Ciencia y Tecnología
Si odias al texto justificado, tenemos buenas noticias: lo más probable es que tengas razón
La plataforma de newsletters Substack ha lanzado esta semana la posibilidad de modificar la alineación del texto en los posts, permitiendo a sus usuarios justificar a la derecha. Muchos habrán abrazado la posibiliad porque la columna perfectamente alineada a ambos lados parece más profesional, más seria, más literaria. Sin embargo, esa sensación tiene un origen muy concreto… y ese origen nada tiene que ver con hacer los textos más legibles.
Por qué nos gusta cuadrar. Hay algo muy humano en igualar los márgenes, y crear una silueta rectangular y limpia. Es lo contrario al texto alineado solo a la izquierda, que a la derecha termina donde acaba la última palabra de cada línea. La columna justificada, en cambio, transmite orden, control y una sensación de que el texto está más pensado.
Pero. En una pantalla, la justificación casi siempre perjudica al lector. La razón tiene que ver con algo que los tipógrafos llaman «ríos tipográficos»: cuando un procesador de texto o un sistema web extiende las líneas para que lleguen al margen derecho, lo hace ensanchando los espacios entre palabras. Ese ensanchamiento no es uniforme: depende de cuántas palabras hay en cada línea y genera franjas de espacio en blanco que corren en diagonal por el texto. Es un efecto característico del justificado a la derecha y el ojo las percibe como ruido visual, con el consiguiente desgaste cognitivo y agotamiento el lector.
Cómo leemos. Los ojos no se deslizan por el texto como un escáner, sino que dan saltos en la página. Lo que los investigadores llaman movimientos sacádicos son pequeñas microlecturas de entre 7 y 9 caracteres, seguidos de paradas (fijaciones) que duran aproximadamente entre 200 y 250 milisegundos, tiempo en el que el cerebro procesa lo que acaba de capturar. Durante cada fijación, el lector mantiene la mirada sobre un grupo de palabras antes de ejecutar el siguiente salto hacia el próximo fragmento de texto.
Eso lleva a que el margen irregular derecho sea, contraintuitivamente, una ayuda a la lectura: esa silueta dentada sirve como ancla visual. El ojo, al terminar una línea, necesita encontrar el inicio de la siguiente. El patrón irregular le da pistas, una especie de perfil que reconoce. Pero si el margen derecho tiene el texto perfectamente justificado, se eliminan esas pistas: todas las líneas terminan igual, y el salto de una a otra exige más trabajo de rastreo. El margen izquierdo uniforme y predecible del texto mejora la legibilidad porque el salto de la vista al pasar de una línea a otra es inevitable, pero es preferible que luego las líneas sean uniformes, sin los mencionados ríos tipográficos. Por eso, es preferible que las desigualdades caigan al final de las líneas, donde no molestan.
Complicaciones para disléxicos. El texto justificado agrava las dificultades lectoras en personas disléxicas, ya que los mencionados ríos tipográficos rompen un ritmo que ya es frágil de por sí con esta dolencia. Al parecer, los lectores disléxicos utilizan estrategias de muestreo visual distintas a las personas que no lo son, con fijaciones más largas y saltos más cortos, lo que hace su proceso de lectura más laborioso. Cualquier factor que añada irregularidad al espaciado complica aún más ese proceso. Por eso las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web (WCAG 2.1) recomiendan explícitamente evitar la justificación completa y exigen que, si se usa, el usuario pueda desactivarla
Cómo nació la justificación. El texto justificado surgió de algo que podría describirse como la vanidad de Gutenberg, que quería que su imprenta produjera, paradójicamente, textos indistinguibles de la escritura manual. El impresor diseñó variantes de sus caracteres (versiones ligeramente más anchas y ligeramente más estrechas) para que las líneas de texto siempre llegaran al ancho completo de la caja tipográfica, sin espacios en blanco sobrantes. El texto impreso necesitaba parecerse al texto copiado a mano para ser aceptado por la sociedad, ya que los libros manuscritos eran objetos de autoridad religiosa e institucional, y la imprenta tenía que ganarse ese mismo estatus.
La práctica tipográfica de Gutenberg hizo posible la impresión justificada y esa convención quedó establecida en los estilos tipográficos que surgieron de su taller. Lo que empezó como una imitación se convirtió en norma, y la norma se convirtió en sinónimo de seriedad editorial en los siglos sucesivos.
El oficio de ajustar. Durante quinientos años, justificar el texto correctamente era un oficio. Los compositores tipográficos controlaban el ancho exacto de las columnas, ajustaban el interletrado, gestionaban la partición de palabras con silabarios y eliminaban manualmente las líneas viudas y huérfanas (esas líneas sueltas que quedan aisladas al inicio o al final de una página). Era trabajo artesanal y un texto mal justificado en una imprenta profesional era señal de incompetencia.
