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El magnate chino que se exilió a EEUU para "destruir al Partido Comunista" y que ha terminado condenado a 30 años de prisión por fraude

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Guo Wengui, uno de los disidentes chinos más influyentes en el exilio y aliado de Steve Bannon, utilizó la causa contra Pekín para estafar más de 1.000 millones de dólares a sus seguidores Leer Guo Wengui, uno de los disidentes chinos más influyentes en el exilio y aliado de Steve Bannon, utilizó la causa contra Pekín para estafar más de 1.000 millones de dólares a sus seguidores Leer   

Desde el ático de lujo con vistas a Central Park donde retransmitía sus incendiarios discursos contra Pekín, Guo Wengui repetía una promesa casi mesiánica a sus seguidores: "He venido a Estados Unidos para destruir al Partido Comunista Chino". Durante años, cientos de miles de chinos dentro y fuera de EEUU creyeron que aquel magnate exiliado, rodeado de guardaespaldas, coches de lujo y banderas de una hipotética "Nueva China Federal" -un proyecto político impulsado junto a Steve Bannon que proponía derrocar al PCCh y sustituirlo por un nuevo Estado democrático-, representaba la mayor amenaza política para el régimen de Xi Jinping.

El lunes, todo ese relato terminó desplomándose en un tribunal de Manhattan. La juez Analisa Torres condenó a Guo a 30 años de prisión por una macroestafa de dimensiones colosales. El hombre que decía luchar por liberar a China utilizó dinero de quienes soñaban con esa misma libertad para financiar una vida de excesos.

Para Pekín, el multimillonario Guo (56 años), también conocido como Miles Guo o Miles Kwok, siempre fue un delincuente común convertido en prófugo. Pero para buena parte de la oposición china en el exilio se trataba de un denunciante valiente que se atrevió a señalar públicamente la corrupción de las más altas esferas del régimen. Al final, para la Fiscalía estadounidense terminó siendo un estafador que levantó un imperio financiero sobre la fe política de sus seguidores.

Su ascenso comenzó mucho antes de convertirse en disidente. Nacido en una familia humilde de la provincia de Shandong, encontró en el boom inmobiliario chino el trampolín perfecto para enriquecerse. Durante las décadas de expansión económica construyó una fortuna gracias a grandes operaciones urbanísticas en Pekín, especialmente alrededor de los Juegos Olímpicos de 2008. Su proyecto más emblemático fue el complejo Pangu Plaza, junto al Estadio Nacional, popularmente conocido como el "Nido de Pájaro". Pero en la China de aquellos años ningún gran empresario prosperaba sin cultivar estrechas relaciones con el aparato del Partido.

Guo fue uno de los empresarios mejor conectados con el poder. Su nombre apareció vinculado a dirigentes de enorme influencia, entre ellos Ma Jian, antiguo viceministro de Seguridad del Estado, posteriormente condenado por corrupción. Durante años utilizó esas relaciones para ampliar un imperio que llegó a situarlo entre los hombres más ricos del país. Al final, esa proximidad al poder terminaría convirtiéndose también en su mayor vulnerabilidad.

Cuando Xi Jinping lanzó su gigantesca campaña anticorrupción al llegar al poder en 2012, muchos de sus aliados políticos comenzaron a caer. Guo abandonó China un par de años después sabiendo que podía ser el siguiente. Pekín emitió órdenes de búsqueda por delitos de soborno, fraude, secuestro y violación, acusaciones que él siempre calificó de falsas. El prófugo se instaló primero en Londres y después en Nueva York, donde reinventó completamente su personaje como disidente.

Desde EEUU inició una incesante campaña de retransmisiones en internet en las que aseguraba conocer los secretos mejor guardados de la élite comunista. Acusó a altos dirigentes de corrupción, habló de luchas internas en el PCCh y convirtió cada emisión en un acontecimiento seguido por millones de chinos. Muchas de sus revelaciones nunca se verificaron de forma independiente, pero alimentaron su imagen de influyente disidente.

Su creciente protagonismo le abrió las puertas del ala más dura del Partido Republicano. Encontró un aliado decisivo en Steve Bannon, antiguo estratega de Donald Trump, con quien fundó organizaciones y plataformas mediáticas destinadas, según proclamaban, a acelerar la caída del PCCh.

Ambos lanzaron el llamado "Nuevo Estado Federal de China", y promovieron canales mediáticos que mezclaban activismo político, campañas de desinformación y recaudación de fondos. Guo también ingresó en el exclusivo club Mar-a-Lago de Trump y se convirtió en un personaje habitual dentro del ecosistema conservador estadounidense más hostil hacia Pekín.

La pandemia elevó todavía más su notoriedad. Difundió teorías de la conspiración sobre el origen del coronavirus, impulsó campañas antivacunas y llegó a anunciar uno de los proyectos más extravagantes de toda su carrera: una supuesta subasta de "millones de espermatozoides no vacunados". Según proclamaba, el semen de hombres inmunizados solo de forma natural se convertiría en "el próximo bitcoin".

Mientras Guo alimentaba esa imagen de líder revolucionario, los fiscales estadounidenses descubrieron que dirigía una maquinaria de fraude perfectamente organizada. Entre 2018 y 2023 convenció a cientos de miles de seguidores para invertir más de 1.000 millones de dólares en distintas empresas bajo su control. Prometía rentabilidades extraordinarias y aseguraba que el dinero serviría para combatir al régimen chino. En realidad, gran parte terminó financiando un estilo de vida reservado para multimillonarios.

La lista de gastos presentada durante el juicio parecía un catálogo del exceso: una mansión de más de 5.000 metros cuadrados, un yate valorado en 37 millones de dólares -el mismo en el que fue detenido Steve Bannon en otro procedimiento judicial-, un Ferrari de 3,5 millones, un Bugatti fabricado a medida por 4,4 millones, muebles de lujo, televisores de decenas de miles de dólares y colchones cuyo precio superaba el salario anual de muchas de sus víctimas.

La juez Torres ha sido especialmente dura al dictar sentencia. Recordó que Guo había explotado precisamente a personas que deseaban una China más libre y democrática, muchas de ellas migrantes que depositaron en él los ahorros de toda una vida. Las cartas remitidas por las víctimas describen cientos de familias arruinadas.

Su caída deja ahora una lección incómoda para los seguidores de la confrontación entre Washington y Pekín, que ha convertido en ocasiones a determinados disidentes en símbolos antes de verificar cuidadosamente quiénes eran realmente. Guo supo aprovechar ese clima de tensión y construyó un personaje capaz de seducir simultáneamente a exiliados chinos desesperados por un cambio político y a sectores del trumpismo convencidos de que cualquier enemigo del PCCh merecía apoyo.

 

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