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Economía

El peso de la geografía

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Cuando dos economías profundamente desiguales comparten una misma isla, la divergencia no permanece contenida dentro de las fronteras nacionales. Se proyecta sobre el territorio compartido, se transmite a través de los mercados y termina organizando buena parte de la relación entre ambas sociedades. En el caso de La Española, esta condición adquiere una intensidad particular: la brecha de desarrollo no se distribuye en una región amplia ni se reparte entre varias fronteras. Se concentra en un solo espacio geográfico y en una sola relación bilateral.

Esa concentración es lo que aquí se define como exposición dominicana. El concepto no describe un episodio coyuntural ni un fenómeno limitado a la migración. Nombra una condición persistente: la manera en que la República Dominicana enfrenta, de forma directa y continua, los efectos económicos, sociales e institucionales derivados de la divergencia acumulada con Haití.

Conviene detenerse un momento en esta definición porque cambia la forma en que suele plantearse el problema. Con frecuencia, la relación entre Haití y la República Dominicana se discute como una sucesión de acontecimientos: una crisis política, un aumento de los flujos migratorios, un episodio de tensión diplomática o una controversia en la frontera. Todos esos hechos son relevantes, pero ninguno de ellos agota la cuestión. La exposición dominicana no comienza con una crisis concreta ni desaparece cuando esa crisis se atenúa. Se expresa de manera continua porque deriva de una diferencia de trayectorias que la geografía obliga a coexistir.

Esta exposición no surge únicamente de la proximidad física. Es el resultado de la interacción entre tres elementos que operan al mismo tiempo: una brecha de desarrollo que se ha ampliado durante décadas, una frontera terrestre compartida dentro de un espacio insular y una evolución institucional desigual entre ambos países. Ninguno de estos factores basta por sí solo para explicar el problema. Su importancia radica en la manera en que se combinan y refuerzan entre sí.

Desde la perspectiva de la economía política, esta interacción puede entenderse como una forma específica de externalidad. Las condiciones económicas e institucionales de Haití generan efectos que inciden sobre el entorno dominicano sin que esos efectos provengan de decisiones adoptadas por el Estado dominicano. No se trata de externalidades puntuales, como las que pueden aparecer en un mercado concreto. Se trata de un conjunto de efectos persistentes que influyen en la organización del territorio, en el funcionamiento de los mercados y en las demandas que recaen sobre el Estado.

La migración es una de las manifestaciones más visibles de esta dinámica, pero no la agota. Cuando existen diferencias amplias de ingreso entre territorios contiguos, la movilidad laboral es una respuesta previsible. Sin embargo, en La Española esa movilidad se inserta en una realidad más compleja. No es solo un flujo de personas. Es una forma de ajuste económico dentro de una relación desigual que ya forma parte del funcionamiento habitual de ambos lados de la isla.

Parte de la economía dominicana incorpora esa interacción de manera constante. Sectores como la agricultura, la construcción y ciertos servicios han operado durante años con la participación de trabajadores procedentes de Haití. Esta presencia no es accidental ni episódica. Responde a condiciones del mercado laboral y a la proximidad geográfica entre ambas economías. Pero limitar la exposición dominicana al mercado de trabajo sería insuficiente, porque sus efectos se extienden mucho más allá de ese terreno.

La exposición también se manifiesta en la organización institucional del territorio. El Estado dominicano enfrenta demandas adicionales en materia de registro poblacional, provisión de servicios, regulación económica y control de la frontera. Estas demandas no surgen exclusivamente de la dinámica interna del país. También responden a la interacción con una economía vecina que enfrenta mayores limitaciones en su capacidad para sostener continuidad en la acción pública. Allí donde esa continuidad es más frágil de un lado, la presión tiende a desplazarse hacia el otro.

La geografía amplifica este efecto. En otros contextos, las diferencias de desarrollo entre países vecinos pueden repartirse entre varias fronteras o amortiguarse dentro de espacios regionales más amplios. En La Española ocurre lo contrario. La estructura insular concentra esa interacción en un solo punto. La República Dominicana no comparte esta frontera con ningún otro país. No existe, por tanto, un mecanismo regional que distribuya los efectos de la divergencia. La isla concentra la relación y vuelve más visible su peso.

Esta observación permite introducir una precisión importante. La cuestión haitiana no es, para la República Dominicana, un tema externo en sentido estricto. Tampoco puede reducirse a un asunto humanitario ni a un problema exclusivamente migratorio. Forma parte de su entorno económico y político de manera continua. No en el sentido de una responsabilidad sobre la trayectoria haitiana, sino en el sentido de que esa trayectoria incide de forma directa sobre la organización de la realidad dominicana.

