Mundo
Lo que se medía en Pekín
La IA no es un sector. Es infraestructura de poder; Trump fue a China no para dictar condiciones, sino para buscar acomodo Leer La IA no es un sector. Es infraestructura de poder; Trump fue a China no para dictar condiciones, sino para buscar acomodo Leer
Al cierre de este Equipaje de mano, el avión presidencial estadounidense ha despegado de Pekín. Hemos visto los gestos, el espectacular ceremonial, las anécdotas reveladoras y los anuncios pendientes de implementación de la visita del 47º ocupante de la Casa Blanca, acompañado por su secretario de Estado, Marco Rubio -viejo crítico de China, figura incómoda para el Partido-, y rodeado de un séquito empresarial apabullante, integrado no solo por los amos de la inteligencia artificial, sino por los titanes de las finanzas, la aeronáutica o las commodities agrícolas.
Están ya los readouts, esos resúmenes oficiales -paralelos, pero nunca idénticos- que cada capital difunde tras las conversaciones de alto nivel. No es irrelevante que Pekín publicitara primero su versión, a todas luces escrita antes del acto. El primer relato disponible, además de informar, encuadra. China ha querido que el diálogo se proyecte al mundo desde el mensaje central de amenaza explícita respecto de Taiwán, y significativamente bajo el registro de la "Trampa de Tucídides" -esto es, que la rivalidad por la hegemonía global entre el ascendente y el instalado termine en guerra-. Falta, sin embargo, la letra pequeña de los compromisos, las omisiones, el alcance de los matices de vocabulario y la distancia mínima para separar el evento de la correlación de fuerzas subyacente. Todavía es pronto para un análisis completo; por el momento, sólo cabe leer las hojas del té e interpretar lo que, en muchos aspectos, ha sido un juego de sombras chinescas.
Desde la Administración Obama, todos los presidentes estadounidenses han catalogado el ascenso de China como el desafío estratégico del siglo XXI. Acuñado el lema del pivot to Asia, Donald Trump, en su primer mandato, definió el Imperio del Medio como potencia revisionista, y Joe Biden como el único competidor con voluntad y capacidad para remodelar el orden internacional. Ese diagnóstico es compartido hoy por demócratas y republicanos. El segundo Trump añade a esa continuidad una materialización propia: personaliza las relaciones entre Estados; mide los vínculos por llamadas, cenas, halagos, encuentros y supuestas sintonías entre dirigentes. Xi Jinping, en cambio, observa la emocionalidad de las simplistas expansiones verbales del auto-coronado dealmaker global, pero interioriza plazos industriales, dependencias tecnológicas, equilibrios militares y margen político.
En noviembre de 2017, en su anterior recalada, Xi ofreció a Trump una recepción de teatralidad imperial: Ciudad Prohibida, solemnidad en el Gran Palacio del Pueblo, desfile, promesas de compras y contratos por valor de cientos de miles de millones de dólares. Pekín la bautizó como state visit plus. La expresión era ilustrativa. China agasajaba al presidente de Estados Unidos con un objetivo último: hacer saber al mundo que ya no era una potencia emergente pidiendo reconocimiento, sino una potencia instalada.
Nueve años después, de la representación a la que hemos asistido surgen otras claves, empezando por la guardia pretoriana exhibida por el Presidente, que enviaba un mensaje poco sutil: "estos son mis poderes". Cuando una potencia hace alarde de sus activos -tecnología, finanzas, aeronáutica, comercio agrícola- es que la relación ha dejado de fundarse en la deferencia automática y ha entrado en el terreno de la demostración. En Pekín no se ha medido sólo Trump. Se ha medido Estados Unidos. Se ha medido Occidente. Se ha medido, al fin, la consistencia de un orden que durante décadas descansó sobre una premisa cada vez menos evidente: que Washington marca el compás.
