Connect with us

Mundo

EL MUNDO, con los 'cazadores de drones' del Donbás

Published

on

El uso masivo de estos aparatos en el este de Ucrania obliga a organizar patrullas de militares que los derriban entre las ruinas de ciudades como Druzhkivka Leer El uso masivo de estos aparatos en el este de Ucrania obliga a organizar patrullas de militares que los derriban entre las ruinas de ciudades como Druzhkivka Leer   

El vehículo blindado formaba parte de la legión de barbacoas que se prodigan por el frente. Así apodan aquí a los que han sido reforzados con un envoltorio de rejas como protección añadida contra los drones.

El revestimiento le sirvió de poco. Lo mismo que las redes que cubren toda la travesía. Las llamas consumían la parte frontal del acorazado. "Esto es fresco (reciente)", afirma uno de los uniformados.

Nadie se para para comprobar lo ocurrido. Los menos de 20 kilómetros que unen Kramatorsk con Druzhkivka se recorren a una velocidad disparatada. Los únicos transportes que no lo hacen son los que no han conseguido superar la acción de los drones. El periodista cuenta hasta 16 todoterrenos reducidos a carcasas calcinadas, a los lados de la ruta.

"Si veis que nos detenemos es porque hemos visto un dron. Hay que saltar del vehículo y salir corriendo", había advertido Taras, que comanda la unidad que guía a los visitantes.

La carretera es un reflejo del espíritu demencial en el que se ha sumido esta guerra. La transitan barbacoas de todo tipo -cubiertas con barrotes, mallas y púas- a velocidades vertiginosas. Parejas de soldados en motos de tres ruedas. Las que suelen usar las fuerzas especiales. También se cruza uno con robots de cuatro ruedas -los llamados UGVs- que transportan avituallamiento, conducidos por control remoto. O con patrullas a pie de "cazadores de drones", que vigilan el cielo con sus ametralladoras, prestos a disparar contra los aparatos no tripulados (AUVs) que atacan esta pista a diario.

"Esas unidades se constituyeron en 2025 y ahora están por todas partes porque ésta es una guerra de drones", explica Serhiy Hulevatenko, un teniente coronel de la Brigada Mecanizada 156, en el búnker que utiliza como cuartel general de su agrupación.

El sótano está repleto de pantallas de ordenadores, habitaciones, y hasta una máquina de correr estática. "La gente que pasa aquí semanas las usa para hacer ejercicio. Nadie sale a correr a la calle", precisa Andrew, que como casi todos los militares no da a conocer su apellido.

El joven psicólogo de 31 años ejerce, asimismo, como uno de los escopeteros especializados en el derribo de AUVs, que controlan las calles de Druzhkivka. Está equipado con un rifle de origen turco que dispara cartuchos de perdigones. "Como los que se usan para cazar pájaros pero aquí los usamos para los drones. Tiene un alcance de 50 metros", precisa antes de iniciar el recorrido por la villa.

"¿Qué cuántos drones he derribado? Dejé de contar cuando llevaba más de 10″, agrega.

Tres militares de la brigada corren a ponerse a cubierto y observan el cielo tras avistar un dron.
Tres militares de la brigada corren a ponerse a cubierto y observan el cielo tras avistar un dron.ALBERT LORES

Druzhkivka conforma junto a Kramatorsk, Sloviansk, y Konstantinivka, las cuatro principales localidades de la provincia de la provincia de Donetsk que todavía permanecen bajo el control de Ucrania, la apodada Fortaleza Donetsk del Donbás. Un arco de poblaciones que se alinean a lo largo de casi 50 kilómetros siguiendo el curso de la carretera que las comunica.

Antes del conflicto, estos núcleos urbanos acogían a más de 380.000 habitantes. En 2014, las milicias separatistas y los militares se hicieron con el control de las cuatro. Kiev las recuperó meses después y comenzó a fortificarlas, hasta convertirlas en su principal línea de defensa en el este del país y parapeto para frenar cualquier avance ruso hacia ciudades claves como Dnipro.

El pasado mes de mayo, el presidente ruso, Vladimir Putin, afirmó que sus fuerzas están a punto de conseguir "la derrota final del enemigo", mientras que altos cargos del Kremlin citados por el Finantial Times decían que los jefes militares de su ejército les han prometido que tomarán esa "fortaleza" en otoño.

Medios rusos como Donbas Today siguen aferrados al espíritu triunfalista del Kremlin. El citado diario publicaba el pasado día 22 un texto en el que daba por sentada lo que llamó "liberación de Konstantinivka". Y añadía: "El enemigo resiste, pero no puede detener el avance gradual de las tropas rusas. Ahora, la principal tarea será capturar Sloviansk y Kramatorsk, y con ello poner fin a la liberación de Donbás".

El jefe del Estado mayor ruso, el general Valery Gerasimov, proclamó en marzo que sus fuerzas controlaban un 60% de Konstantinivka, algo que no ha confirmado ningún observador independiente.

