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¿Cuántas de tus creencias son realmente tuyas?

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Ponte a pensar en esto. Antes de que nacieras, ya muchas cosas habían sido decididas por ti.

Empecemos por algo tan simple como tu apellido. Imagina que hace cientos de años vivió en España un hombre que cultivaba moras. Tal vez lo conocían como Martín, el de las moras.

Con el tiempo se convirtió en Martín Morera y, generación tras generación, ese apellido fue pasando de boca en boca, de documento en documento, hasta llegar a alguien que te lo heredó a ti.

Cuando naciste, te encontraste llevando el nombre que un grupo de personas que jamás conocerás decidió conservar mucho antes de que existieras.

También heredaste una nacionalidad, una religión (o la ausencia de ella), una forma de celebrar la Navidad, de discutir en familia, de ver el dinero, de entender el amor y hasta de preparar el café.

¿De dónde vienen tus ideas?

Expandir imagenhttps://resources.diariolibre.com/images/2026/07/01/shutterstock2411383577-9bee3af7.jpg

Infografía

En otras palabras, tu vida está construida sobre un montón de ideas, e historias, que alguien empezó a tener, y a contar, antes de que llegaras.

Siempre ando buscando respuestas. Cuando atravesé una crisis importante hace algunos meses, mi refugio fue leer sobre los llamados acuerdos de alma. Si nunca has escuchado hablar de ellos, te hago la versión resumida.

La teoría plantea que, entre una vida y otra, existe una especie de sala de reuniones cósmica donde las almas se ponen de acuerdo sobre los aprendizajes que tendrán cuando vuelvan a nacer. Una dice: “Esta vez voy a nacer con una enfermedad y moriré joven”.

Otra responde: “Perfecto, yo seré tu madre”. Una tercera interviene: “Yo seré tu hermano”. Y así, aparentemente, todos salen con un plan cuidadosamente diseñado para evolucionar espiritualmente.

Confieso que mientras leía aquello pensé que parecía la reunión de planificación estratégica más ambiciosa de la historia.

La teoría también dice que, aunque exista un plan, el libre albedrío sigue estando presente. Es decir, tienes una ruta, pero también la libertad de ignorarla por completo.

Si lo piensas bien, no es tan diferente de los planes que hacemos cada primero de enero cuando compramos una agenda nueva y juramos que este sí será el año en que iremos al gimnasio tres veces por semana.

El plan existe. Otra cosa es lo que hacemos con él.

Por unas semanas (no fue tanto tiempo, lo admito) estas ideas me dieron paz. Me ayudaron a entender algunas situaciones difíciles y a encontrar sentido en experiencias que en ese momento parecían injustas. Pero como suele ocurrirme, la curiosidad terminó llevándome a otro lugar.

Pensé que, creyera o no en los acuerdos de alma, había una conclusión difícil de discutir: una parte importante de mi historia ya había comenzado antes de que yo naciera.

Decenas de ideas sobre el amor, el dinero, el trabajo y la familia ya estaban allí, esperándome. Nací en un mundo donde muchas de las reglas habían sido definidas mucho antes de mi llegada. Y entonces, apareció una pregunta mucho más interesante.

¿Cuántas de las cosas que considero ciertas son realmente mías?

Las creencias viajan de generación en generación igual que los apellidos. Se transmiten en las familias, en los barrios, en las ciudades y en los países. Si algún día descubrimos vida inteligente en otro planeta, estoy bastante segura de que también tendrán sus propias creencias heredadas.

Y hay un momento en la vida, como me pasó a mí, y seguro te ha pasado a ti, en que la herencia deja de ser explicación suficiente. Porque, aunque no hayas elegido el primer capítulo, sí te corresponde hacerte responsable de los siguientes.

Y quizás la verdadera madurez consista precisamente en decidir cuáles historias heredadas quieres seguir contando y cuáles merecen ser replanteadas.

