Ciencia y Tecnología
El universo podría albergar formas de conciencia tan extrañas que desafían nuestra imaginación
Hay cosas que solemos dar por sentadas. Por ejemplo, que la conciencia es algo exclusivo de los humanos, de algunos animales o, en un ejercicio de imaginación, incluso de los extraterrestres, si existen. Por lo general, la imaginamos en seres hechos de carne y hueso, o al menos en alguna forma de vida que se le parezca. Sin embargo, ¿y si esa suposición fuera errónea? ¿Necesita la conciencia un organismo biológico para existir? Y, yendo un paso más allá, ¿podría surgir una mente en algo hecho de roca, cristal o incluso silicio?
El filósofo Eric Schwitzgebel, catedrático de la Universidad de California en Riverside, y Jeremy Pober, antiguo doctorando de la misma institución y hoy investigador posdoctoral, defienden en un nuevo artículo una idea radical: plantean que la conciencia podría, en principio, surgir en formas de vida sustentadas por una composición física completamente ajena a la nuestra. En otras palabras, la experiencia consciente quizá no dependa de la carne y la sangre ni de la química que caracteriza la vida terrestre.
¿Una mente de roca y cristal?
Para ilustrar las implicaciones de esta idea, la Universidad de California en Riverside recurre a un ejemplo que muchos reconocerán enseguida. Se trata de Rocky, el extraterrestre de la película de ciencia ficción Project Hail Mary, una criatura de cinco patas con aspecto rocoso, sangre de mercurio y un cerebro de cristal, originaria de un planeta abrasador con una atmósfera cargada de amoníaco.
Aunque la universidad no sugiere que un ser así exista realmente, utiliza el ejemplo como una imagen poderosa para plantear la pregunta de fondo: ¿hay alguna razón para pensar que la conciencia está limitada a la biología terrestre?
La posibilidad de una mente hecha de roca o cristal se sustenta en un concepto filosófico conocido como "flexibilidad del sustrato". Según esta idea, algunas propiedades no dependen del material del que están hechas las cosas.
Como ilustra el comunicado de la universidad, una taza puede ser de cristal, plástico o metal y seguir sirviendo para beber; una misma canción suena igual en un vinilo, un CD o un archivo digital. En eses sentido, para los autores, la conciencia podría depender de más de un tipo de soporte físico, sin estar necesariamente ligada a la química del carbono.
Un universo lleno de posibilidades
Las cifras que manejan los autores ayudan a poner la idea en perspectiva. Schwitzgebel y Pober estiman de forma conservadora que podrían haber existido al menos mil especies con comportamientos sofisticados en algún momento de la historia del universo observable, que alberga cerca de un billón de galaxias, según la Universidad de California en Riverside.
Para explorar la posibilidad de que el universo albergue formas de vida muy diferentes, los investigadores proponen además un ejercicio hipotético. Plantean que, si cada galaxia albergara un millón de planetas en los que eventualmente evolucionaran especies con un grado de sofisticación conductual comparable al de algunos animales terrestres, el universo observable habría podido contener a lo largo de su historia un quintillón de planetas de ese tipo.
Con una cantidad tan inmensa de oportunidades, argumentan, sería sorprendente que todas las entidades capaces de desarrollar conductas complejas hubieran terminado recurriendo exactamente a la misma química y la misma arquitectura biológica que la de la Tierra.
Y ni siquiera hace falta mirar al espacio para encontrar indicios de esa diversidad. Nuestro propio planeta ya ofrece ejemplos sorprendentes. Según recuerdan los propios autores, pulpos, abejas y perros procesan la información de maneras muy distintas y, aun así, todos son fruto de la evolución.
De ahí surge lo que ambos bautizan como el "principio copernicano de la conciencia". Así como Copérnico y quienes lo siguieron fueron desplazando a la Tierra del centro del universo, los autores proponen aplicar la misma humildad a la mente. Asumir que solo los organismos con una biología como la nuestra pueden ser conscientes sería, en su opinión, una forma injustificada de "terrocentrismo".
¿Podrían las máquinas llegar a ser conscientes?
El debate, inevitablemente, roza la inteligencia artificial, y aquí ambos filósofos discrepan. Pober se muestra cauto y sostiene que la "flexibilidad del sustrato" no significa que cualquier material pueda generar conciencia; mientras no existan razones para pensar lo contrario, cree que los chips actuales no la poseen.
Schwitzgebel, en cambio, se muestra más abierto y considera que, una vez descartada la necesidad de una biología humana, resulta difícil excluir al silicio simplemente por ser silicio.
Para Schwitzgebel, además, el debate público sobre IA consciente lleva tiempo enfocado en la pregunta equivocada. Según Universe Today, el filósofo sostiene que la cuestión relevante no es si una máquina puede copiar un cerebro humano, sino qué tipos de sistemas, en general, podrían llegar a "despertar".
La Universidad de California en Riverside propone una comparación que ayuda a entender esta idea. Preguntarse si otra criatura puede volar exactamente igual que un águila no es lo mismo que preguntarse si el vuelo, como fenómeno, puede surgir de muchas formas distintas, como demuestran los murciélagos, los colibríes o los insectos.
Los autores insisten en que no pretenden definir qué es la conciencia ni demostrar la existencia de mentes extraterrestres exóticas. Parten de una premisa más modesta, según la cual la conciencia es real y reconocible y nada obliga a pensar que solo puede manifestarse en cuerpos como el nuestro. Como resume Schwitzgebel, citado por UC Riverside, "el universo puede contener mentes más extrañas de lo que podamos imaginar".