Esta es la razón por la que el debate público suele quedarse corto. Cuando la discusión se ordena solo alrededor de episodios concretos, la relación aparece como una suma de urgencias sucesivas. Pero lo que esas urgencias expresan es una condición más profunda: la coexistencia, en un mismo espacio insular, de dos trayectorias económicas que no evolucionan al mismo ritmo ni bajo las mismas capacidades de organización.

Bajo este enfoque, conviene distinguir entre dos niveles de análisis. El primero es coyuntural: eventos específicos que generan presión sobre la frontera, sobre determinados servicios o sobre ciertos sectores del mercado laboral. El segundo es más duradero: la interacción continua entre dos economías con niveles distintos de ingreso, productividad y capacidad institucional. El primer nivel es visible y suele dominar la conversación pública. El segundo es menos inmediato, pero mucho más decisivo.

Es este segundo plano el que da sentido a la idea de exposición dominicana. La República Dominicana no puede modificar la geografía ni rehacer la historia económica de la isla. Pero sí debe organizar su propia respuesta frente a esa realidad. Y esa respuesta no puede basarse únicamente en controles, restricciones o reacciones frente a episodios puntuales. Requiere una comprensión más precisa de la naturaleza de la interacción entre ambas economías.

Esto tiene implicaciones directas para la forma en que se piensa la política pública. Las respuestas reactivas, diseñadas para afrontar momentos específicos de presión, pueden ser necesarias en determinadas circunstancias, pero resultan insuficientes cuando el problema no es episódico, sino continuo. Lo que se necesita en ese caso es continuidad en la mirada, coherencia en la acción y capacidad de sostener decisiones a lo largo del tiempo.

En este punto, la discusión se desplaza hacia la manera en que el Estado dominicano debe situarse frente a la isla que comparte. No puede hacerlo como si se tratara de una relación excepcional que aparece y desaparece.

Tampoco puede limitarse a verla como un asunto policial o diplomático. Debe reconocer que se trata de una condición de su entorno económico y de una de las variables que inciden sobre su propio proceso de desarrollo.

Esto obliga a pensar al menos en tres dimensiones conectadas entre sí. La primera es territorial: la necesidad de fortalecer la presencia efectiva del Estado en la frontera, no solo en términos de control, sino también de registro, servicios y capacidad administrativa. La segunda es económica: la necesidad de ordenar los mercados donde la interacción entre ambas economías es más intensa. La tercera es política: la necesidad de sostener, con cierta continuidad, una posición dominicana frente a la crisis haitiana y frente a sus efectos sobre la isla.

Estas dimensiones no operan de manera independiente. Forman parte de una misma realidad. La debilidad en una de ellas tiende a trasladar presión a las otras. Si la capacidad estatal en la frontera es limitada, la carga se desplaza hacia los mercados y los servicios. Si la organización de los mercados es deficiente, la presión vuelve a aparecer en el terreno político. Si la respuesta política cambia constantemente, aumentan los costos de la gestión territorial y económica.

Este enfoque también introduce un matiz importante en la relación con la comunidad internacional. El apoyo externo puede desempeñar un papel relevante en Haití, pero la relación entre Haití y la República Dominicana no puede pensarse solo desde esa escala. Para la República Dominicana, la cuestión haitiana es, ante todo, una cuestión propia, no en términos de origen, sino de efectos. Su cercanía no es una opción; es un dato. Y ese dato obliga a pensar con continuidad una relación que seguirá existiendo aun cuando cambien los gobiernos, las coyunturas y las crisis visibles.

La geografía lo determina de una manera particularmente nítida. Cuando dos economías profundamente desiguales comparten una isla, sus trayectorias dejan de ser completamente independientes. La divergencia se convierte en interacción, y la interacción termina adoptando la forma de una condición permanente del entorno económico y político.

Ese es el sentido preciso de la exposición dominicana. Y es esa condición la que obliga a pensar la relación no como una suma de episodios, sino como un problema de economía política que debe ser gestionado a lo largo del tiempo.

La cuestión que se abre a partir de aquí ya no es solo cómo nombrar esa realidad, sino cómo organizar una respuesta que no oscile entre la improvisación y la reacción. Si la exposición forma parte del entorno dominicano, la pregunta siguiente no puede ser otra que esta: de qué manera puede ser administrada sin perder de vista sus límites, sus costos y su persistencia.

 

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