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Economía

Crecer sin transformar

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El verdadero desafío de un país no está en su crecimiento económico, sino en su capacidad de convertir su potencial en productividad sostenida que permee en la economía, en la calidad del empleo y en las condiciones de vida.

En América Latina hay una brecha menos visible que explica buena parte de su desempeño: cuánto de su potencial productivo logra realmente materializarse.

El Índice de Capital Humano del Banco Mundial lo muestra con claridad. Un niño que nace hoy en la región alcanzará, en promedio, apenas alrededor del 55% de su productividad potencial si se mantienen las condiciones actuales de salud y educación.

En República Dominicana, ese indicador ronda el 50%, lo que implica que una parte significativa de su potencial económico futuro no llega a materializarse.

El contraste es claro. En economías avanzadas, ese mismo indicador supera entre el 70% y 80%, reflejando no solo mejores condiciones iniciales, sino una mayor capacidad de convertir potencial en resultados sostenidos.

Ese dato cambia el foco de la discusión. Porque el límite no está solo en la inversión o en la productividad observada, sino en lo que no llega a convertirse en capacidad real: habilidades, conocimiento y condiciones que permitan sostener el crecimiento en el tiempo.

El capital humano no explica todo, pero sí delimita el techo de lo que una economía puede sostener en el largo plazo. Y ahí es donde la diferencia entre crecer y transformar se vuelve evidente.

Aún con avances en estabilidad macroeconómica y cobertura de servicios, América Latina -incluida República Dominicana- sigue enfrentando el reto de traducir esos avances en capacidades efectivas.

República Dominicana llega a este contexto con una posición relativamente favorable. Las proyecciones la ubican creciendo entre 3.5% y 4% en 2026, por encima del promedio regional, con estabilidad macroeconómica y una economía que ha demostrado capacidad de adaptación.

Pero ese desempeño convive con tensiones claras: un déficit fiscal que ronda entre 3.5% y 4% del producto interno bruto (PIB), una deuda en torno a 58% de éste y presiones recurrentes por subsidios, particularmente en el sector energético.

A esto se suma un reto más silencioso, pero igual de determinante: elevar la calidad del crecimiento. Porque crecer más rápido no garantiza avanzar mejor.

Para República Dominicana, el punto de partida es claro: no se trata solo de ampliar cobertura, sino de mejorar la calidad efectiva del aprendizaje y su conexión con el mercado laboral.

Eso implica intervenciones más precisas: fortalecer la educación técnica y su vínculo con sectores productivos, reducir brechas en salud y nutrición -especialmente en la primera infancia- y facilitar la transición hacia empleos de mayor productividad.

Ahí también se abre una agenda de inversión menos visible, pero con retornos acumulativos: servicios intensivos en habilidades, formación pertinente y capital humano como base de competitividad.

Porque sin ese vínculo entre crecimiento y capacidades, el potencial económico se pierde. Y cuando eso ocurre, el crecimiento deja de transformar.

 

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