Ciencia y Tecnología
"La mañana volvió a ser noche": el infierno tóxico de Teherán tras el bombardeo al peor combustible del mundo
El agua de las reservas de emergencia ya no es transparente; se ha vuelto de un negro espeso. Las calles de la ciudad, antes transitables, están cubiertas por una capa resbaladiza y oscura. "La noche se convirtió en mañana y la mañana, con todo el humo, volvió a ser noche", relataba un residente atónito.
Estas no son escenas de una película distópica, sino la realidad que describe The New York Times tras los bombardeos sobre las infraestructuras petroleras en Irán. Los ataques han dejado a los habitantes de Teherán enfrentándose a una lluvia cargada de aceite y toxinas que mancha los coches, los tejados y la ropa tendida. Ante esta situación sin precedentes, las autoridades iraníes y la Media Luna Roja se han visto obligadas a pedir a los más de 9 millones de habitantes de la capital que se encierren en sus casas, con advertencias severas para niños, ancianos y mujeres embarazadas. Lo que cae del cielo ya no es solo agua; es veneno.
Una niebla que llega al espacio. Los constantes bombardeos militares contra múltiples instalaciones de combustible en Teherán y sus alrededores, como los depósitos de Shahran y Aqdasieh, han dejado una cicatriz negra. Como detalla The Guardian, días después de los impactos, las imágenes satelitales mostraban que las instalaciones seguían ardiendo, arrojando columnas de humo denso a la atmósfera.
Pero el problema se agrava por el tipo de combustible que arde. Un exhaustivo análisis de The New York Times revela que las nubes son extraordinariamente tóxicas porque Irán quema y almacena grandes cantidades de "mazut". Este es un combustible residual de bajísima calidad, el "fondo del barril" que queda tras refinar el petróleo, y que contiene altísimos niveles de azufre. Aunque gran parte del mundo prohíbe su uso, Irán depende de él debido a sus anticuadas refinerías y a las sanciones internacionales.
Y empezó a llover negro. Cuando las instalaciones saltaron por los aires, el humo cargado de hollín, dióxido de azufre y compuestos de nitrógeno subió a los cielos. ¿Por qué llovió negro? Akshay Deoras, científico de la Universidad de Reading consultado por The Guardian, y la revista Nature lo explican con una metáfora clara: las gotas de lluvia actuaron como "esponjas o imanes", absorbiendo todos los contaminantes y el aceite suspendido en el aire antes de desplomarse sobre la ciudad.
Además, Teherán es víctima de su propia geografía. Como expone la revista Nature, la ciudad está rodeada por los montes Alborz. Esto genera un fenómeno conocido como "inversión térmica", donde una capa de aire caliente atrapa el aire frío y contaminado cerca del suelo, funcionando como una tapa que impide que la toxicidad se disperse.
El enemigo invisible. Los ciudadanos expresaron que, casi al instante, empezaron a sufrir dolores de cabeza, irritación en los ojos y en la piel, y graves dificultades para respirar. La Media Luna Roja iraní emitió alertas urgentes avisando de que la mezcla de humedad y dióxido de azufre estaba generando lluvia ácida, capaz de causar quemaduras químicas en la piel.
Sin embargo, el verdadero temor de la comunidad médica es a largo plazo. Este es el "enemigo invisible" del que habla el profesor Armin Sorooshian en The Conversation. Las explosiones no solo liberan humo de petróleo, sino que las propias municiones contienen metales pesados como plomo y mercurio. La exposición a partículas finas (PM2.5) que penetran en lo más profundo de los pulmones trae consigo un legado devastador. Como advierte John Balmes, profesor emérito de la Universidad de California, en The New York Times: "¿Te imaginas un incendio en un depósito de petróleo en Manhattan? De eso estamos hablando". Los expertos pronostican un aumento futuro en enfermedades cardiovasculares, daños cognitivos, alteraciones en el ADN y diversos tipos de cáncer debido a los carcinógenos presentes, como el benceno.
La amenaza también se filtra hacia lo que la población bebe y come. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) han advertido que el petróleo derramado y la lluvia tóxica están contaminando las aguas subterráneas, los canales públicos y las tierras de cultivo, envenenando la cadena alimentaria en un país que, de por sí, ya sufría una grave sequía.
Más allá: el ecocidio. La magnitud del desastre pone sobre la mesa lagunas legales y daños colaterales masivos. Irán ha calificado los ataques de "ecocidio", un término que cobra sentido al analizar el derecho internacional.
- El limbo legal que permite este horror. Resulta paradójico, pero bombardear un depósito de combustible no es técnicamente un ataque químico. La experta Alexandra R. Harrington lo explicaba al detalle en The Conversation: aunque las Convenciones de Ginebra prohíben destruir infraestructuras civiles, no blindan de forma específica los tanques de gasolina o productos industriales. A esto se suma que los tratados internacionales sobre armas químicas solo castigan el uso de armamento fabricado expresamente para ello. ¿El resultado? Un vacío legal enorme que permite reventar una refinería y envenenar a toda una ciudad sin haber disparado un solo misil tóxico de fábrica.
