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¿Por qué Trump no tilda de dictador a Xi?: "Es un honor ser su amigo"

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Aunque en privado diplomáticos europeos y estadounidenses describen sin demasiados rodeos el sistema político chino como una autocracia cada vez más centralizada, en público casi nadie se atreve ya a llamar "autócrata" a Xi Leer Aunque en privado diplomáticos europeos y estadounidenses describen sin demasiados rodeos el sistema político chino como una autocracia cada vez más centralizada, en público casi nadie se atreve ya a llamar "autócrata" a Xi Leer   

A bordo del Air Force One, mientras el avión presidencial dejaba atrás el cielo plomizo de Pekín rumbo a Washington, Donald Trump atendió a los periodistas estadounidenses que le acompañaron en su viaje a China. Entre todas las preguntas que le hicieron, hubo una que pareció incomodarlo: "¿Cree usted que Xi Jinping es un dictador?". El presidente de Estados Unidos, que había pasado dos días en la capital china repartiendo continuos elogios al líder chino -"un gran líder", "un amigo"- esquivó dar una respuesta directa: "No pienso en eso. Uno se ocupa de lo que tiene. Lo respeto. Es muy inteligente. Ama a su país. Si es un dictador o no, eso es algo que cada uno debe decidir".

Hace tres años, el ex presidente Joe Biden respondió a la misma cuestión de forma mucho más directa tras reunirse con Xi en California. "Lo es", dijo entonces el demócrata. "Es un dictador en el sentido de que gobierna un país comunista con una forma de gobierno totalmente distinta a la nuestra". Tras aquellas palabras, Pekín montó en cólera. El Ministerio de Exteriores chino calificó aquella declaración como "una manipulación política irresponsable".

Desde que llegó al poder en 2012, Xi ha concentrado más autoridad que ningún líder chino desde Mao Zedong. Eliminó los límites de mandato presidencial, purgó rivales internos bajo una gigantesca campaña anticorrupción y colocó su pensamiento político en la Constitución. Es secretario general del Partido Comunista de China (el cargo que concentra el poder real en el sistema político chino), presidente de la República Popular China y presidente de la Comisión Militar Central, el órgano que dirige las fuerzas armadas. En 2023 obtuvo un tercer mandato después de que casi 3.000 delegados de la Asamblea Nacional Popular, equivalente al Parlamento, votaran unánimemente a favor de su continuidad en unas elecciones sin candidatos alternativos.

En cualquier democracia liberal, todo esto bastaría para zanjar el debate sobre si el líder de un régimen de partido único es o no un dictador. Pero en China llevan años intentando reformular incluso el significado de la palabra democracia. Pekín no rechaza el término; al contrario, lo reivindica a su manera.

Los medios estatales citan a menudo la "democracia con características chinas". La tesis es la siguiente: Occidente utiliza las métricas equivocadas. La democracia no debe medirse por elecciones multipartidistas o libertad de prensa, sino por eficacia. Por resultados. Por kilómetros de tren de alta velocidad, reducción de pobreza extrema, seguridad en las calles y crecimiento económico.

Esta es una narrativa que el aparato propagandístico chino ha perfeccionado. El mensaje que los voceros intentan exportar es que las democracias liberales producen polarización, bloqueo institucional y decadencia, mientras que el modelo chino garantiza planificación a largo plazo y estabilidad.

A pesar de enfrentar el problema semántico de que palabras como dictadura o autocracia siguen dominando el vocabulario político internacional, el Gobierno de Xi ha intentado apropiarse de la legitimidad de la palabra democracia sin aceptar los elementos esenciales que tradicionalmente la definen. Por eso la pregunta lanzada a Trump en el Air Force One era mucho más compleja de lo que parecía. Y sobre todo si se hace en un país donde millones de ciudadanos asocian legitimidad política con prosperidad y estabilidad más que con urnas y pluralismo.

"¿Para qué queremos elecciones como las americanas?", preguntaba esta semana, durante la visita de Trump, un joven universitario desde una moderna cafetería cerca del hotel donde se alojaba el presidente estadounidense. "Allí se pasan el tiempo peleándose. Lo mismo que en Europa". El argumento no es raro escucharlo en China. Muchos ciudadanos observan la política occidental como un espectáculo caótico y agotador. Los altavoces del Partido Comunista explotan esa comparación constantemente.

A la cautela verbal exhibida por Trump se suman hoy muchos otros líderes occidentales. Aunque en privado diplomáticos europeos y estadounidenses describen sin demasiados rodeos el sistema político chino como una autocracia cada vez más centralizada, en público casi nadie se atreve ya a llamar "dictador" a Xi Jinping.

China se ha convertido en un socio económico demasiado importante como para convertir cada visita oficial a Pekín en una batalla ideológica. Los muchos grandes dirigentes extranjeros que este año han ido desfilando por el Gran Palacio del Pueblo -desde el canciller alemán Friedrich Merz hasta el británico Keir Starmerhan medido cuidadosamente cada palabra para evitar cualquier choque innecesario con el líder chino.

Esto no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que las referencias públicas a la represión, la censura o la falta de libertades formaban parte habitual del guion diplomático occidental. Cuando George W. Bush acudió a Pekín para los Juegos Olímpicos de 2008 insistió en asistir a un oficio religioso protestante como gesto de apoyo a la libertad religiosa en China. Un año después, Barack Obama aprovechó su visita de Estado para pedir a su entonces homólogo Hu Jintao que retomara el diálogo con el Dalai Lama, el líder espiritual tibetano exiliado. Incluso Trump, durante su primer mandato y en plena guerra comercial con Pekín, endureció notablemente el tono contra China: su Administración impuso sanciones a altos cargos chinos por la represión en Hong Kong y por las denuncias de abusos masivos contra la minoría musulmana uigur en Xinjiang.

Esta semana, sin embargo, los derechos humanos aparentemente apenas encontraron espacio en la cumbre entre Trump y Xi en Pekín. Sí que hubo tiempo, en cambio, para los elogios. "Usted es un gran líder. A veces a la gente no le gusta que lo diga, pero lo digo igualmente porque es verdad. Es un honor ser su amigo", afirmó el republicano durante uno de los encuentros oficiales. Una escena difícil de imaginar hace apenas unos años, cuando Washington todavía intentaba combinar el acercamiento económico a China con discursos grandilocuentes sobre la libertad y la democracia.

 

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