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Puño de hierro de Xi en guante de seda para Trump
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"Eres un gran líder. Se lo digo a todo el mundo", ha sido uno de los comentarios de Donald Trump a Xi Jinping en la cumbre del G-2 en Pekín. El presidente estadounidense parece sufrir con Xi el síndrome de aquellos que en Redes agreden verbalmente, pero cuando ven a su interlocutor cara a cara todo son sonrisas y bajadas de tono. Ahora bien, Trump ya había reconocido en más de una ocasión que admiraba al líder chino por el "poderoso" control que ejerce sobre los 1.400 millones de almas que habitan la potencia asiática. Ya se sabe: Trump y su fascinación por los hombres fuertes. "Es todo negocios. No hay juegos. No se puede hablar con él de lo agradable que está el tiempo", ha dicho Trump sobre Xi a la cadena Fox.
En definitiva, Trump ha sido halagador y Xi muy práctico. Y bajo esas premisas han transcurrido sus conversaciones entre té y sopa de langosta. El líder chino lanzó como advertencia inequívoca el asunto taiwanés, pero también se centró en enviar otro mensaje alto y claro: somos líderes de igual a igual, de superpotencia a superpotencia. Y en verdad, más allá de los problemas internos del gigante asiático (pérdida de población, burbuja inmobiliaria), se ha tratado del primer encuentro entre los mandatarios de China y EEUU, desde 1972, en el que Pekín ha disfrutado de mayor fortaleza y peso global. Se notó hasta en el saludo inicial, cuando el presidente chino no permitió que Trump atrapara su mano y tirara de ella. No hubo sometimiento, sino un 'tú a tú', una mirada frontal a los ojos desde sus respectivos 180 y 190 centímetros de altura. Pero la manera en la que ambos se contemplan son diametralmente opuestas.
Para la actual Casa Blanca, Pekín ha pasado de ser un competidor a un futuro socio. "Trump ha cambiado los fundamentos de la política estadounidense hacia China, dejando de lado el enfoque conflictivo de los últimos años", sentenciaba el periódico 'The New York Times'. Para el todopoderoso Xi Jinping, sin embargo, esto no es así. Cuando en su primera reunión con Trump aludió a la "trampa de Tucídides", no se trataba de una sutil referencia, sino de una declaración vehemente sobre la visión de China de que Pekín está en auge mientras Washington sufre un declive, y de que, si Estados Unidos no lo acepta y no deja espacio a la nación emergente, ello podría conducir a una guerra inevitable.
La capital china, a su vez, es un hervidero de diplomacia. No sólo ha acogido una cumbre con el líder estadounidense, sino que ya está preparando la misma alfombra roja para extenderla al inquilino del Kremlin. El presidente ruso viajará a China, dentro de dos días, para afianzar la buena sintonía y obtener de primera mano información sobre el encuentro con Trump. Una vez se marche Vladimir Putin, otras personalidades harán acto de presencia, entre ellas representantes europeos (que no la UE, pues a Xi no le gusta tratar con Bruselas, sino con los países). Hasta el Gobierno británico de Keir Starmer, en plena caída libre, enviará a su ministra de Exteriores, Yvette Cooper, el 2 de junio.
Pero, ¿qué cabe esperar ahora? Lo que Trump aguarda tras este viaje es que Xi descuelgue el teléfono e interactúe con Irán, ayudando a Washington a salir de la trampa de Ormuz en la que se ha metido solo. A Pekín también le conviene la reapertura del Estrecho, pero, ¿a cambio de qué estaría dispuesto a ejercer su influencia sobre Teherán?, ¿qué pediría (o ha pedido) Xi a Trump por ayudarle a desbloquear el vital enclave? Es más, este jueves, mientras Trump paseaba por el Templo del Cielo y Xi le embelesaba con una lección de historia de la dinastía Ming, Irán dejaba pasar barcos chinos por el Estrecho de Ormuz. Nada apunta a que Xi esté dispuesto a presionar al régimen de los ayatolás, sobre todo porque le resulta útil como contrapeso estratégico frente a Estados Unidos.
En Pekín todo se prepara con estrategia y tiempo, y así ha sido con el desembarco americano. "Los funcionarios chinos son muy meticulosos. Lo planifican todo con mucha exactitud", apuntaba a la cadena CNN William Klein, diplomático que organizó la visita de Trump en 2017. Obsesionados con la precisión, la llegada de la comitiva de la Administración Trump, tan volátil e impredecible, había supuesto un desafío logístico. Sin embargo, al final, no ha habido giros de guion. La cumbre ha sido incluso monótona para el espectáculo al que Trump nos tiene acostumbrados. Los chinos, por su parte, han quedado satisfechos. Todo ha transcurrido sin dramatismo y bajo control.
Hasta la anécdota de las rosas ha quedado bien resuelta. En Zhongnanhai, la sede amurallada del Partido Comunista que fue en su día un jardín imperial, el presidente de EEUU paseó entre rosas, confesando que eran "las más bonitas" que había visto jamás. Tras ello, Xi anunció que enviaría sus semillas al presidente como regalo. De lo que Trump no se percató es de que, mientras él hablaba de flores, Xi le desvelaba la leyenda de cada rincón para recordarle el pasado milenario de China, frente a unos EEUU inmaduros que este año celebran su 250º aniversario.
En la Corte del 'emperador' Xi nada es al azar.