Si hago una rápida y corta lista mental de las ideas que heredé de mis adultos de referencia, la primera que me llega a la cabeza la repetía mi padre con frecuencia, y era: “Trabaja para que nunca tengas que depender de un hombre”.

Y no estoy diciendo que sea una mala creencia. De hecho, me ha servido muchísimo. Gracias a ella estudié, trabajé y construí independencia económica hasta que conocí a mi actual marido y decidí medio dejar que me mantuviera. Bueno, no exactamente. Digamos que ahora compartimos los gastos y él paga más que yo.

Es una historia menos romántica, pero bastante más precisa. Lo interesante es que durante años seguí esa creencia como una instrucción automática sin detenerme a preguntarme si también escondía otros mensajes sobre el dinero o las relaciones.

Parte del trabajo interior que tanto cacareo está en no rechazar las historias que heredamos, sino en examinarlas. La buena noticia es que no hace falta una crisis existencial, una certificación de mindfulness ni un retiro espiritual para empezar. Basta con hacer una pausa y sentir curiosidad.

Un ejercicio para revisar tus creencias

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Infografía

Por eso quiero proponerte un ejercicio:

  1. Identifica tres creencias que escuchaste repetidamente durante tu infancia. No las juzgues. No intentes cambiarlas todavía. Simplemente escríbelas. Pueden ser frases como: “el dinero no crece en los árboles”, “hay que aguantar para mantener una familia unida”, “nadie regala nada en esta vida” o “yo siempre he sido así”.
  2. Después pregúntate de dónde vino cada una. ¿La aprendiste de tus padres, de tus abuelos, de tu religión, de tu cultura o de alguna experiencia que marcó a tu familia?
  3. Y luego hazte la pregunta más importante de todas: ¿Esta creencia me ayuda a construir la vida que quiero o me está limitando?

Si te ayuda, consérvala con gratitud. Si te limita, no tienes que pelearte con ella ni culpar a quien te la enseñó. Las generaciones anteriores hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían. Lo único que te corresponde ahora es decidir si esa historia sigue siendo útil para la persona que eres hoy.

No te estoy pidiendo que rechaces tus raíces. Solo que las examines.

Algunas historias merecen ser honradas y transmitidas. Otras necesitan ser actualizadas. Y unas cuantas, quizás, terminan con nosotros para que las próximas generaciones tengan la libertad de escribir una historia diferente.