- Un mar negro en el Golfo. El desastre no solo está en el cielo de Teherán. Si miramos hacia el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, la guerra ha convertido el agua en otra zona cero tras los impactos directos contra barcos petroleros y plantas desalinizadoras. Los derrames de crudo ya se extienden por el mar, poniendo contra las cuerdas a las comunidades pesqueras locales y ahogando arrecifes de coral. Especies que ya estaban al borde de la extinción, como los dugongos, nadan ahora en una trampa mortal.
- El humo que cruzó medio mundo. La gigantesca columna de humo negro que nació en los depósitos iraníes no se ha quedado estancada allí. Las corrientes la han arrastrado hacia el este, trazando una línea oscura sobre Afganistán y China hasta colarse en el espacio aéreo ruso. El gran temor ahora es que, si todo ese hollín acumulado cae sobre las altas cordilleras, actúe como un imán para el sol y acelere drásticamente el derretimiento de los glaciares.
- La factura climática oculta. Hay un daño colateral del que casi no se habla y que Deutsche Welle ha puesto sobre la mesa: la maquinaria militar es una devoradora insaciable de combustibles fósiles. Los bombardeos y movimientos de tropas están inyectando millones de toneladas de CO2 a la atmósfera en tiempo récord. Lo más frustrante de esta situación es que los acuerdos climáticos actuales tienen una "letra pequeña" que exime a los países de contabilizar las emisiones derivadas de la guerra en sus balances oficiales.
Un legado tóxico imborrable. Históricamente, incidentes de esta magnitud son extremadamente raros cerca de núcleos urbanos densamente poblados. Como recuerda Bloomberg, hay que remontarse a la quema de los pozos petroleros de Kuwait en la Guerra del Golfo de 1991 para encontrar paralelismos.
Pero la lección más sombría que deja esta cobertura es que el impacto de la guerra perdurará mucho después de que las sirenas dejen de sonar. Como concluye el Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente (CEOBS) en declaraciones a Deutsche Welle, la limpieza de estos tóxicos es compleja y costosa. En un país bajo sanciones, con un ecosistema ya frágil por el cambio climático y una falta histórica de transparencia institucional, la población civil se enfrenta a una condena silenciosa. Las bombas destruyen el presente, pero la contaminación de estos días ha hipotecado la salud y la tierra de las próximas generaciones.
Imagen | Tasnim News
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"La mañana volvió a ser noche": el infierno tóxico de Teherán tras el bombardeo al peor combustible del mundo
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Xataka
por
Alba Otero
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El agua de las reservas de emergencia ya no es transparente; se ha vuelto de un negro espeso. Las calles de la ciudad, antes transitables, están cubiertas por una capa resbaladiza y oscura. "La noche se convirtió en mañana y la mañana, con todo el humo, volvió a ser noche", relataba un residente atónito.
Estas no son escenas de una película distópica, sino la realidad que describe The New York Times tras los bombardeos sobre las infraestructuras petroleras en Irán. Los ataques han dejado a los habitantes de Teherán enfrentándose a una lluvia cargada de aceite y toxinas que mancha los coches, los tejados y la ropa tendida. Ante esta situación sin precedentes, las autoridades iraníes y la Media Luna Roja se han visto obligadas a pedir a los más de 9 millones de habitantes de la capital que se encierren en sus casas, con advertencias severas para niños, ancianos y mujeres embarazadas. Lo que cae del cielo ya no es solo agua; es veneno.
Una niebla que llega al espacio. Los constantes bombardeos militares contra múltiples instalaciones de combustible en Teherán y sus alrededores, como los depósitos de Shahran y Aqdasieh, han dejado una cicatriz negra. Como detalla The Guardian, días después de los impactos, las imágenes satelitales mostraban que las instalaciones seguían ardiendo, arrojando columnas de humo denso a la atmósfera.
Pero el problema se agrava por el tipo de combustible que arde. Un exhaustivo análisis de The New York Times revela que las nubes son extraordinariamente tóxicas porque Irán quema y almacena grandes cantidades de "mazut". Este es un combustible residual de bajísima calidad, el "fondo del barril" que queda tras refinar el petróleo, y que contiene altísimos niveles de azufre. Aunque gran parte del mundo prohíbe su uso, Irán depende de él debido a sus anticuadas refinerías y a las sanciones internacionales.
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Y empezó a llover negro. Cuando las instalaciones saltaron por los aires, el humo cargado de hollín, dióxido de azufre y compuestos de nitrógeno subió a los cielos. ¿Por qué llovió negro? Akshay Deoras, científico de la Universidad de Reading consultado por The Guardian, y la revista Nature lo explican con una metáfora clara: las gotas de lluvia actuaron como "esponjas o imanes", absorbiendo todos los contaminantes y el aceite suspendido en el aire antes de desplomarse sobre la ciudad.