Donbas Today apuntaba de forma tácita a una razón para el empeño de Putin por conseguir culminar la ofensiva en esta región en los próximos meses: el aniversario de la derrota del ejército alemán en Slaviansk y Kramatorsk, que se concretó el 6 de septiembre de 1943.

"El enemigo dice que controla Konstantinivka pero no es verdad. Han conseguido infiltrar a grupos muy pequeños de soldados, pero los estamos eliminando. Creo que este intento terminará como en Kupiansk (una localidad norteña, que también estuvo a punto de ser capturada por los rusos con la misma táctica pero de la que fueron desalojados). La fortaleza Donetsk sigue firme", clarifica Serhiy Hulevatenko.

El think tank Instituto para el Estudio de la Guerra ha repetido en las últimas jornadas que Moscú está recurriendo a "imágenes probablemente alteradas por inteligencia artificial para exagerar los éxitos rusos y decir que el frente (del Donbás) está al borde del colapso, en contra de las evidencias".

"Mandan a africanos o soldados que usan como carne de cañón a colocar una bandera y dicen que controlan el lugar, pero los eliminamos", añade Hulevatenko.

Los expertos ucranianos, sin embargo, admiten que la situación en Konstantinivka es más que compleja. "Todos asumimos que perderemos Konstantinivka quizá antes de que acabe el verano y puede que Druzhkivka corra la misma suerte a finales de año. ¿Pero cuántos meses más puede resistir la economía rusa?", comenta un alto cargo del ejército ucraniano que prefiere mantener el anonimato.

La suerte de Konstantinivka está ligada a la de Druzhkivka, de donde parte toda la línea de abastecimiento del frente. Por eso los rusos han acrecentado el asalto contra esta última, con las temidas Cabs (bombas de menos 250 kilos o más) y un enjambre constante de artilugios voladores.

"Nos lanzan decenas cada día desde hace meses", estima el teniente coronel Hulevatenko. Andrew secunda a su jefe: "Hace dos semanas conté (la explosión) de 30 Cabs en dos horas".

Un anciano yace en la cama dentro de un refugio situado en un sótano de Druzhkivka.
Un anciano yace en la cama dentro de un refugio situado en un sótano de Druzhkivka.ALBERT LORES

La capacidad destructora de estos ingenios es estremecedora. Son capaces de aplastar edificios de muchas plantas. Es una visión que se repite a lo largo de la metrópoli, donde los bloques de apartamentos reducidos a montañas de escombros son una constante. Lo mismo que la devastación que se observa en lo que fueron las factorías de maquinaria o la de porcelana, especialmente apreciada en la era de la Unión Soviética.

Avanzar por el centro neurálgico de la urbe es caminar pisando cristaleras rotas o trozos de paredes arrancadas de antiguos restaurantes. Las detonaciones son un sonido recurrente. "Mirad dónde ponéis los pies. Los drones suelen lanzar minas antipersonales", indica Taras.

La camarilla que dirige el oficial recorre la plaza principal. La estatua de los enamorados -que reemplazó la omnipresente figura de Lenin que decoraba este emplazamiento hasta 2015- es una de las contadas cosas que permanecen casi intactas. La creación que refleja a una pareja besándose solía ser el punto de elección para las fotos de los recién casados y se convirtió en una imagen viral cuando el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski -desafiando una vez más el riesgo- grabó un vídeo en este mismo lugar, en marzo pasado.

"Donbás es Ucrania", se lee en un muro cercano. Las principales avenidas están acotadas por líneas de alambre de espino y salpicadas de automóviles militares quemados. A simple vista, la localidad aparenta ser un emplazamiento fantasma.

Pero conforme avanza la caminata surgen los civiles que siguen escondidos entre los despojos del enclave. Aparecen caminando o en bicicleta. Acuden presurosos hasta los últimos negocios que siguen desafiando la lógica.

Ludmila y su hermana Natalia siguen empeñadas en mantener abierto un pequeño colmado en el corazón del lugar. Cuando se le pregunta cómo osa seguir con la tienda, rodeada literalmente de cascotes, la segunda sonríe y se encoge de hombros. "Llevamos un año así. Dependemos del destino. Se han ido los que tienen hijos. Yo no me fui cuando los rusos ocuparon la ciudad (en 2014) y no lo haré ahora", manifiesta Ludmila, de 62 años.

La pareja de hermanas forman parte de los civiles que han normalizado la cercanía de la muerte. Casi miran con extrañeza al grupo de visitantes que corre por el asfalto y se guarece a cada poco. Ellos deambulan con parsimonia.

Serhiy, Taras y Andrew andan mirando siempre al cielo. Pendientes también de las señales que capta el detector de drones. Cada pocos metros confirman si las viviendas cercanas tienen la puerta abierta. Una precaución necesaria para guarecerse si aparece un dron. Los postes y ramas están plagados de las fibras ópticas que utilizan los UAVs rusos.

Al doblar una calle, junto a uno de los escasos sitios donde los residentes pueden recolectar agua -ese líquido al igual que la electricidad o el gas son un lujo que desapareció hace meses de la ciudad-, la comitiva se topa con un grupo de vecinos que intenta apagar un incendio.

