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Mundo Motor

Del desierto al Atlas: un recorrido por la colorida Marruecos a los mandos del Ebro s900

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Marruecos tiene una extraña capacidad para cambiar de paisaje sin avisar. Basta dejar atrás el tráfico caótico de Marrakech para que la ciudad desaparezca entre olivares, pueblos de adobe y carreteras que empiezan a ganar altura con una naturalidad sorprendente. Unas horas después, el Atlas ocupa todo el horizonte. Más tarde llegan las kasbahs, los oasis, los palmerales y, finalmente, el desierto. Todo sucede en apenas unos cientos de kilómetros, como si alguien hubiera decidido concentrar varios países distintos en un solo territorio. Precisamente por eso se convierte en un escenario perfecto para poner a prueba un coche pensado para viajar.

 Más de 1.000 kilómetros en tres días, cambiando el desierto del Sáhara por los 3.000 metros del Atlas. El buque insignia de la firma española consigue que el tiempo se detenga en este roadtrip por nuestro exuberante vecino del sur.   

Marruecos tiene una extraña capacidad para cambiar de paisaje sin avisar. Basta dejar atrás el tráfico caótico de Marrakech para que la ciudad desaparezca entre olivares, pueblos de adobe y carreteras que empiezan a ganar altura con una naturalidad sorprendente. Unas horas después, el Atlas ocupa todo el horizonte. Más tarde llegan las kasbahs, los oasis, los palmerales y, finalmente, el desierto. Todo sucede en apenas unos cientos de kilómetros, como si alguien hubiera decidido concentrar varios países distintos en un solo territorio. Precisamente por eso se convierte en un escenario perfecto para poner a prueba un coche pensado para viajar.

Porque nuestro compañero durante los más de 1.000 kilómetros ha sido el Ebro s900 PHEV, el nuevo buque insignia de la firma española que ya descubrimos hace casi nueve meses en China y que acaba de iniciar su andadura comercial en nuestro país con un éxito notable. Por recordártelo, hablamos de un SUV de 4,81 metros, un interior bien cuidado, siete plazas, 428 CV, tracción total y una autonomía combinada superior a los mil kilómetros sobre el papel. Pero los números tienen poco valor cuando la ruta atraviesa puertos de montaña, pistas pedregosas, carreteras secundarias que parecen dibujadas sobre la roca y largas rectas donde el horizonte se confunde con la arena.

 
Ebro.

El viaje comienza en Marrakech, aunque la ciudad apenas es un aperitivo. Tras una noche en Casa Abracadabra, un pequeño oasis de calma situado a las afueras, nuestro convoy puso rumbo al sur. Los primeros kilómetros sirven para abandonar el bullicio de la medina mientras las montañas empiezan a dibujarse poco a poco delante del parabrisas. No hay mejor manera de conocer un coche que dejar que pasen las horas.

La carretera del Tizi N’Tichka sigue siendo una de esas rutas que justifican por sí solas un viaje a Marruecos. Durante siglos fue el principal paso utilizado por las caravanas que unían Marrakech con el sur del país y todavía conserva ese aire de frontera entre dos mundos. A un lado quedan las llanuras; al otro empiezan los paisajes áridos que anuncian la proximidad del Sáhara.

 
Ebro.

Las curvas se suceden sin descanso mientras la carretera asciende hasta superar los 2.200 metros de altitud. No es un puerto especialmente rápido ni invita a una conducción deportiva, más aún cuando en cualquier lugar oculto de la cuneta se puede hallar un control de velocidad. Ello impide que podamos hacer uso de todo el potencial del coche, que sale a la palestra al activar el modo Sport. Todo lo contrario. El paisaje obliga a levantar el pie del acelerador y mirar continuamente hacia el exterior, donde las pequeñas aldeas de barro parecen suspendidas sobre la montaña.

En un recorrido así es fácil apreciar uno de los puntos fuertes del s900. Más allá de su potencia, sorprende la serenidad con la que afronta el viaje. La suspensión absorbe con solvencia los cambios de firme y el aislamiento del habitáculo consigue que el ruido del viento y del tráfico quede en un segundo plano. Después de varias horas al volante, la sensación es la de haber recorrido muchos menos kilómetros de los que realmente marca el navegador.

 
Ebro.

La parada para el café en el puerto sirve también para observar una de las imágenes más características del Atlas: vendedores improvisados, puestos de artesanía y miradores desde los que la carretera desaparece entre montañas rojizas. Es uno de esos lugares donde resulta imposible no detenerse unos minutos e incluso reflexionar sobre el estilo de vida tan atropellado en el que estamos.

