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Xi recibe a un Putin menguante: la guerra y la economía empujan a Rusia a depender cada vez más de China
El Kremlin busca avances en energía y comercio, pero el gran gasoducto hacia China sigue en manos de Pekín Leer El Kremlin busca avances en energía y comercio, pero el gran gasoducto hacia China sigue en manos de Pekín Leer
Xi Jinping recibe este martes y miércoles a Vladimir Putin en Pekín, cuatro días después de recibir a Donald Trump. El Kremlin ha hablado de "expectativas muy serias" y prevé abordar la agenda económica, incluida el gasoducto Poder de Siberia 2. Sin embargo, Putin llega más necesitado que nunca: con una guerra que no logra cerrar y una economía que empieza a pagar el esfuerzo militar en Ucrania. Mientras tanto, la mayor parte de las cruciales exportaciones de hidrocarburos de Moscú se destinan a China con considerables descuentos.
Antes de la invasión, China representaba el 16% de las exportaciones rusas y el 30% de las importaciones, según un análisis del Instituto de Estudios Económicos Internacionales de Viena. Las sanciones occidentales han dejado a Moscú con pocas opciones, dado el creciente impacto negativo de la guerra en la economía, de ahí que ambos hayan fraguado una alianza asimétrica. Desde 2022, China se ha convertido en el principal socio comercial de Rusia, representando alrededor del 30% de las exportaciones y el 35% de las importaciones, mientras que el comercio con Europa, que alguna vez fue el principal mercado de exportación de Moscú, se ha desplomado de aproximadamente el 50% a solo el 8% a mediados de 2025.
En diciembre, Rusia recurrió por primera vez al endeudamiento en yuanes chinos, moneda con la que planea reemplazar en los próximos años la deuda en euros y dólares estadounidenses. El giro de Rusia hacia oriente se visibiliza con el auge de los automóviles chinos en las calles de Moscú, pero China no puede reemplazar todo lo que el Kremlin ha importado de Occidente. En el capítulo militar, su apoyo es más bien limitado porque Pekín sigue priorizando los lazos económicos con el mundo occidental y tampoco ve con buenos ojos las amenazas nucleares del Kremlin.
La víspera dejó un símbolo incómodo. Según la Armada ucraniana, un dron ruso alcanzó en la noche del 18 de mayo el carguero KSL Deyang, de bandera de las Islas Marshall, propiedad de una compañía china y con tripulación china, cerca de Odesa. No hubo heridos, pero el episodio afea el viaje: Rusia necesita presentarse ante Pekín como socio fiable, no como una potencia capaz de poner en riesgo incluso a barcos de su principal sostén económico.
China ha sido el gran salvavidas de Moscú desde 2022: compra petróleo, gas y carbón rusos. A su vez, vende coches, electrónica, maquinaria y componentes de doble uso, mientras da cobertura diplomática a Putin sin cruzar del todo la línea de una alianza militar explícita. Pero esa ayuda no ha hecho a Rusia más fuerte frente a China, sino más dependiente. Moscú vende materias primas con descuentos, compra tecnología donde puede y espera que Pekín no cierre el grifo. China compra cuando le conviene, regatea precios y preserva sus canales con Occidente. El comercio bilateral tocó techo en 2024, pero en 2025 cayó un 6,9%, el primer descenso en cinco años.
El gran test es el gasoducto Poder de Siberia 2, la tubería que permitiría a Rusia enviar hasta 50.000 millones de metros cúbicos anuales de gas a China a través de Mongolia. Mientras que para Putin podría sustituir parte del mercado europeo perdido, para Xi es una opción más. Aunque la guerra en Irán y la vulnerabilidad de Ormuz dan valor al gas ruso por tubería, no cambian lo esencial: China tiene todavía alternativas y a Rusia le quedan muchas menos opciones.
El desequilibrio con China llega en un momento delicado para el régimen de Putin. El Gobierno ruso acaba de recortar su previsión de crecimiento para 2026 del 1,3% al 0,4%, tras una contracción del 0,3% en el primer trimestre. La economía de guerra dio a Moscú dos años de crecimiento artificial. Ahora, de pronto, se acumulan los costes: sanciones, tipos altos, presión fiscal, descuentos en el petróleo ruso y menor capacidad de crecimiento.
La foto con Xi sigue siendo útil para Putin: le permite enseñar que no está aislado y que Rusia conserva un papel en la arquitectura antioccidental que Pekín promueve. Putin viaja como un líder en guerra que necesita compradores, tecnología, rutas financieras y paciencia china. China no quiere una derrota rusa que refuerce a Occidente, pero tampoco heredar los costes de Putin. Su estrategia es sostenerlo lo suficiente para que incomode a Estados Unidos y Europa, y mantenerlo lo bastante débil para no imponer condiciones.
La relación ruso-china está en su punto más estrecho y en su punto más desigual. Por un lado, Putin ha convertido a Rusia en el socio menor de una potencia que no comparte sus urgencias. Por otro lado, Pekín no necesita elegir entre Moscú y Washington: recibe a Trump, recibe a Putin y cobra ventajas de ambos. Para el Kremlin, esa es la paradoja de la visita: cuanto más necesita a China, menos margen tiene para negociar con ella.
