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La voz del Papa deja a Trump sin palabras

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León XIV se alza como figura unificadora tras los ataques de la Casa Blanca y ante el encuentro con Rubio Leer León XIV se alza como figura unificadora tras los ataques de la Casa Blanca y ante el encuentro con Rubio Leer   

Es legítimo interpretar desde una perspectiva política el ataque de Donald Trump a León XIV y la visita de ayer al Vaticano del secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio. Legítimo, pero instrumental y engañoso. La Administración que gobierna en Washington tiene todo el interés en presentar las tensiones con el Vaticano como un enfrentamiento de este tipo. La realidad, sin embargo, es la de repetidos ataques casi a sangre fría contra el primer Papa estadounidense, quien se ha limitado a responder con palabras a la vez firmes y muy mesuradas. Hay quien ha intentado encontrar una lógica y una estrategia en su hostil imprevisibilidad contra el jefe de la Iglesia Católica: un esfuerzo comprensible, aunque quizá involuntariamente generoso.

La impresión es que la ofensiva de Trump es una mezcla de improvisación y exasperación. Improvisación, porque intentar encontrar en el Pontífice un chivo expiatorio de las dificultades en las que se encuentra sumida la política de Estados Unidos huele a un recurso poco meditado; más aún al evocar una risible aquiescencia papal ante el programa nuclear en gestación en Irán. La exasperación, en cambio, parece derivarse de dos factores. El primero, a corto plazo, son las elecciones de mitad de mandato dentro de seis meses, en las que el partido de Trump teme un duro revés. En sus intenciones, la polémica con León debería devolver al presidente los votos católicos que se están alejando, después de que en 2024 contribuyeran de manera decisiva a auparlo a la Casa Blanca. Pero se corre el riesgo de conseguir el efecto contrario. El segundo elemento, más fundamental, se refiere al Papa y al Vaticano, tanto en su calidad de actores internacionales y defensores del multilateralismo como por la influencia que están ejerciendo en Estados Unidos con su pedagogía de la paz y la inclusión.

Para un presidente que es hijo y reflejo de una América radicalizada y asustada, las confrontaciones son el entorno ideal en el que moverse. Por otra parte, Trump ganó gracias a consignas divisivas. La idea de tener en casa a una personalidad que habla y actúa siguiendo valores diametralmente opuestos, con la misma proyección global, debe de resultarle intolerable. La existencia de un episcopado dividido durante años entre trumpistas y antitrumpistas era funcional a la lectura de la sociedad estadounidense que hacía el círculo de sus seguidores.

Y la figura en la Roma vaticana de un Pontífice argentino como Francisco, que podía ser representado incluso de forma caricaturesca como antiyanqui, benefició al trumpismo, a pesar de que los prejuicios norteamericanos contra el "Papa latino" eran recíprocos. El esquema, sin embargo, ya no funciona: no puede funcionar. Desde la elección de Robert Prevost, los seguidores más acérrimos del movimiento MAGA, como Steve Bannon, han intentado en vano presentar a León como un "clon de Bergoglio". Pero la operación nunca despegó, porque los clichés del pasado ya no explican nada tras el cónclave de hace un año.

En la capital del Papado se encuentra un hijo de Chicago que conoce bien también a su pueblo de origen, al que se le denomina "latino-yanqui" porque, a pesar de la aparente contradicción, fusiona en su persona la identidad de las diversas Américas; y que, por lo tanto, escapa a las categorías utilizadas anteriormente para etiquetar a "conservadores" y "progresistas" en la Iglesia católica. Para Trump, su perfil resulta desconcertante y, por lo tanto, irritante precisamente por esta razón. Y explica, al menos en parte, el intento de encasillarlo en posiciones "partidistas", con palabras torpes y probablemente destinadas a perjudicar en primer lugar al inquilino de la Casa Blanca.

Pero el Papa Prevost no es enemigo de Trump, ni puede definirse como antitrumpista. Más sencillamente, es distinto de Trump. Su gradualismo es fruto de una sólida ortodoxia doctrinal y de una visión de la realidad planteada a largo plazo. León XIV tuvo el mandato de unificar y pacificar, en primer lugar, a su Iglesia. Y se mueve con la tranquilidad de quien cree tener por delante varios años para intentar reconducir el catolicismo hacia la unidad, y al mundo hacia una visión menos desesperada y violenta de las relaciones internacionales. La Casa Blanca, en cambio, parece casi obsesionada con la necesidad de certificar de inmediato "victorias" militares cada vez más esquivas.

Pensar que esto supone un deterioro duradero de las relaciones históricas entre el Vaticano y Estados Unidos equivaldría a caer en una interpretación "presentista" de lo que está ocurriendo. En realidad, su vínculo es más sólido y arraigado de lo que las convulsiones de estos meses parecen indicar. Lo es por razones históricas, estratégicas, financieras y de valores, aunque este último aspecto pueda parecer hoy en día algo singular. Pero, sobre todo, es un vínculo que va más allá de esta Administración. La audiencia de ayer jueves con Marco Rubio debe verse como una pieza de un mosaico en reconstrucción. Y que se volverá a recomponer, quizá con esfuerzo, sobre un trasfondo actualizado pero igualmente estable, a pesar de los golpes al azar asestados por la Casa Blanca.

 

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