La ruta continúa hacia Telouet, una kasbah menos conocida que otras joyas del sur marroquí, pero con un enorme valor histórico. Sus muros de adobe recuerdan el poder que durante décadas ejerció la familia Glaoui sobre estas montañas, controlando precisamente el paso que acabamos de atravesar.

 
Ebro.

Poco después aparece uno de los escenarios más reconocibles del país: Ait Ben Haddou. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, este ksar ha servido como escenario para películas como Gladiator, Lawrence de Arabia o series como Juego de Tronos. Caminar por sus calles de tierra tiene algo de viaje en el tiempo. No hay coches, apenas turistas a esas horas y el silencio solo se rompe por el viento que baja desde las colinas.

Resulta curioso comprobar cómo un SUV de casi cinco metros de longitud, concebido para una movilidad familiar, encuentra precisamente en este tipo de recorridos su mejor argumento. El sistema híbrido alterna con total naturalidad el funcionamiento eléctrico y térmico mientras la carretera cambia constantemente de desnivel y firme, dejando la sensación de que siempre hay una reserva de potencia disponible sin necesidad de buscarla.

 
Ebro.

La jornada termina muchos kilómetros más al sur, en Mhamid, cuando el asfalto empieza a convivir con la arena, la misma que hace acto de presencia en forma de tormenta vespertina y que nos vuelve a poner de manifiesto el entorno salvaje en el que nos encontramos, al tiempo que nos avisa de que estamos ante las puertas del desierto. El sol cae lentamente sobre las palmeras mientras el convoy llega a un Sbai Palace completamente a oscuras por las condiciones climatológicas, circunstancia que no evita que su regente, Mohamed, alias ‘Ali’, nos recibe con un extra de hospitalidad. Mañana la carretera volverá a cambiar por completo, porque Marruecos tiene esa costumbre de reinventarse cada cien kilómetros.

Segundo día de ruta. Con las sábanas pegadas por culpa de la torrera nocturna, pero con las energías recuperadas gracias al copioso desayuno, la carretera que sale de Mhamid parece dibujada con regla sobre una inmensa planicie de tierra y piedra. Durante algunos kilómetros todavía aparecen palmerales, pequeñas huertas y casas construidas con adobe, pero poco a poco todo va desapareciendo hasta dejar espacio a un paisaje casi mineral donde el horizonte adquiere un protagonismo absoluto. La sensación no es la de conducir por un lugar vacío, sino la de atravesar un territorio en el que la naturaleza ha decidido prescindir de cualquier elemento superfluo.

 
Ebro.

Es precisamente ahí donde uno empieza a entender Marruecos. No como un destino de grandes monumentos o ciudades históricas, sino como una sucesión de paisajes capaces de cambiar por completo en apenas unos kilómetros. La misma jornada puede comenzar entre montañas, continuar por un valle cubierto de palmeras y terminar frente a un mar de dunas donde el silencio solo se rompe cuando sopla el viento.

Antes de llegar a Erg Lihoudi hacemos una parada en Oulad Driss, un antiguo ksar que conserva intacta esa arquitectura de barro que durante siglos permitió sobrevivir a temperaturas extremas. Sus callejuelas estrechas apenas dejan pasar la luz y las fachadas muestran el desgaste natural de un material que parece confundirse con la propia tierra sobre la que se levanta el pueblo.

 
Ebro.

No hay apenas visitantes y los vecinos se aglomeran en silencio ante sus puertas, preparando con cautela y respeto los corderos que sacrificaron la noche anterior para la gran fiesta nocturna que les espera este día, pues nuestro roadtrip ha coincidido con el Eid al-Adha, la fiesta más importante de la cultura musulmana tras el Ramadán, en una rutina que parece ajena al paso del tiempo.

Algo parecido sucede en Tamegroute. La localidad es conocida por una cerámica verde que se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles del sur de Marruecos, pero basta alejarse unos metros de los talleres para descubrir un entramado de pasadizos, patios y pequeñas plazas donde la vida transcurre con una calma que resulta difícil encontrar al otro lado del Estrecho. Aunque los hornos están apagados a causa de la fiesta, se sigue percibiendo el calor saliente de las chimeneas, mientras uno de los artesanos saca una pieza descartada del suelo (perfectamente útil para un servidor) y nos cuenta cómo es el proceso. Nadie parece tener prisa.

 
Ebro.