Además, Teherán es víctima de su propia geografía. Como expone la revista Nature, la ciudad está rodeada por los montes Alborz. Esto genera un fenómeno conocido como "inversión térmica", donde una capa de aire caliente atrapa el aire frío y contaminado cerca del suelo, funcionando como una tapa que impide que la toxicidad se disperse.
El enemigo invisible. Los ciudadanos expresaron que, casi al instante, empezaron a sufrir dolores de cabeza, irritación en los ojos y en la piel, y graves dificultades para respirar. La Media Luna Roja iraní emitió alertas urgentes avisando de que la mezcla de humedad y dióxido de azufre estaba generando lluvia ácida, capaz de causar quemaduras químicas en la piel.
Sin embargo, el verdadero temor de la comunidad médica es a largo plazo. Este es el "enemigo invisible" del que habla el profesor Armin Sorooshian en The Conversation. Las explosiones no solo liberan humo de petróleo, sino que las propias municiones contienen metales pesados como plomo y mercurio. La exposición a partículas finas (PM2.5) que penetran en lo más profundo de los pulmones trae consigo un legado devastador. Como advierte John Balmes, profesor emérito de la Universidad de California, en The New York Times: "¿Te imaginas un incendio en un depósito de petróleo en Manhattan? De eso estamos hablando". Los expertos pronostican un aumento futuro en enfermedades cardiovasculares, daños cognitivos, alteraciones en el ADN y diversos tipos de cáncer debido a los carcinógenos presentes, como el benceno.
La amenaza también se filtra hacia lo que la población bebe y come. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) han advertido que el petróleo derramado y la lluvia tóxica están contaminando las aguas subterráneas, los canales públicos y las tierras de cultivo, envenenando la cadena alimentaria en un país que, de por sí, ya sufría una grave sequía.
Más allá: el ecocidio. La magnitud del desastre pone sobre la mesa lagunas legales y daños colaterales masivos. Irán ha calificado los ataques de "ecocidio", un término que cobra sentido al analizar el derecho internacional.
El limbo legal que permite este horror. Resulta paradójico, pero bombardear un depósito de combustible no es técnicamente un ataque químico. La experta Alexandra R. Harrington lo explicaba al detalle en The Conversation: aunque las Convenciones de Ginebra prohíben destruir infraestructuras civiles, no blindan de forma específica los tanques de gasolina o productos industriales. A esto se suma que los tratados internacionales sobre armas químicas solo castigan el uso de armamento fabricado expresamente para ello. ¿El resultado? Un vacío legal enorme que permite reventar una refinería y envenenar a toda una ciudad sin haber disparado un solo misil tóxico de fábrica.Un mar negro en el Golfo. El desastre no solo está en el cielo de Teherán. Si miramos hacia el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, la guerra ha convertido el agua en otra zona cero tras los impactos directos contra barcos petroleros y plantas desalinizadoras. Los derrames de crudo ya se extienden por el mar, poniendo contra las cuerdas a las comunidades pesqueras locales y ahogando arrecifes de coral. Especies que ya estaban al borde de la extinción, como los dugongos, nadan ahora en una trampa mortal.El humo que cruzó medio mundo. La gigantesca columna de humo negro que nació en los depósitos iraníes no se ha quedado estancada allí. Las corrientes la han arrastrado hacia el este, trazando una línea oscura sobre Afganistán y China hasta colarse en el espacio aéreo ruso. El gran temor ahora es que, si todo ese hollín acumulado cae sobre las altas cordilleras, actúe como un imán para el sol y acelere drásticamente el derretimiento de los glaciares.La factura climática oculta. Hay un daño colateral del que casi no se habla y que Deutsche Welle ha puesto sobre la mesa: la maquinaria militar es una devoradora insaciable de combustibles fósiles. Los bombardeos y movimientos de tropas están inyectando millones de toneladas de CO2 a la atmósfera en tiempo récord. Lo más frustrante de esta situación es que los acuerdos climáticos actuales tienen una "letra pequeña" que exime a los países de contabilizar las emisiones derivadas de la guerra en sus balances oficiales.
Un legado tóxico imborrable. Históricamente, incidentes de esta magnitud son extremadamente raros cerca de núcleos urbanos densamente poblados. Como recuerda Bloomberg, hay que remontarse a la quema de los pozos petroleros de Kuwait en la Guerra del Golfo de 1991 para encontrar paralelismos.
Pero la lección más sombría que deja esta cobertura es que el impacto de la guerra perdurará mucho después de que las sirenas dejen de sonar. Como concluye el Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente (CEOBS) en declaraciones a Deutsche Welle, la limpieza de estos tóxicos es compleja y costosa. En un país bajo sanciones, con un ecosistema ya frágil por el cambio climático y una falta histórica de transparencia institucional, la población civil se enfrenta a una condena silenciosa. Las bombas destruyen el presente, pero la contaminación de estos días ha hipotecado la salud y la tierra de las próximas generaciones.
Imagen | Tasnim News
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"La mañana volvió a ser noche": el infierno tóxico de Teherán tras el bombardeo al peor combustible del mundo
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por
Alba Otero
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