​Ponte a pensar en esto. Antes de que nacieras, ya muchas cosas habían sido decididas por ti.Empecemos por algo tan simple como tu apellido. Imagina que hace cientos de años vivió en España un hombre que cultivaba moras. Tal vez lo conocían como Martín, el de las moras. Con el tiempo se convirtió en Martín Morera y, generación tras generación, ese apellido fue pasando de boca en boca, de documento en documento, hasta llegar a alguien que te lo heredó a ti. Cuando naciste, te encontraste llevando el nombre que un grupo de personas que jamás conocerás decidió conservar mucho antes de que existieras.También heredaste una nacionalidad, una religión (o la ausencia de ella), una forma de celebrar la Navidad, de discutir en familia, de ver el dinero, de entender el amor y hasta de preparar el café.¿De dónde vienen tus ideas?https://resources.diariolibre.com/images/2026/07/01/shutterstock2411383577-9bee3af7.jpgEn otras palabras, tu vida está construida sobre un montón de ideas, e historias, que alguien empezó a tener, y a contar, antes de que llegaras.Siempre ando buscando respuestas. Cuando atravesé una crisis importante hace algunos meses, mi refugio fue leer sobre los llamados acuerdos de alma. Si nunca has escuchado hablar de ellos, te hago la versión resumida. La teoría plantea que, entre una vida y otra, existe una especie de sala de reuniones cósmica donde las almas se ponen de acuerdo sobre los aprendizajes que tendrán cuando vuelvan a nacer. Una dice: “Esta vez voy a nacer con una enfermedad y moriré joven”. Otra responde: “Perfecto, yo seré tu madre”. Una tercera interviene: “Yo seré tu hermano”. Y así, aparentemente, todos salen con un plan cuidadosamente diseñado para evolucionar espiritualmente.Confieso que mientras leía aquello pensé que parecía la reunión de planificación estratégica más ambiciosa de la historia.La teoría también dice que, aunque exista un plan, el libre albedrío sigue estando presente. Es decir, tienes una ruta, pero también la libertad de ignorarla por completo. Si lo piensas bien, no es tan diferente de los planes que hacemos cada primero de enero cuando compramos una agenda nueva y juramos que este sí será el año en que iremos al gimnasio tres veces por semana. El plan existe. 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Y entonces, apareció una pregunta mucho más interesante.¿Cuántas de las cosas que considero ciertas son realmente mías?Las creencias viajan de generación en generación igual que los apellidos. Se transmiten en las familias, en los barrios, en las ciudades y en los países. Si algún día descubrimos vida inteligente en otro planeta, estoy bastante segura de que también tendrán sus propias creencias heredadas. Y hay un momento en la vida, como me pasó a mí, y seguro te ha pasado a ti, en que la herencia deja de ser explicación suficiente. Porque, aunque no hayas elegido el primer capítulo, sí te corresponde hacerte responsable de los siguientes. Y quizás la verdadera madurez consista precisamente en decidir cuáles historias heredadas quieres seguir contando y cuáles merecen ser replanteadas.Si hago una rápida y corta lista mental de las ideas que heredé de mis adultos de referencia, la primera que me llega a la cabeza la repetía mi padre con frecuencia, y era: “Trabaja para que nunca tengas que depender de un hombre”. Y no estoy diciendo que sea una mala creencia. De hecho, me ha servido muchísimo. Gracias a ella estudié, trabajé y construí independencia económica hasta que conocí a mi actual marido y decidí medio dejar que me mantuviera. Bueno, no exactamente. Digamos que ahora compartimos los gastos y él paga más que yo. Es una historia menos romántica, pero bastante más precisa. Lo interesante es que durante años seguí esa creencia como una instrucción automática sin detenerme a preguntarme si también escondía otros mensajes sobre el dinero o las relaciones.Parte del trabajo interior que tanto cacareo está en no rechazar las historias que heredamos, sino en examinarlas. La buena noticia es que no hace falta una crisis existencial, una certificación de mindfulness ni un retiro espiritual para empezar. Basta con hacer una pausa y sentir curiosidad.Un ejercicio para revisar tus creenciashttps://resources.diariolibre.com/images/2026/07/01/shutterstock2697712829-0347a90c.jpgPor eso quiero proponerte un ejercicio: Identifica tres creencias que escuchaste repetidamente durante tu infancia. No las juzgues. No intentes cambiarlas todavía. Simplemente escríbelas. Pueden ser frases como: “el dinero no crece en los árboles”, “hay que aguantar para mantener una familia unida”, “nadie regala nada en esta vida” o “yo siempre he sido así”. Después pregúntate de dónde vino cada una. ¿La aprendiste de tus padres, de tus abuelos, de tu religión, de tu cultura o de alguna experiencia que marcó a tu familia? Y luego hazte la pregunta más importante de todas: ¿Esta creencia me ayuda a construir la vida que quiero o me está limitando?Si te ayuda, consérvala con gratitud. Si te limita, no tienes que pelearte con ella ni culpar a quien te la enseñó. Las generaciones anteriores hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían. Lo único que te corresponde ahora es decidir si esa historia sigue siendo útil para la persona que eres hoy.No te estoy pidiendo que rechaces tus raíces. Solo que las examines.Algunas historias merecen ser honradas y transmitidas. Otras necesitan ser actualizadas. Y unas cuantas, quizás, terminan con nosotros para que las próximas generaciones tengan la libertad de escribir una historia diferente.  Revista, Buena vida, Ericarol Carlo, Santo Domingo, Mindfulness, Creencias, ideas, Herencia familiar 

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