El primer error sería equivocar la cita con la solución a las múltiples fricciones de la relación bilateral más trascendental del mundo. Los anuncios sobre agricultura, pactos de inversión, aviones, acceso al mercado o fórmulas institucionales para encauzar el comercio comenzarán ahora a ordenarse en cifras, plazos y condiciones. Y lo mismo cabe decir de la prórroga de la tregua tarifaria o de los mecanismos de consulta, apenas esbozados, para impedir que la próxima escalada arancelaria se dispare sin control. Todo eso importa. Pero pertenece a la superficie. El fondo es otro. China ya no busca sólo reducir animosidades; busca administrar a Estados Unidos. Y Trump, con su inclinación a la transacción de relumbrón, a la foto y al titular inmediato, ha brindado a Pekín la oportunidad singular de convertir estabilidad en concesión, pausa en avance y gesto protocolario en confirmación política. Xi no precisa que Trump declare que China ha triunfado. Le basta con que su actuación vehicule que el tiempo trabaja a favor de Pekín.
Ahí reside el verdadero alcance de la visita. Desde hace años, Xi repite a sus cuadros que "el Este asciende y el Oeste declina". No es una frase retórica más. Es una brújula que orienta la percepción del mundo, legitima la paciencia china y alimenta la convicción de que las contradicciones occidentales son más profundas que las propias. El texto chino modula esta mirada con palabras de responsabilidad: "estabilidad estratégica constructiva", cooperación como eje, competencia dentro de límites adecuados, diferencias gestionables y paz. La retahíla no es inocua. Corona a Pekín como potencia de orden en la turbulencia reinante, y coloca a Washington ante la carga de probar que también sabe estabilizar y cooperar.
La imagen de Estados Unidos agotado, fracturado, violento, incapaz de sostener a su clase media y prisionero de sus guerras culturales circula con fuerza en China. Es un retrato deformado. Estados Unidos conserva una capacidad de innovación, atracción, poder financiero, dinamismo empresarial, red de alianzas y proyección militar que Pekín no ha igualado. Pero las percepciones pesan; son sustrato fecundo del soft power. La segunda caricatura es suponer que, en cuanto a China, una propaganda hábil disimula fragilidad. Tampoco. Pekín arrastra un sector inmobiliario exhausto, consumo débil, desempleo juvenil, envejecimiento acelerado y desconfianza inversora; a la par, ha sumado poder industrial, tecnológico y diplomático con una constancia que Occidente subestimó durante demasiado tiempo. La cuestión no es quién gana, sino cómo se administra una rivalidad en la que ambas potencias pueden hacerse daño -y desbaratar de paso el mundo- sin poder prescindir la una de la otra.
El comercio ha sido, como se esperaba, lo más visible de la cumbre. Trump necesitaba resultados que pudiera enarbolar como victorias. Xi necesitaba proteger una economía sometida a tensiones internas y externas. Pero el comercio actual trasciende el sentido clásico. Las tierras raras y los imanes críticos han dejado patente que la interdependencia no siempre pacifica; también arma. Durante décadas, Occidente confundió eficiencia con neutralidad. Deslocalizó, abarató, fragmentó cadenas de valor y dio por supuesto que la globalización diluiría la política. Ha ocurrido lo contrario: la política ha regresado por puertos, minas, chips, cables submarinos, laboratorios y fábricas de baterías. En ese campo, China ha progresado con disciplina. Ha convertido posiciones industriales en instrumentos de presión. Sabe que quien domina ciertos componentes no vende únicamente mercancías, supedita decisiones. Estados Unidos se demoró en comprenderlo y, cuando lo hizo, respondió con brusquedad. Por eso una eventual compra china de productos estadounidenses no debería ocultar el interrogante ineludible: si Washington recupera capacidad estructural o sólo obtiene alivio estadístico.
Aunque ausente de la nota americana, y esquivadas reiteradamente por el huésped americano las preguntas al respecto, Taiwán ha sido el expediente crucial. En diplomacia china, las palabras no son adornos, son determinaciones. No es lo mismo que Estados Unidos diga que no apoya la independencia de Taiwán a que diga que se opone a ella. No es lo mismo mantener la ambigüedad estratégica que permitir que Pekín la vaya reduciendo por acumulación de matices. Si Xi ha conseguido mover una coma de las declaraciones oficiales estadounidenses, habrá obtenido más que una frase. Habrá avanzado en el ámbito que más le importa: la normalización internacional de su presión sobre la isla. El acta china es inequívoca. Taiwán aparece como "el asunto más importante" de la relación bilateral. Si se gestiona bien, dice Pekín, habrá estabilidad; si se gestiona mal, habrá choques e incluso conflictos. La independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho son acuñadas como incompatibles "como el agua y el fuego", y a Washington se le exige "especial cautela". No es una amenaza velada. Es una advertencia engarzada en el centro del relato.
