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Xi Jinping despide a Trump y prepara la alfombra roja para Putin en Pekín los días 19 y 20 de mayo
La visita del líder ruso, apenas unos días después del viaje del estadounidense, refuerza la estrategia de Xi de situar a Pekín en el centro del pulso entre Washington y Moscú Leer La visita del líder ruso, apenas unos días después del viaje del estadounidense, refuerza la estrategia de Xi de situar a Pekín en el centro del pulso entre Washington y Moscú Leer
Donald Trump se marchó el viernes de Pekín tras concluir la cumbre de dos días con su homólogo chino Xi Jinping. La semana que viene será el ruso Vladimir Putin quien aterrice en la capital china. La secuencia no es casual. Tampoco el contraste. En un momento de fragmentación global acelerada, China quiere exhibirse como la única superpotencia capaz de sentar en su mesa, casi de manera consecutiva, a los presidentes de Estados Unidos y de Rusia.
El diario hongkonés South China Morning Post ha informado que Putin llegará a Pekín el próximo 20 de mayo y que el recibimiento será bastante menos pomposo que el de Trump.
Si la colorida bienvenida al republicano fue una demostración pública de que Pekín busca estabilizar una relación bilateral que sigue siendo esencial para su economía, la llegada del ruso servirá para recordar que, pese a el visible acercamiento táctico a Washington, la alianza estratégica con Moscú continúa siendo uno de los pilares centrales de la política exterior china.
Xi y Putin han construido durante los últimos años una relación personal y política muy estrecha. Apenas unas semanas antes de la invasión rusa de Ucrania, ambos dirigentes anunciaron en Pekín una "asociación sin límites".
Aquel comunicado, firmado durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022, no hablaba de una alianza militar formal, pero sí de una cooperación sin "áreas prohibidas", cimentada sobre una visión compartida: desafiar la hegemonía estadounidense y promover un orden internacional alternativo liderado por potencias autoritarias.
La guerra de Ucrania puso inmediatamente a prueba aquella asociación. China nunca respaldó explícitamente la invasión (en el lenguaje oficial chino sigue siendo la "crisis de Ucrania"), pero tampoco condenó a Moscú. Desde entonces, Pekín ha actuado como el gran salvavidas económico del Kremlin.
Mientras Occidente trataba de asfixiar a Rusia mediante sanciones masivas, China incrementó las compras de petróleo y gas ruso, disparó el comercio bilateral y ofreció una vía de escape financiera y tecnológica para amortiguar el aislamiento internacional de Moscú.
Desde EEUU y Europa han acusado al Gobierno chino de vender al régimen de Putin las tecnologías de doble uso necesarias para alimentar la "máquina de guerra" del Kremlin, algo que las autoridades chinas niegan.
Los funcionarios chinos defienden que su apoyo siempre ha estado cuidadosamente calibrado. Xi ha intentado evitar que la relación con Putin termine arrastrando a China hacia una confrontación abierta con Washington o Bruselas. Pekín sabe que necesita a Rusia como socio estratégico frente a Washington, pero al mismo tiempo depende mucho más de los mercados occidentales que de la economía rusa.
La visita de Putin después de Trump resume precisamente esa estrategia pendular de Xi Jinping. China quiere demostrar que puede hablar simultáneamente con ambos bandos sin renunciar a ninguno de sus intereses. Ante Washington, Xi intenta proyectarse como un líder pragmático dispuesto a estabilizar las relaciones y evitar una espiral de confrontación total. Ante Moscú, busca transmitir que la asociación estratégica permanece intacta pese a las presiones occidentales.
