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La cumbre del "G-2″ afronta su día decisivo: "Hemos resuelto muchos problemas"
Xi invita a Trump a tomar el té en Zhongnanhai, el recinto amurallado y hermético donde late el verdadero corazón político de China Leer Xi invita a Trump a tomar el té en Zhongnanhai, el recinto amurallado y hermético donde late el verdadero corazón político de China Leer
Después de una primera ronda de diplomacia dominada por la pompa imperial, gestos de cordialidad y una advertencia velada sobre Taiwan, Xi Jinping y Donald Trump afrontan este viernes el tramo verdaderamente decisivo de su cumbre en Pekín: el momento de comprobar si detrás de los largos apretones de manos y las palabras grandilocuentes existe margen real para acuerdos relevantes entre las dos superpotencias atrapadas en la relación más importante -y probablemente más peligrosa- del planeta.
Trump y Xi compartieron una ceremonia del té al mediodía en Zhongnanhai, el recinto amurallado y hermético donde late el verdadero corazón político de China. Oculto tras muros grises y lagos artificiales al oeste de la Ciudad Prohibida, este complejo reservado a la élite del Partido Comunista alberga las oficinas de la cúpula dirigente y las residencias de los principales líderes del régimen.
Los dos líderes pasearon por pabellones tradicionales, sauces que se inclinan sobre el agua y senderos custodiados por una seguridad impenetrable. Zhongnanhai funciona desde hace décadas como el equivalente chino de una mezcla entre la Casa Blanca y el Kremlin. Durante las dinastías Ming y Qing fue un jardín imperial destinado al descanso y a los banquetes privados de los emperadores. Tras la victoria comunista de 1949, Mao Zedong lo transformó en el santuario del poder revolucionario, un espacio casi inaccesible para el ciudadano común y cargado de simbolismo político.
"Hemos resuelto muchos problemas que otras personas no habrían podido solucionar", soltó Trump delante de la prensa. "Hemos cerrado acuerdos comerciales fantásticos", añadió. El Ministerio de Asuntos Exteriores chino también informó que Trump y Xi alcanzaron "nuevos consensos", sobre cuestiones importantes que afectan a ambos países y al mundo, aunque sin profundizar en temas específicos.
Después del té, ambas delegaciones se dirigieron para el Gran Salón del Pueblo, el hemiciclo de la Plaza de Tiananmen, para una comida de trabajo. Sobre su viaje a China, Trump añadió: "Es un honor estar aquí. Volveremos".
A las 6:00 horas, mientras la capital china apenas despertaba y gran parte de la delegación estadounidense seguía encerrada en hoteles blindados por las medidas de seguridad, Trump irrumpió en Truth Social para revelar parte de una conversación privada mantenida con Xi. El presidente estadounidense contó que el líder chino había descrito a Estados Unidos como "quizá una nación en declive", una expresión muy vinculada al discurso estratégico de Pekín sobre el ascenso de China frente al desgaste occidental.
Trump reinterpretó inmediatamente el comentario en clave de política doméstica y aseguró que Xi se refería en realidad "al tremendo daño causado durante los cuatro años de Joe Biden", citando una larga lista de agravios habituales de su discurso electoral: "fronteras abiertas, impuestos altos, DEI, hombres en deportes femeninos, crimen descontrolado y horribles acuerdos comerciales".
El republicano contrapuso después esa supuesta decadencia con lo que definió como el "renacimiento" de EEUU bajo su regreso al poder, reivindicando máximos bursátiles, fortaleza militar y sus recientes operaciones contra Irán. Según Trump, Xi incluso le habría felicitado por esos "éxitos tremendos".
Trump también aprovechó entrevistas posteriores con Fox News para asegurar que Xi le prometió en privado que China no enviará equipamiento militar a Irán. "Lo dijo con mucha firmeza", aseguró el presidente estadounidense. Además, reveló que el líder chino se ofreció a colaborar en posibles negociaciones para estabilizar el estrecho de Ormuz y facilitar algún tipo de salida diplomática a la crisis.
"Creo que es una cumbre histórica, son los dos grandes países; yo la llamo el G-2", afirmó Trump en su entrevista con Fox News. El jueves, la fotografía de la jornada fue la de dos líderes esforzándose por proyectar estabilidad mientras, debajo de la superficie, permanecen intactos todos los grandes focos de tensión entre Washington y Pekín.