La ruta continúa, ahora sí, hacia el desierto y el paisaje vuelve a transformarse. Tras un par de decenas de kilómetros de pistas, las dunas van apareciendo poco a poco, mezclándose con una pista compactada que serpentea entre pequeños arbustos y extensiones de arena dorada. Es un terreno más que suficiente no solo para comprobar cómo responde el Ebro s900 PHEV fuera del asfalto, gracias entre otros a los modos off-road y Sand (arena), sino para descubrir que incluso con los neumáticos de serie, unos Michelin e-Pimacy montados sobre llanta de 20”, el confort sigue saliendo a la palestra.

La electrónica gestiona el trabajo de ambos motores con una discreción absoluta mientras la suspensión filtra las irregularidades del terreno y mantiene un nivel de confort que sorprende en un vehículo de estas dimensiones. Llegamos a las dunas y aunque los Ebro las miran desde la barrera, este no es su momento, es el nuestro. Tras el pertinente trabajo fotográfico, uno siente la calma de la arena, el picor del sol y la imperante necesidad de escalar un gigante montículo de arena con el objetivo, quizá, de reconectar con uno mismo.

 
Ebro.

Los pies se hunden, la arena se mete en las zapatillas (error mío no habérmelas quitado) y a medida que uno avanza, el silencio se vuelve más sepulcral. En la cima, la vista se pierde entre la inmensidad de la nada, logrando la conexión que buscaba. Respiración, emoción y la sensación de sentirse precisamente como uno de los granos de arena que hay bajo mis pies en un entorno sobredimensionado.

De ahí volvemos a la carretera, rumbo al almuerzo en la Kasbah Sirocco, en Zagora, donde un chapuzón revitalizante nos permite recuperar las energías que los rayos del sol se han llevado en pleno desierto. Tras unos cuantos cientos de kilómetros más en los que la fatiga no hace acto de presencia gracias a la ventilación y a los modos de masaje de los asientos (elementos que en otros circunstancias solo servirían para ensalzar el márketing del coche pero que aquí se vuelven indispensables), la jornada termina en Boumalne Dades en el hotel Xaluca Dades.

 
Ebro.

La mañana siguiente devuelve el asfalto, pero también confirma una de las mayores virtudes de Marruecos: su capacidad para reinventarse continuamente. El valle del Draa queda atrás y la carretera empieza a ascender hacia el Jbel Saghro. La arena desaparece para dejar paso a un paisaje de roca volcánica donde los colores cambian a cada curva y pequeñas aldeas de piedra aparecen colgadas sobre las laderas.

A medida que aumenta la altitud también cambia la conducción. Las largas rectas del desierto se sustituyen por una sucesión constante de curvas y cambios de rasante que obligan a mantener un ritmo pausado, tanto es así que para cubrir 3,9 kilómetros el navegador nos marca nada menos que 39 minutos.

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Ebro.

Sin embargo, el s900 responde con una suavidad que invita más a contemplar el paisaje que a buscar prestaciones. Los 428 CV siempre están disponibles, pero resulta difícil encontrar un escenario menos apropiado para utilizarlos. La carretera pide otra cosa: bajar la ventanilla, detenerse en cualquier mirador improvisado y observar cómo el Atlas ocupa todo el horizonte.

Cuando alcanzamos el valle de Ait Bou Ghamez, a casi 3.000 metros de altitud, cuesta creer que apenas unas horas antes estábamos caminando sobre la arena del desierto. En el denominado valle feliz del Atlas, los cultivos vuelven a aparecer junto al río, las montañas conservan pequeñas manchas de nieve en las cumbres y los pueblos recuperan una arquitectura completamente distinta, adaptada a un clima mucho más duro durante el invierno. Cuesta imaginar un escenario mejor para terminar un recorrido de más de mil kilómetros.

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Ebro.

La vuelta a la ciudad devuelve el tráfico, las motocicletas, los taxis y el ruido constante que desapareció durante los últimos días. La plaza Jemaa el Fna vuelve a estar llena de músicos, puestos de comida, vendedores y turistas que se mezclan bajo una luz completamente distinta a la del desierto.

Mientras caminamos por la medina resulta inevitable pensar en todo lo recorrido desde que dejamos este mismo lugar apenas tres días antes. Montañas, kasbahs, pistas, oasis, carreteras secundarias, dunas y puertos de casi tres mil metros de altitud.

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Ebro.

Más que una prueba de producto, el Grand Tour de Marruecos a los mandos de los Ebro s900 ha servido para recordar algo que a menudo olvidamos: que los mejores coches no son necesariamente los que aceleran más rápido o los que anuncian más tecnología, sino aquellos que consiguen que el viaje forme parte del destino. Y pocas rutas permiten comprobarlo mejor que un Marruecos que cambia de paisaje cada cien kilómetros mientras un viejo nombre de la automoción española inicia una nueva etapa mirando, precisamente, hacia el horizonte.

 

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