Taiwán, además de un contencioso territorial, es un estrecho tecnológico. Allí se junta buena parte de la capacidad global de semiconductores punteros, imprescindibles para la inteligencia artificial, la defensa moderna, la industria digital; esto es, la economía contemporánea. Si Ormuz recuerda que el mundo sigue sujeto de pasos físicos por los que circula energía, Taiwán enseña que el siglo XXI tiene también cuellos de botella tecnológicos. Por eso cualquier mudanza en el lenguaje de Washington, cualquier retraso en ventas de armas o cualquier insinuación de consulta previa con Pekín tiene un alcance inconmensurable con su literalidad.
Irán ha entrado asimismo en la conversación bilateral. El presidente chino lo ha anunciado entre los asuntos internacionales tratados, junto con Ucrania y la península coreana. El brevísimo readout americano, por contra, dedica al tema extensión prioritaria, haciendo hincapié en que "Las dos partes acordaron que el estrecho de Ormuz debe permanecer abierto para sostener –support– la libre circulación de energía", así como la oposición del anfitrión a la militarización del estrecho y a cualquier peaje. Cerraba con un aserto firme "los dos países acordaron que Irán nunca puede tener el arma nuclear". La pregunta no es sólo si Xi ha ofrecido ayuda a Trump en la contención de Irán o si Trump ha aceptado dejar cierto margen a Pekín. La pregunta es si China seguirá utilizando estas crisis para mostrarse como potencia responsable mientras aprovecha cada fractura occidental para ampliar su influencia. Pekín ha aprendido a hablar el idioma de la estabilidad sin renunciar al cálculo del poder. Esa es una de sus ventajas. No necesita derribar la pirámide de orden con vértice en Washington, le basta con verla erosionarse selectivamente donde más le conviene.
La IA ha sido otro tema estrella abordado, aunque no conste aún con precisión y requerirá examen posterior. Sería un error comprimir su incorporación a un debate técnico sobre algoritmos, seguridad o regulación. La IA focaliza la nueva ecuación del poder: datos, chips, energía, talento, industria, defensa y control cognitivo. Estados Unidos conserva superioridad indiscutible en innovación, capital y ecosistema tecnológico; China posee escala, disciplina industrial, aptitud de movilización estatal y una integración creciente entre tecnología civil y su versión militar. Un acuerdo modesto sobre vigilancia de riesgos, usos militares, sistemas nucleares o diálogo técnico no debería despreciarse. En un mundo de desconfianza, incluso los guardarraíles mínimos son irremplazables. Pero la carrera no se decidirá en la retórica de la seguridad, sino en la capacidad de producir chips, asegurar energía, atraer talento y desarrollar aplicaciones. La IA no es un sector. Es infraestructura de poder.
Todo esto se ha jugado bajo una elaborada capa de protocolo. Trump demandaba volver con algo que exhibir como éxito. Xi precisaba que la visita confirmara que China no es una potencia contenida, sino (la) potencia indispensable. Para ambos, la foto cuenta. Pero no tiene el mismo significado. Trump privilegia el reflejo de la relación personal y la eficacia negociadora; Xi, la imagen de un presidente estadounidense que viaja a Pekín no para dictar condiciones, sino para buscar acomodo.
Trump se ha medido en Pekín. También Xi, en su capacidad para no creer demasiado la propia narrativa del declive ajeno. Se ha medido Occidente, su facultad para distinguir forma y sustancia, acuerdo y equilibrio, comercio y dependencia, estabilidad y concesión. Esta cumbre no decide el siglo XXI. Ninguna cumbre lo hace. Pero deja señales. Cuando dispongamos de las crónicas canónicas y podamos comparar sus variantes, cuando los compromisos se materialicen o, por el contrario, se desdibujen con el tiempo, habrá que volver sobre ella con más reposo. Este análisis de urgencia no excluye una lectura posterior más fina; la exige. Por ahora, importa observar en qué ha marcado énfasis cada parte, lo que Trump dice traer de Pekín, lo que Xi elige reflejar del encuentro y su parafernalia. Lo que el mundo concluye de esa diferencia.