Hace poco que una bomba explotó en su bloque de pisos. Las llamas siguen consumiendo las viviendas más altas. Taras sube hasta la tercera planta e intenta frenar el fuego con una garrafa de agua. "¿Hay alguien?", grita intentando averiguar si algún inquilino ha sufrido daños. Su esfuerzo para combatir el fuego no tiene éxito. La fogata está muy extendida. Varias columnas de humo surgen de otros tantos ventanales.

"Hemos llamado a la policía y los bomberos, pero no vienen", se queja una de la docena de ucranianos arremolinados junto a la construcción.

Taras intenta convencerles para que evacúen Druzhkivka, siguiendo las indicaciones que han dictado las autoridades. "¿A dónde vamos a ir?", le replica Anna Ivanova, de 66 años.

De repente suena el aterrador zumbido y cunde el caos. "¡Dron, dron!". Cada uno corre en una dirección. Unos se esconde bajo los árboles. Otros consiguen entrar dentro del edificio. Hay dos lugareños que permanecen impasibles. Sentados en un banco bajo la foresta. Amparados -semeja- en la falsa sensación de placidez que otorga el consumo ingente de alcohol.

La alarma continúa hasta que se escucha una cercana explosión. El AUV parece haber explotado no muy lejos.

La caminata por Druzhkivka está dominada por el estrés. A veces, el detector de drones se vincula a la señal que emite uno de los aparatos. En esta ocasión está lejos -la máquina permite detectarlos hasta a cuatro kilómetros-, pero su cámara ofrece una clara visión de la villa. Debe estar buscando algún objetivo.

"Los civiles se equivocan. Piensan que no les van a atacar los rusos, pero cuando los pilotos están agotando la batería del dron lo lanzan contra cualquier cosa. Hace días un anciano quedó roto en pedazos. También atacaron a un sacerdote", indica Taras.

Cada cierto tiempo, Taras o Serhiy levantan el dedo y el grupo se detiene. Es la señal de alarma. Otra carrera hacia la puerta abierta más cercana. El zumbido a veces viene acompañado de las ráfagas de los "cazadores" que se encuentran desplegados entre las viviendas. Si se escucha un estampido es que han conseguido eliminar la amenaza y se puede continuar paseando.

Al alcanzar una nueva intersección, la patrulla se encuentra con otra pareja de tiradores de su misma unidad, la 156. Uno de ellos es Andriy, de 38 años de edad. Forma parte desde abril de los pelotones de militares dedicados a interceptar UAVs. "Hacemos turnos de cuatro o cinco horas. Derribamos unos tres drones por día", aclara.

El muchacho se expresa dentro de una funeraria, lo cual genera una sonrisa nerviosa entre los presentes. Justo enfrente se divisa el chasis abrasado de otra furgoneta.

Mientras habla, a su espalda transita un robot que avanza presuroso hacia otra posición.

Druzhkivka parece abocada a seguir la suerte de otros muchos enclaves de las dos provincias del Donbás (Donetsk y Luhansk): desaparecer arrasada por la furia bélica de Moscú. Llegó a tener casi 70.000 residentes. "Ahora quedan unos 6.000″, calcula el teniente coronel Hulevatenko.

Muchos se ocultan en el subsuelo. Yuri y su esposa Ksenia han tenido que habilitar dos simples pasillos del sótano de un edificio como refugio. Su casa quedó desmantelada el pasado día 23 cuando una enésima Cab impactó en las proximidades. Esta vez han colgado 5 crucifijos a la entrada de la escalera que conduce a su nueva guarida, pensando que quizá les protegerán.

El espacio es mínimo. Han colocado cinco camastros y varias sillas pegadas a los ladrillos. Casi hay que caminar de lado para ir de una a otra. "Aquí vivimos cinco personas", dice Yuri, de 54 años.

"Ya nos fuimos dos veces y después regresamos. Estamos cansados de movernos de un lado para otro", apostilla para justificar su determinación de permanecer enterrados en vida.

Hoy es el cumpleaños de Ksenia. Yuri ha decidido desafiar el sobrevuelo de los drones y acercarse hasta un descampado cercano para arrancar flores. El ramo descansa sobre la pequeña mesita que también han conseguido introducir en el subterráneo. Para celebrar la fecha sólo disponen de eso, un paquete de galletas y un poco de té. "Y le daré un abrazo", proclama el ucraniano intentando restar dramatismo a la situación.

Yuri admite, por el contrario, que su presente tiene muy poco que ver con el pasado. Hace un año ambos trabajaban en sendos restaurantes. Ksenia era la cocinera de uno de ellos. "En el 2025 pudimos celebrar el cumpleaños con un gran pastel y limonada", recuerda. "Los drones lo cambiaron todo. Los negocios empezaron a cerrar y la gente se marchó".

El ucraniano, que parece incapaz de dejarse abatir por la penosa realidad que enfrenta, decide obstinarse en el optimismo.

"La ciudad está herida pero no está muerta", sentencia.

 

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *