Connect with us

Mundo

Recorrido por los milagros y la muerte de un pueblo extenuado: "Hemos visto sus fotos y zapatos, pero vamos a conseguir sus cuerpos"

Published

on

Féretros y cuerpos tapados con mantas conforman el escenario de la catástrofe que arropa al pueblo venezolano tras la tragedia Leer Féretros y cuerpos tapados con mantas conforman el escenario de la catástrofe que arropa al pueblo venezolano tras la tragedia Leer   

"El sueño se deshizo para siempre. ¡Para siempre! ¡Dios mío!". El poema de Federico García Lorca emerge entre los escombros del edificio Club Caribe, zona cero de la tragedia del Día de San Juan. El libro está abierto de par en par, tan estrujado como las enormes paredes de dos edificios de 14 y 7 pisos. El primer verso de las Obras Completas del autor granadino ha sobrevivido a duras penas, como si quisiera dejar constancia que La Guaria fue un sueño para sus habitantes y para los caraqueños, por algo era su playa favorita. Hasta que la furia de la naturaleza, tan hermosa hasta entonces, lo pulverizó.

Restos entre los escombros.
Restos del libro Obras Completas, del autor Federico García Lorca, emergen entre los escombros.D. Lozano

"Somos nueve de la familia, vinimos el primer día desde Caracas. Carla (47 años) y sus niñas Bianca (10) y Verónica (14) están ahí debajo, uno de los rescatistas internacionales vio uno de sus cuerpos. Estamos con lo que ves, picos y palas y sabemos que ellas no están vivas. Hemos visto sus fotos, sus zapatos y lo sabemos. Pero tenemos algo claro: vamos a conseguir sus cuerpos", explica a EL MUNDO Abraham Rojas.

El chico, sus hermanos y toda la familia tiene una misión y la van a cumplir. Han luchado con fortaleza, pero también sienten el desespero, dos de los muchos sentimientos que estos días inundan a los venezolanos, un pueblo que durante mucho tiempo se sintió bendecido por los dioses, con la riqueza que brotaba de sus suelos, ya fuera petróleo, oro o cualquier otro mineral.

"Son milagros, pero pasan", atestiguó ayer Daniel Acevedo, colombiano de Boyacá, quien participó en el rescate del niño Moisés, que tanto ha conmovido a su país. El chiquillo sólo tenía un rasguño, pero a su lado permanecían los cuerpos de su madre y sus hermanitas.

Daniel pertenece a los USAR Col1, los rescatistas del país vecino que pese a saber que ya se ha sobrepasado con creces la frontera de las 100 horas que marcan la vida y la muerte en este tipo de tragedias no cede a la realidad. Por eso se niegan a seguir las órdenes de una autoridad venezolana, que les quiere dirigir a zona de derrumbes sin esperanza. Los colombianos van equipados con la última tecnología. ¿Y los venezolanos?, pregunta el reportero. "Picos y palas, nada más", contesta Acevedo.

Uno de los últimos milagros también tiene nombre: Hernán Gil. Los rescatistas de la Cruz Roja de Costa Rica le han extraído de una montaña de escombros tras 114 horas de lucha sin cuartel. Estaba atrapado en el Centro Comercial Galería, en Playa Grande.

Los equipos de rescate trasnportan a Hernán, el portero atrapado bajo 140 toneladas de escombros.
Los equipos de rescate trasnportan a Hernán, el portero atrapado bajo 140 toneladas de escombros.

"¿Cuál es la diferencia de esta tragedia? ¡La magnitud!", responde sin titubear el brigada español Alberto Vazquez, de la Unidad Militar de Emergencias (UME), apesadumbrado ante un escenario que parece más cercano a una guerra sin escrúpulos. Pese a que todos ellos saben que están jugando más allá de la prórroga, "siempre está la esperanza, siempre. Hemos sacado a Antonio y a Adelaida", añade.

El brigada sevillano Fran Pérez, sus seis hombres y el pastor belga malinois Krampus permanecían ayer en la zona de Caribe esperando una señal para lanzarse a salvar vidas, pese a que el edificio en el que están trabajando hay riesgo evidente. Están orgullosos, incluso cuentan con una sonrisa cómo fue el rescate de Adelaida (61). "Temía que le robáramos la planta (eléctrica), pero poco a poco la tranquilizamos", recuerda Pérez.

Los rescatistas españoles descansan algunas horas al día en el campo de béisbol, convertido en cuartel general. Y siempre cuentan con la presencia de un soldado o un guardia nacional, rifle en mano, una constante por toda la zona del desastre. Estas fuerzas chavistas parecieran más preocupadas en vigilar quién sabe qué que en ayudar a sus "hermanos" venezolanos, mientras miles de voluntarios se reparten los trabajos.

La morgue improvisada en la entrada del puerto de La Guaira también cuenta con un despliegue armado, como si los muertos fueran a rebelarse. Los familiares esperan en sillas que les toque el turno para reconocer a sus seres queridos, uno de los puntos finales de este recorrido por el milagro y la muerte. Aquí está José Fuente, que vivía en Maiquetía, pero que ha visto como los terremotos salvajes se tragaban la vida de sus familiares, incluido Carlos Eduardo, que ya es un héroe para todos ellos tras salvar a su mujer y a sus hijas. El hombre quedó atrapado y murió, pero su gente no iba a permitir que quedará enterrado de esa forma.

Un grupo de la Unidad Militar de Emergencias en la Guaira.
Un grupo de la Unidad Militar de Emergencias en la Guaira.D. Lozano

"Lo desenterramos con nuestras manos, nadie ayudó. Lo sacamos de debajo de los escombros y lo entregamos aquí. Ya lo hemos identificado y ahora esperamos que nos entreguen el cuerpo para enterrarlo, pero el gobierno no ayuda nada. Ellos son muchos, pero son malos", atestigua bajando su voz. Todos ellos vivían en una de las Misiones Vivienda, el famoso plan de vivienda protegida que Hugo Chávez puso en marcha y quiso convertir en uno de los grandes emblemas de la revolución bolivariana.

Si el legado del comandante supremo se va a medir en el futuro con esta iniciativa, este ha quedado tan hecho añicos como su Misión populista favorita.

La familia Fuente está buscando un "hueco" para darle sepultura, "pero con la situación no hay quien venda ni preste. Queremos enterrarle en el cementerio de La Guaira o en Carayapa. Pese a todo le vamos a dar la sepultura que merece", sentencia José Fuente, que ha guardado en su teléfono móvil las imágenes de la morgue improvisada, cuando las autoridades han preferido preservarlas tapando las verjas con lonas semioscuras.

Féretros y cuerpos tapados con mantas, por cientos, conforman otro escenario de la tragedia. Allí trabajan a destajo los forenses, también con las uñas, como los voluntarios venezolanos. La gran tragedia de La Guaira pasará a la historia como la catástrofe en la que los venezolanos trabajaron como pudieron para rescatar a los suyos, tan parecido a lo vivido en Haití en 2010, cuando perdieron la vida 320.000 personas en Puerto Príncipe, una ciudad donde no había grandes edificios como aquí.

Una de las grandes controversias venezolanas gira en torno hoy a estas edificaciones levantadas por el chavismo para su pueblo. Estamos en Mare Abajo 2, en Catia La Mar, otro de los urbanismos construidos por el gobierno bolivariano para víctimas de catástrofes y gente con hogares en malas condiciones. "Se movía para adelante y para detrás hasta que al final se hundió. Horrible, espantoso. A una vecina se le cayó la pared encima, otro vecino se quemó. Yo no vuelvo a dormir en mi casa, siento cada día que pasa que las paredes se abren más", describe a EL MUNDO Laura Cedeño, que acampa de espaldas a la playa y frente al urbanismo, que parece un enorme fantasma agrietado.

La primera confesión de Cedeño no deja dudas: "No quiero seguir en La Guaira, me quiero ir. Ya son tres tragedias seguidas".

La mujer vivía con sus hijos recién nacidos en Las Tunitas, a unos kilómetros, cuando la formidable montaña del Ávila, que separa la costa de Caracas, se vino abaja convertida en un tsunami de piedras y barro. "Una roca destruyó mi casa entera, pero nosotros ya no estábamos dentro. Nos rescataron. Entonces nos dieron en otro sector de Catia La Mar, en Surle, pero meses después, en el 2000, la vaguada también nos dejó sin hogar. Y luego nos trasladaron aquí. Ya está bien", rememora la mujer ante la atenta mirada de sus vecinos.

Son Rafael Mestre (16) y Luis Simón (20) quienes reconstruyen su tienda de campaña, de la que solo quedan dos palos. La tormenta eléctrica del jueves, que dibujó un rojo intenso en los cielos caraqueños, se llevó por delante la carpa de los chavales. Como si La Guaira estuviera tan enfurecida que quisiera dejar claro que a todos ellos les toca buscar un nuevo hogar.

"La palabra maldita es fea, pero estamos junto al mar y es claro para nosotros que la naturaleza reclama su territorio. No queremos seguir aquí, no queremos volver a los refugios, ya hemos estado allí y es muy duro, por eso estamos aquí acampadas", resume una de las mujeres que ejerce el liderazgo comunal dentro de Mare Abajo 2. Por causas evidentes, prefieren mantenerse en el anonimato.

"Han pasado ocho días y sólo han venido una vez para ver los destrozos de nuestros edificios. Tampoco lo ha hecho el gobernador. Sabemos que no somos prioridad, que en otros lados están peor. Toda ayuda internacional es poca (¡Gracias, transmiten al reportero!), los voluntarios nos han traído sopa, medicinas. La gente del pueblo", concluyen las "jefas" del sector.

Las órdenes son muy claras en este urbanismo en torno a la seguridad y a los saqueos producidos en otras partes: "Aquí el pueblo se cuida, nos cuidamos entre todos".

 

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *