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Del mercado al arsenal: el fin de la fantasía de una economía situada por encima del poder
La Unión Europea sabe fijar reglas, le cuesta traducirlas en poder operativo; la interdependencia sigue siendo preferible a la fragmentación salvaje Leer La Unión Europea sabe fijar reglas, le cuesta traducirlas en poder operativo; la interdependencia sigue siendo preferible a la fragmentación salvaje Leer
La resaca de la reunión Trump–Xi en Pekín hace dos semanas empieza a dar paso a análisis sustantivos sobre el significado profundo del encuentro, rebasando la escenificación de los dos mandatarios. Se va levantando el velo de las sonrisas medidas, y lo que asoma es el orden comercial no como presupuesto asumido, sino como objeto de negociación entre poderes. El intercambio se ha despojado del lenguaje benigno de la globalización para erigirse en vía central de la competencia entre potencias. Lo que se presentaba como eficiencia y prosperidad compartida muestra hoy su reverso de coerción, control y dominio.
Durante décadas el orden multilateral descansó sobre una convicción seminal: el comercio no sólo generaba prosperidad, contribuía a embridar el poder. Cuanto más entrelazadas estuvieran las economías, menos incentivos habría para la confrontación; cuanto mayor la riqueza creada, más resistente resultaría el sistema; cuanto más densas las cadenas de valor, más costoso sería romperlas mediante el conflicto. La permuta generalizada no abolía la rivalidad, pero podía encauzarla; no mudaba los adversarios en aliados, pero les suponía mucho que perder y, en consecuencia, alisaba aristas.
La apertura de mercados, la expansión del comercio internacional y la conexión de economías antes aisladas fomentaron crecimiento, innovación, transferencia de conocimiento y una enorme ampliación de oportunidades. La globalización no fue una ficción ideológica. Sacó de la pobreza a centenares de millones de personas, reordenó geografías industriales y consolidó la visión de un mundo mallado por una gramática relativamente estable.
Conviene recordarlo, porque prolifera la tentación de releer aquel tiempo como si todo hubiera sido ilusión o engaño. No lo fue. El error no consistió en comerciar, abrir economías o elaborar reglas. El error fue convertir una intuición razonable en dogma: creer que la interdependencia bastaría por sí sola para domesticar el poder, que la eficiencia se impondría a la política, que quien se integrara en el mercado mundial tendría demasiado en juego como para comportarse de modo disruptivo.
China fue la gran prueba. En Occidente se dio por sentado que su inserción en la economía global acabaría acarreando convergencia, no necesariamente una democratización inmediata ni una occidentalización plena, pero sí una moderación gradual: clases medias, complejidad social, nuevas demandas y una relación distinta entre Estado y sociedad. El mercado obraría a favor de un cierto pluralismo.
China aprovechó a tope las bazas que le brindaba el sistema abierto. Acumuló capacidad manufacturera, excedentes, tecnología, experiencia industrial y músculo financiero. Pero no asumió por ello las premisas que muchos en Occidente habían concebido sobre su evolución. Su incorporación al comercio mundial no supuso renuncia alguna a la centralidad del Partido Comunista ni una aceptación de los planteamientos liberales del orden dominante. Se sirvió de la apertura para fortalecerse sin ceder en las características definitorias. La imbricación en el entramado no neutralizó su ambición; la potenció.
Ésta es una de las correcciones intelectuales significativas de la época. El comercio no queda en entredicho como instrumento. Lo que queda invalidado es la presunción de transformación del otro en socio afín. Un actor puede participar en cadenas de valor, recibir inversión, absorber conocimiento, alzarse en nodo indispensable de producción y utilizar todo ello no para diluir su proyecto, sino para reforzarlo.
La visita de Trump a Pekín resaltó con particular nitidez que la superficie de la negociación puede exhibir soja, aviones, aranceles o gestos de distensión, pero el meollo son los semiconductores, las tierras raras; mientras controles de exportación, licencias, estándares tecnológicos y sanciones financieras se asoman como mecanismos para interrumpir suministros. Ya no se discute sólo cuánto se compra o se vende. Se mide quién puede condicionar a quién, en qué punto de la cadena, a qué coste y por cuánto tiempo.
El comercio mundial no flota en un universo abstracto. Necesita estrechos, pólizas de seguros, financiación, combustible, cables, satélites, normas y fuerza capaz de garantizar tránsito. Cuando una potencia puede obstruir o encarecer un paso crítico, cuando otra responde con bloqueo de puertos, cuando la reapertura de una vía marítima aparece como moneda diplomática, la economía deja de ser un terreno separado de la seguridad. La libertad de comercio depende de la libertad de circulación; y ésta, en última instancia, del poder.
Ese poder se puede ejercer mediante un arancel, a través de una licencia que se retrasa, un seguro que encarece una ruta, una norma técnica que desplaza competidores, una subvención que reordena estrategias empresariales. Demostrar mando no siempre consiste en cerrar una puerta. Basta con administrar el precio de cruzarla. No estamos ante el fin del intercambio, sino ante su vuelco político. Lo que durante un tiempo se presentó como simple eficiencia revela ahora subordinación, concentración de riesgo, fragilidad de suministro y disposición de obstaculizar.
La pandemia, la guerra de Ucrania, la situación en torno a Irán y la rivalidad sino-estadounidense aceleran esa toma de conciencia. El gas, los chips, los minerales críticos, los fertilizantes, la logística marítima, los sistemas de pago, las plataformas digitales, los cables submarinos o las redes de comunicaciones forman parte de un entramado sin el cual el mundo no funciona. Por eso, su dominio en manos ajenas es asunto sensible. Una cadena de valor abarata el coste al consumidor, mientras arruina el margen de maniobra de un país. Puede ser rentable para la empresa y peligrosa para la nación.
Europa está particularmente expuesta a esta alteración. No porque haya sido la única en creer en la promesa del orden abierto, sino porque creyó con más intensidad que nadie. La construcción europea hizo de la apertura, la regulación y el entrelazamiento económico no sólo método; también antropología política. Eso le dio prosperidad, escala, excelencia normativa y poder blando. Pero la dejó mal preparada cuando otros actores empezaron a tratar comercio, energía, tecnología e infraestructuras como instrumentos de presión.
La Unión Europea sabe fijar reglas; le cuesta traducirlas en poder operativo. Ha aprendido a ordenar mercados; le resulta más difícil proyectarse cuando el mercado mismo se convierte en campo de confrontación. La dependencia gasista respecto de Rusia fue el ejemplo obvio. Pero la exposición a los gigantes de la inteligencia artificial, las carencias en segmentos industriales determinantes, la debilidad de los mercados de capitales o la lentitud para transformar la apreciación del riesgo en acción concertada manifiestan endebleces profundas. La autonomía no se proclama; se construye sobre la base de energía realmente autóctona y disponible, tecnología propia o libremente accesible, infraestructuras seguras, fondos movilizables, defensa fabril, materias críticas y decisión política.
Nada de esto obliga a abrazar un mercantilismo tosco ni a imaginar que todo problema se resuelve levantando barreras. El comercio sigue siendo esencial. Y la interdependencia, bien gestionada, sigue siendo preferible a la fragmentación salvaje. Lo que ya no puede sostenerse es la fantasía de una economía situada por encima del poder, capaz por sí sola de producir convergencia y paz.
La época que asumió que el intercambio conducía naturalmente a la estabilidad cede paso a otra áspera, donde la estabilidad se busca mediante control y el control se ejerce, cada vez más, a través del comercio. Este viraje no anuncia el fin del intercambio, sino la de su elevación a dogma pacificador. Del mercado volvemos al arsenal.
