Ciencia y Tecnología
Inesperado experimento con condones ayuda a resolver un misterio amazónico
En los bosques que rodean Manaos, en plena Amazonía brasileña, sobresalen unas curiosas torres de barro que parecen sacadas de otro mundo. Son estructuras cilíndricas, similares a diminutas chimeneas, levantadas con una precisión sorprendente. No son obra humana. Las construyen las cigarras.
Más concretamente, las ninfas de Guyalna chlorogena –la fase inmadura del insecto– levantan estas torres aproximadamente un año antes de su metamorfosis. Las construyen con arcilla y excrementos y, llegado el momento de abandonar la vida subterránea, ascienden por estas estructuras para completar su transformación en adultos.
El fenómeno era conocido desde hacía tiempo. Lo que seguía siendo un enigma era su propósito. ¿Para qué sirven exactamente estas torres? ¿Y por qué algunas son mucho más altas que otras?
Un misterio en plena Amazonia
Ese misterio llegó a manos de Marina Méga, bióloga de la Universidad Federal de Río de Janeiro, cuando participó en un curso de formación del Instituto Serrapilheira en plena selva. Era parte de un grupo de investigadoras que se propuso descifrar la función de esas enigmáticas estructuras con recursos limitados, senderos interminables, calor sofocante y una bibliografía casi inexistente.
Lo primero que llamó la atención de las investigadoras no fueron las torres en sí, sino lo que las rodeaba: hormigas. La Amazonía está repleta de ellas, de todos los tamaños, especies y temperamentos. Ante una presencia tan constante, era inevitable preguntarse si aquellas estructuras podían estar relacionadas con la necesidad de protegerse de estos depredadores.
Torres de arcilla contra depredadores
Así nació la primera hipótesis: las torres servirían como refugio durante la metamorfosis, una de las etapas más vulnerables del ciclo de vida de la cigarra, cuando las ninfas son especialmente indefensas y ya no pueden excavar para ponerse a salvo.
Para comprobarlo, el equipo diseñó un cebo improvisado –pequeñas "pizzas" de harina, agua y sardinas, como describió Méga– y lo colocó tanto en la cima de las torres como en el suelo del bosque.
Los resultados fueron llamativos. Según los datos publicados en Biotropica, había ocho veces menos hormigas en las torres que en el suelo. Una diferencia aparentemente modesta de altura que, para una cigarra en plena transformación, puede significar la diferencia entre sobrevivir y convertirse en alimento.
¿Chimeneas de ventilación? El experimento con condones
La segunda hipótesis exigía una dosis extra de imaginación. Durante sus observaciones, las investigadoras advirtieron que la parte superior de algunas torres se abría tras lluvias intensas. Aquello llamó su atención porque la arcilla húmeda puede obstruir los poros del suelo y dificultar el intercambio de gases.
¿Y si esas aberturas ayudaban a que el aire siguiera circulando? La observación llevó al equipo a plantear una nueva posibilidad: que las torres no solo sirvieran como refugio, sino que también desempeñaran algún papel en la ventilación.
Para poner a prueba esta idea, las investigadoras necesitaban bloquear la ventilación de las torres sin dañarlas. Fue entonces cuando uno de sus colegas lanzó una propuesta tan inesperada como efectiva: ¿y si usaban condones? La forma fálica de las torres, por coincidencia o por ironía de la naturaleza, encajaba perfectamente. Así, cuarenta preservativos pasaron a formar parte del equipo de campo.
"Necesitábamos algo ligero, flexible, barato y fácil de colocar que bloqueara el flujo de aire sin destruir las estructuras", explicó Méga a IFLScience. "Los condones funcionaron extraordinariamente bien para ese propósito", agregó.
En sus experimentos, las torres selladas no se reconstruyeron de la misma manera que las estructuras de control. Al romperlas y observar cómo las reparaban las ninfas, las investigadoras comprobaron que la manipulación había alterado su respuesta.
Además, el tamaño de las estructuras pareció desempeñar un papel importante: las torres más grandes mostraron una reconstrucción más rápida tras el sellado, lo que sugiere que podrían tolerar mejor las alteraciones en la circulación del aire, aunque las razones exactas todavía no están claras.
Un fenotipo extendido: construir para sobrevivir
Esto llevó al equipo a una conclusión más amplia. Las torres no son simplemente tierra sobrante, sino un fenotipo extendido, un rasgo que el organismo expresa fuera de su propio cuerpo. En otras palabras, la cigarra utiliza el barro para construir una estructura que actúa como una extensión funcional de su estrategia de supervivencia.
Por otra parte, la investigación también dejó un hallazgo inesperado. "Antes de nuestra expedición, la torre de cigarras más grande jamás documentada medía unos 40 centímetros", relató Méga. "Primero encontramos una de 41 centímetros y ya nos pareció increíble. Luego nos topamos con una torre de 47, y sinceramente no podíamos creer que siguiera en pie", añadió.
Todavía quedan preguntas por responder. Los investigadores no saben con certeza si la mayor resistencia de las torres grandes se debe simplemente a una mayor cantidad de arcilla, a diferencias en las características del suelo o a la habilidad de las propias constructoras.
Sin embargo, el panorama general es ahora mucho más claro. Durante la última etapa de su desarrollo, estas cigarras pasan meses construyendo, reparando y habitando una sofisticada obra de ingeniería que parece ofrecerles dos ventajas importantes: mantenerlas más alejadas de posibles depredadores durante la metamorfosis y contribuir a mantener condiciones favorables para la ventilación y el intercambio gaseoso dentro de la torre.
