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La debilidad de Trump, la oportunidad de Xi
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Aunque ha pasado casi una década desde la anterior visita de un presidente estadounidense a China, este viaje de Trump probablemente no ocupará mucho espacio en los libros de Historia. No se esperan grandes acuerdos geopolíticos. Más bien, pequeños avances en negociaciones transaccionales, cuya significación magnificarán ambas partes. La agenda es clara: prolongar la tregua comercial, obtener compromisos chinos de compra de productos estadounidenses, explorar un alivio de las restricciones de Washington a la exportación de tecnología avanzada, sondear hasta dónde puede llegar la colaboración de Pekín en la crisis iraní y calibrar el margen para una eventual reducción del apoyo estadounidense a Taiwán.
Trump, con una tasa de aprobación negativa de más de 20 puntos, llega a Pekín con más urgencias que su anfitrión, lo que debilita su posición negociadora. La guerra de Irán, que ya le obligó a posponer la visita hace un mes, espolea los precios de la energía y erosiona la imagen de control que intenta proyectar el presidente Trump. Xi también afronta dificultades significativas, con debilidad del consumo interno, tensiones inmobiliarias, sobrecapacidad industrial, y dudas sobre la disciplina dentro del aparato militar, pero no está condicionado por ciclos electorales ni depende de titulares diarios para sostener su autoridad. Las diferencias en la actitud mostrada por ambos líderes en su primer contacto dan buena prueba de ello: Trump abrió la cumbre con elogios personales a Xi, mientras que el presidente chino adoptó una línea dura sobre Taiwan.
Trump necesita victorias a corto plazo, de cara a las elecciones de mitad de mandato que se celebrarán el próximo noviembre y Xi puede concedérselas por el precio adecuado, priorizando lo estructural sobre lo inmediato. Así, mientras el presidente estadounidense buscará grandes contratos para empresas de su país, en sectores como el agrícola y el aeronáutico, Pekín perseguirá objetivos de mayor alcance: estabilidad comercial, menor presión sobre Taiwan y, sobre todo, alivio de los controles tecnológicos, en particular los vinculados a semiconductores avanzados e inteligencia artificial. La incorporación a última hora de Jensen Huang, presidente de Nvidia, a la delegación estadounidense, apunta precisamente a que Washington podría estar dispuesto a negociar en este terreno.
Otra ventaja para Xi es la evolución de la conversación global sobre el lugar que ocupan ambas superpotencias. Desde el inicio de la segunda Administración Trump, China ha necesitado muy poco para aumentar su prestigio internacional y su atractivo como socio. Más que convencer al mundo de que Pekín encarna un orden internacional benigno, le basta con esperar a que Trump erosione el orden que Estados Unidos ha liderado durante décadas. Cuando Washington se muestra errático con sus aliados, convierte los aranceles en doctrina, militariza la diplomacia y se atasca en una guerra difícil de explicar en Irán, el discurso chino sobre estabilidad, paz, no injerencia y un orden mundial más inclusivo gana audiencia no solo en el Sur Global, sino también entre socios tradicionales de Estados Unidos.
Por eso, la pregunta clave no es si Trump saldrá de Pekín cantando victoria a los cuatro vientos. Seguramente lo hará. La cuestión es qué habrá entregado para poder decirlo. Pekín puede ser claro ganador de esta visita sin hacer grandes concesiones. Le bastaría con administrar la debilidad del presidente Trump, dejándole confundir espectáculo con estrategia.
*Mario Esteban es investigador principal para Asia Oriental del Real Instituto Elcano y catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid.