Taiwan, la guerra tecnológica, los aranceles, la crisis de Oriente Próximo y el pulso por el control de las cadenas globales de suministro siguen ahí. Pero tanto Xi como Trump llegaron a esta cumbre con suficientes incentivos políticos y económicos como para intentar vender al menos una tregua parcial. "He coincidido con el presidente Trump en una nueva visión para construir una relación constructiva entre China y Estados Unidos basada en la estabilidad estratégica", declaró Xi.
Las expectativas para la segunda jornada se concentran sobre todo en el terreno económico y tecnológico. Fuentes de ambas delegaciones dan prácticamente por hecho que se anunciarán acuerdos comerciales vinculados a grandes compras chinas de productos agrícolas, energía y aeronaves estadounidenses, además de nuevos mecanismos de cooperación limitada en inteligencia artificial y semiconductores.
Trump necesita regresar a Washington con titulares concretos que pueda presentar como una victoria personal tras meses de tensión comercial con Pekín. Xi, por su parte, quiere transmitir la imagen de una China abierta a los negocios y capaz de mantener bajo control la rivalidad con EEUU sin renunciar a sus líneas rojas estratégicas.
Además de las rondas de diplomacia, esta cumbre en Pekín se ha caracterizado por la gigantesca delegación empresarial que aterrizó junto a Trump: peces gordos de Wall Street y Silicon Valley. Desde Elos Musk (Tesla) a Stephen Schwarzman (Blackstone). Nunca antes un presidente estadounidense había llegado a China acompañado de una concentración semejante de poder financiero, industrial y tecnológico.
Una de las imágenes más simbólicas de la jornada de ayer se produjo precisamente cuando varios de esos empresarios fueron invitados a entrar brevemente en la sala donde Xi y Trump mantenían sus conversaciones. El gesto, altamente inusual en el rígido protocolo chino, fue interpretado como una señal directa de Pekín hacia las élites económicas estadounidenses. Trump lo resumió después con una frase reveladora: había llevado consigo a los principales líderes empresariales del país para "rendir homenaje a Xi y a China".
La frase encapsula bastante bien el momento actual de la relación bilateral. Porque, pese a la retórica agresiva de los últimos años, buena parte del capitalismo estadounidense sigue profundamente entrelazado con China. Musk necesita mantener intacta la producción de Tesla en Shanghai; Jensen Huang (Nvidia) presiona desesperadamente para recuperar acceso pleno al mercado chino de inteligencia artificial; Tim Cook (Apple) continúa dependiendo de una cadena de suministro china valorada en decenas de miles de millones; y Wall Street lleva años soñando con una apertura mucho mayor del sistema financiero chino.
Xi entiende perfectamente el mensaje y en sus reuniones con empresarios estadounidenses aseguró que las puertas de China "se abrirán cada vez más" a la inversión extranjera, un intento evidente de seducir al sector privado estadounidense.
Este viernes todos los focos están apuntando a los acuerdos que se puedan cerrar en Zhongnanhai, un lugar que ocupa un capítulo central en la historia diplomática contemporánea de China. El complejo irrumpió en la escena internacional en 1972, cuando Mao recibió allí a Richard Nixon, el primer presidente estadounidense en ejercicio que pisaba suelo chino.
Aquel encuentro tuvo lugar en el célebre edificio de la piscina, la residencia-oficina donde Mao pasaba largas temporadas y desde donde dirigió algunos de los episodios más turbulentos del maoísmo. Aquella conversación entre Nixon y Mao selló el inicio del deshielo entre Washington y Pekín en plena Guerra Fría y convirtió a Zhongnanhai en un escenario reservado para los gestos diplomáticos de mayor carga simbólica.
Desde entonces, los líderes chinos han abierto las puertas del complejo únicamente a invitados cuidadosamente seleccionados. Jiang Zemin recibió allí en 2002 a George W. Bush, en un momento en que China empezaba a consolidarse como potencia global. Xi Jinping ha reforzado todavía más el valor ceremonial del recinto. En 2014, durante una cumbre regional celebrada en Pekín, organizó en Zhongnanhai una reunión informal con Barack Obama que buscaba proyectar cercanía estratégica entre ambas potencias. Una década después, en 2024, Xi volvió a recurrir al mismo escenario para recibir al presidente ruso Vladimir Putin, escenificando la sintonía entre Pekín y Moscú en plena confrontación con Occidente.

