez, insistió en que el 5 % era una cifra arbitraria.
Durante 54 horas, los responsables de la OTAN intercambiaron mensajes con sus homólogos españoles, que se negaban a comprometerse con el objetivo —que probablemente pocos de sus vecinos llegarían a cumplir realmentE—. Al final, acordaron estar en desacuerdo. Rutte afirmó en una carta, que Sánchez hizo pública, que España podría seguir «su propio camino soberano» para cumplir los objetivos y que se evaluaría su cumplimiento en 2029.
El 24 de junio, Trump aterrizó en La Haya, la ciudad natal de Rutte, donde el secretario general de la OTAN le entregó una gran victoria en materia de política exterior. La alianza, afirmó Trump, ya no era una estafa para Estados Unidos. Uno tras otro, los políticos más poderosos de Occidente se turnaron para elogiar a Trump en una sesión a puerta cerrada por haber fortalecido la alianza de la que había amenazado con retirarse. Pero Carney se mostró más comedido: Trump vería más allá de los elogios, razonaron sus asesores, y los menospreciaría por ello.
Algunos líderes intentaron distender el ambiente. El primer ministro esloveno felicitó a Trump por presionar a su país para que aumentara el gasto en defensa, diciendo que si alguien sabía lo obstinados que podían ser los eslovenos, ese era el marido de Melania Trump. Trump sonrió ante la broma. El primer ministro de Bulgaria no pudo evitar darse cuenta de lo forzada que resultaba toda la actuación.
«Había risas en la sala, pero ocultaban una profunda ansiedad», afirmó Rosen Zhelyazkov, el entonces primer ministro. «Los líderes europeos seguían aferrándose a la creencia de que podían manejar a Donald Trump mediante la adulación diplomática y el encanto personal».
Semanas más tarde, la cumbre celebrada a mediados de agosto en Alaska entre Trump y Putin volvió a hacer saltar las alarmas en Europa. Trump se mostró aparentemente escéptico sobre las posibilidades de Ucrania en la guerra y intrigado por un plan ruso para ponerle fin en términos más cercanos a los de Moscú que a los de Europa. Un informe de inteligencia de carácter confidencial difundido por un país europeo ofrecía detalles de los planes comerciales y económicos que la Administración Trump estaba llevando a cabo con el Kremlin, incluida la explotación conjunta de tierras raras en el Ártico. El presidente francés Macron defendió en un chat grupal cifrado con sus homólogos que debían viajar juntos a Washington para mantener una reunión urgente con Trump con el fin de apoyar al presidente ucraniano Volodymyr Zelensky.
Seis presidentes y primeros ministros europeos, además de Rutte y von der Leyen, de la UE, entraron en la Casa Blanca pasando junto a un cuarteto de cuerda y elogiaron al presidente por su fortaleza como negociador, mientras las cámaras de los medios grababan. «Muchas gracias, Mark», le dijo Trump a Rutte. «Eres un gran líder. Estás haciendo un trabajo fantástico».
Macron, que observaba la escena, parecía incómodo.
La Casa Blanca resultaba casi irreconocible para el presidente francés, que llevaba en el cargo desde los primeros meses del primer mandato de Trump. Un plantón de roble albar europeo, procedente de un campo de batalla de la Primera Guerra Mundial, que ambos presidentes habían plantado juntos ceremoniosamente en 2018 en el Jardín Sur, había sido retirado por temor a que portara parásitos, y había muerto. Una antesala junto al Despacho Oval estaba decorada con portadas de revistas enmarcadas del 47.º presidente. Los líderes permanecieron en vilo mientras Trump, desde otra habitación, llamaba inesperadamente a Putin durante 40 minutos.
Al final, la intervención solo les proporcionó un breve respiro. En cuestión de semanas, Trump volvía a expresar dudas sobre las posibilidades de Ucrania y a considerar un plan de paz ruso que promocionaba oportunidades para las empresas estadounidenses. Los líderes se dieron cuenta de que no podrían obligar a Trump a apoyar la posición occidental sobre Ucrania —ni quizá ninguna otra política—.
Fue «una experiencia insoportable», afirmó una de las personas presentes, y una señal de la escasa influencia que los aliados más cercanos de Estados Unidos, incluso actuando de forma conjunta, ejercían sobre la Administración.
El frágil consenso en torno a los halagos comenzaba a resquebrajarse, una tendencia captada por el MI6 británico. Esa forma de diplomacia, según una evaluación del servicio de inteligencia, estaba «sujeta a la ley de los rendimientos decrecientes».
Contenido con licencia de The Wall Street Journal. Traducido del inglés por D. Lema.



