EEUU
Cómo es caminar bajo tierra en las húmedas y peligrosas alcantarillas de Nueva York, entre lodo, agua y cucarachas
Los videos de vigilancia difundidos en redes mostraron a grupos que entraron y salieron de alcantarillas de Nueva York en sectores de Brooklyn y Queens, y reactivaron las dudas sobre quién desciende a esos túneles y con qué propósito. La policía mantuvo abierta la investigación y sostuvo que, por ahora, no detectó una amenaza para la población.
La secuencia se conoció a partir de un informe de Associated Press. En el mismo informe, las autoridades recordaron que ingresar a esa red es ilegal y peligroso. La ciudad opera un sistema de alcantarillado de 12.000 kilómetros que, además de transportar aguas residuales, incluye conducciones antiguas y tramos construidos en el siglo XIX.
Para Steve Duncan, ex explorador urbano, las imágenes fueron más compatibles con una incursión planificada para recorrer esos conductos que con un movimiento improvisado. “Hicieron su investigación”, dijo.
Duncan, de 48 años y residente en Maryland, relató que lo más difícil de sus años bajo tierra no fueron las ratas, los olores ni los gérmenes, sino las cucarachas. “Están por todas partes: trepan por las paredes y te caen encima”, describió. “Fueron lo peor”.
Según explicó, algunas de esas conducciones superan los 1,8 metros (5,9 pies) de diámetro, una altura que permite a la mayoría de las personas caminar erguidas. En ciertos tramos aún se observan ladrillos hechos a mano y arcos, una arquitectura funcional que sobrevivió a ampliaciones y reparaciones. Duncan también señaló que parte del trazado replica antiguos cursos de agua que abastecían a la ciudad antes de que la industrialización los contaminara y derivara en su canalización como alcantarillas.
Duncan sostuvo que el sistema no solo fue una infraestructura sanitaria: también conservó capas de historia urbana. Describió que algunos túneles siguieron recorridos de arroyos enterrados a medida que la ciudad creció alrededor. “Estos arroyos antiguos quedan bajo tierra a medida que las ciudades crecen a su alrededor”, explicó. “Asombra cuánto de ese viejo entorno natural sigue siendo parte de la ciudad”.
Esa motivación, remarcó, no elimina el carácter ilegal de las incursiones ni el riesgo operativo. La idea de “recorrer” el sistema se enfrenta a tapas de registro, puntos bajo control y condiciones que cambian rápido por lluvias, descargas y obstrucciones. Para Duncan, incluso quienes bajan con planificación se exponen a escenarios que se deterioran en minutos.
El avance, explicó, rara vez es lineal. Aun en tramos amplios hay lodo, superficies resbaladizas, desniveles y corrientes de agua que obligan a reducir el ritmo y a elegir cada paso. Esas dificultades, añadió, también distorsionan la percepción del tiempo.
Qué implica pasar horas dentro de una alcantarilla

Los videos sugirieron que algunos grupos permanecieron hasta tres horas bajo tierra. Duncan dijo que ese lapso puede ser consistente con una caminata lenta en un ambiente hostil, con pausas para orientarse y decidir por dónde seguir. En algunos sectores, agregó, el agua puede alcanzar 30 centímetros (11,8 pulgadas) o más, y esa altura cambia la dinámica de movimiento y el margen de error.
Duncan sostuvo que quienes descendieron eligieron un momento que consideraron favorable. Mencionó que lluvias intensas en los días previos pueden arrastrar parte de los residuos y “limpiar” tramos del sistema. También indicó que ingresar temprano reduce el volumen de descarga asociado a las horas de mayor actividad en la superficie.
El riesgo sanitario y químico es central. Duncan relató que terminó hospitalizado en dos ocasiones por infecciones graves en las extremidades, un antecedente que lo llevó a retirarse de esa actividad. En su experiencia, el contacto con agua contaminada y superficies sucias puede derivar en lesiones que se complican rápido si no se tratan de inmediato.
Además, advirtió sobre la exposición a gases. Señaló que exploradores con experiencia suelen llevar medidores para detectar concentraciones peligrosas, entre ellas el sulfuro de hidrógeno, un compuesto inflamable producto de la descomposición. La presencia de ese gas, indicó, puede ser crítica en espacios con ventilación limitada y puntos donde el aire queda estancado.
Sobre el olor, sostuvo que no siempre coincide con la imagen más extendida del subsuelo urbano.
Dijo que, cuando el sistema funciona correctamente, el olor puede asemejarse al de material orgánico en descomposición controlada, pero que en sectores deteriorados o con acumulación el ambiente se vuelve mucho más agresivo.
Sospechas, seguridad y antecedentes recientes

La difusión del material reabrió otra discusión: la seguridad de infraestructuras sensibles y la posibilidad de que algunas incursiones no estén motivadas por la exploración. En los videos se observó a personas con botas, linternas frontales y herramientas que parecían palas u otros elementos, un detalle que alimentó especulaciones entre residentes.
El profesor de ingeniería Magued Iskander, de la Universidad de Nueva York, advirtió que el acceso a alcantarillas puede ofrecer rutas de entrada o salida vinculadas a edificios y que, por eso, es difícil atribuir todas las incursiones únicamente a la búsqueda de emoción. “Las alcantarillas pueden funcionar como puntos de entrada o salida a edificios, y todos vimos películas en las que delincuentes escapan por allí”, señaló. “Tiene que haber una razón más allá de la emoción para entrar a un lugar sucio como una alcantarilla”.
Los antecedentes citados sumaron contexto. El año pasado, tres hombres fueron acusados de robo y otros delitos luego de buscar oro, joyas y otros objetos de valor en una alcantarilla de Brooklyn. 10 años antes, la policía arrestó a otros tres al salir de una zanja de mantenimiento; entre ellos había un empleado del Departamento de Protección Ambiental de la ciudad, área responsable de gestionar el sistema.
Para el detective retirado David Sarni, del Departamento de Policía de Nueva York y profesor del John Jay College of Criminal Justice en Manhattan, el caso expuso una vulnerabilidad: la visibilidad de puntos de acceso y la pregunta sobre si podrían ser aprovechados por personas con intenciones de causar daño. Planteó que la posibilidad no puede descartarse y que el análisis debe contemplar escenarios adversos.
Duncan rechazó que el dinero sea, en general, el motor principal. Sostuvo que en recorridos por túneles de Nueva York, Londres y París, a comienzos de los años 2000, casi nunca encontró objetos valiosos, salvo hallazgos menores como una tarjeta o una billetera gastada. Para él, la combinación de planificación, incomodidad y riesgo vuelve poco razonable la idea de ingresar por una ganancia eventual.
En su reconstrucción, la mayoría de quienes bajan lo hacen por una razón distinta: observar una parte de la ciudad que no está a la vista y recorrer una infraestructura que combina ingeniería, historia urbana y condiciones extremas. Esa motivación, subrayó, convive con una advertencia que, en los hechos, sigue siendo la misma para cualquier curioso: el acceso es ilegal y el entorno puede volverse peligroso en minutos.
Un ex explorador urbano relató una travesía lenta en el subsuelo de la ciudad, con superficies resbaladizas, niveles variables de líquido, insectos persistentes y exposición a contaminantes
