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Cinco años después del 11-J, el día que marcó un antes y un después en Cuba

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El tiempo ahora juega a favor de los jóvenes que se atrevieron a tomar las calles de la isla en aquella jornada histórica Leer El tiempo ahora juega a favor de los jóvenes que se atrevieron a tomar las calles de la isla en aquella jornada histórica Leer   

Cuando escribo este artículo aún se desconoce el paradero del opositor cubano Luis Manuel Otero Alcántara. Poco antes de que se cumpliera la condena de cinco años a la que el régimen castrista lo sentenció por supuesto ultraje, desacato y desorden público, se supo que lo habían sacado de una cárcel de máxima seguridad y, de acuerdo a informaciones facilitadas por sus más allegados, permanecía retenido en las dependencias de la Seguridad del Estado cubano. Organizaciones como la ONU y Amnistía Internacional denuncian la opacidad de una dictadura que hasta ahora ha actuado de modo impune y no ha sentido la necesidad de rendir cuentas a nadie.

Lo cierto es que en Cuba han cambiado mucho las cosas desde las protestas que estallaron hace cinco años y de las que se aprovechó el Gobierno para encerrar no solo al reconocido artista plástico y líder del Movimiento San Isidro, sino también a más de 2.000 manifestantes que en aquel entonces tomaron las calles exigiendo cambios. Fue una jornada histórica que marcó un antes y un después. La juventud que portó pancartas y alzó la voz nació y se formó con una revolución que traicionó todos los sueños de justicia social que prometió cuando se impuso hace casi 70 años. La generación que decía "basta ya" no conocía otra cosa, salvo un sistema que ha condenado a los cubanos a la miseria, les ha arrebatado la iniciativa individual y como única salida ha ofrecido la senda del destierro o, peor todavía, o el presidio político a los desafectos.

Hace cinco años, cuando detuvieron al activista antes de poder sumarse a las protestas en su modesto barrio de San Isidro, Miguel Díaz-Canel salió desafiante con un claro mensaje: "La orden del combate está dada". Lo que quería decir que la policía política, entrenada para aniquilar cualquier movimiento "contrarrevolucionario", aplastaría a los manifestantes pacíficos con la mayor violencia. Aquel verano, con la población exacerbada por el calor infernal en medio de la carestía y los apagones, la única brisa que atravesaba la isla era la efervescencia de la gente. Iniciativas como las del Movimiento San Isidro y una canción, Patria y vida (creada en colaboración con músicos del exilio), que muy pronto se convirtió en contrahimno a la tétrica consigna de "Patria o muerte", contagiaron de entusiasmo a una ciudadanía sumida en la desesperanza. Díaz-Canel, siempre bajo la atenta supervisión de Raúl Castro desde su retiro, no dudó en recrudecer la represión. El "hombre nuevo" del comunismo les salió respondón.

En este quinto aniversario de aquel aciago 11-J, el mandatario cubano todavía asegura que está dispuesto a defender la revolución hasta la muerte, pero lo hace con la boca más pequeña porque tiene pegado al gaznate el aliento del trumpismo, que aprieta con firmeza lo que queda de las ruinas del castrismo. De hecho, en estos meses de negociaciones entre Washington y el régimen cubano para que este último acabe de dar los pasos del desmantelamiento, sobre la mesa ha estado presente la posible liberación de Otero Alcántara, así como la de Maykel 'Osorbo' Castillo o Saylí Navarro, por nombrar a algunos de los opositores más conocidos. Si en parte hasta ahora no se han tenido informaciones más claras sobre la situación del primero después de su liberación de la cárcel de Guanajay, podría deberse a que el régimen estaría ultimando su salida del país, condición sine qua non que ha impuesto en el pasado. Si algo no quiere la dictadura es que la oposición democrática circule libremente en un momento en el que el descontento es aún mayor que hace cinco años.

Por si alguna vez hubo dudas (increíblemente, todavía hay apologistas de la dictadura), Fidel Castro lo dijo desde muy pronto: "Dentro de la revolución, todo, fuera de la revolución, nada". A lo largo de casi siete décadas, hemos sido testigos del espectáculo bochornoso de una tiranía que regala presos políticos a gobiernos extranjeros que median a través de campañas de presión. Es su modo de deshacerse de la disidencia, si es que no optan por eliminarlos físicamente, como fue el caso de los opositores Oswaldo Payá y Harold Cepero.

Al concluir este escrito desconozco si Luis Manuel Otero Alcántara tendrá la oportunidad de pisar nuevamente las calles de La Habana, o si acabará directamente en el exilio sin que se le respeten sus derechos. Si llegara a asomarse a su barrio, comprobaría que la catástrofe nacional es mucho peor que la que pueda recordar del día en que lo encarcelaron injustificadamente. Todo aquello por lo que él y otros lucharon con coraje, sigue tan o más vigente que hace cinco años. Hoy, no puedo menos que recordar una frase de mi padre, quien murió en el exilio con el sueño incumplido de regresar a Cuba: "El tiempo del castrismo ya se agotó. En realidad, nació condenado desde el principio." El tiempo ahora juega a favor de los jóvenes que se atrevieron a tomar las calles el 11-J de 2021.

 

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