Llegan los procesadores. Estos programas democratizaron la justificación en los años ochenta y noventa. Microsoft Word añadió el botón de justificación y millones de personas lo activaron sin disponer de las herramientas para usarlo bien: sin control del ancho de columna, sin diccionario de silabeo activado y sin ajuste de interlineado. El resultado es lo que cualquiera puede ver en un documento Word justificado con líneas cortas: espacios entre palabras que se abren de manera grotesca, ríos tipográficos evidentes incluso para ojos no entrenados…
Y de ahí a internet. La web heredó el hábito. Como señala la Web Style Guide, referencia clásica de diseño web, "los navegadores modernos soportan texto justificado, pero lo logran mediante ajustes burdos del espaciado entre palabras", sin la sofisticación que requiere hacerlo bien. La diferencia con un libro en papel es que en el formato físico, los libros se justifican con resultados aceptables porque el editor controla variables críticas: el ancho exacto de la caja de texto, el cuerpo de la fuente, el interlineado, el silabeo automático calibrado para fuentes concretas…
Y ahí es donde puede que Substack se haya pasado de frenada, porque no ofrece nada de eso: el ancho del texto de cada dispositivo, el tamaño de fuente que cada lector haya configurado en su navegador, la resolución de la pantalla… Lo que en un monitor de 27 pulgadas puede tener una apariencia razonablemente ordenada, en un teléfono móvil con letras grandes se produce precisamente el peor escenario tipográfico: líneas cortas con pocas palabras y espaciados enormes entre ellas. Caos total bajo la apariencia de orden absoluto.
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La noticia
Si odias al texto justificado, tenemos buenas noticias: lo más probable es que tengas razón
fue publicada originalmente en
Xataka
por
John Tones
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La plataforma de newsletters Substack ha lanzado esta semana la posibilidad de modificar la alineación del texto en los posts, permitiendo a sus usuarios justificar a la derecha. Muchos habrán abrazado la posibiliad porque la columna perfectamente alineada a ambos lados parece más profesional, más seria, más literaria. Sin embargo, esa sensación tiene un origen muy concreto… y ese origen nada tiene que ver con hacer los textos más legibles.
Por qué nos gusta cuadrar. Hay algo muy humano en igualar los márgenes, y crear una silueta rectangular y limpia. Es lo contrario al texto alineado solo a la izquierda, que a la derecha termina donde acaba la última palabra de cada línea. La columna justificada, en cambio, transmite orden, control y una sensación de que el texto está más pensado.
Pero. En una pantalla, la justificación casi siempre perjudica al lector. La razón tiene que ver con algo que los tipógrafos llaman «ríos tipográficos»: cuando un procesador de texto o un sistema web extiende las líneas para que lleguen al margen derecho, lo hace ensanchando los espacios entre palabras. Ese ensanchamiento no es uniforme: depende de cuántas palabras hay en cada línea y genera franjas de espacio en blanco que corren en diagonal por el texto. Es un efecto característico del justificado a la derecha y el ojo las percibe como ruido visual, con el consiguiente desgaste cognitivo y agotamiento el lector.
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Eso lleva a que el margen irregular derecho sea, contraintuitivamente, una ayuda a la lectura: esa silueta dentada sirve como ancla visual. El ojo, al terminar una línea, necesita encontrar el inicio de la siguiente. El patrón irregular le da pistas, una especie de perfil que reconoce. Pero si el margen derecho tiene el texto perfectamente justificado, se eliminan esas pistas: todas las líneas terminan igual, y el salto de una a otra exige más trabajo de rastreo. El margen izquierdo uniforme y predecible del texto mejora la legibilidad porque el salto de la vista al pasar de una línea a otra es inevitable, pero es preferible que luego las líneas sean uniformes, sin los mencionados ríos tipográficos. Por eso, es preferible que las desigualdades caigan al final de las líneas, donde no molestan.
Complicaciones para disléxicos. El texto justificado agrava las dificultades lectoras en personas disléxicas, ya que los mencionados ríos tipográficos rompen un ritmo que ya es frágil de por sí con esta dolencia. Al parecer, los lectores disléxicos utilizan estrategias de muestreo visual distintas a las personas que no lo son, con fijaciones más largas y saltos más cortos, lo que hace su proceso de lectura más laborioso. Cualquier factor que añada irregularidad al espaciado complica aún más ese proceso. Por eso las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web (WCAG 2.1) recomiendan explícitamente evitar la justificación completa y exigen que, si se usa, el usuario pueda desactivarla
Cómo nació la justificación. El texto justificado surgió de algo que podría describirse como la vanidad de Gutenberg, que quería que su imprenta produjera, paradójicamente, textos indistinguibles de la escritura manual. El impresor diseñó variantes de sus caracteres (versiones ligeramente más anchas y ligeramente más estrechas) para que las líneas de texto siempre llegaran al ancho completo de la caja tipográfica, sin espacios en blanco sobrantes. El texto impreso necesitaba parecerse al texto copiado a mano para ser aceptado por la sociedad, ya que los libros manuscritos eran objetos de autoridad religiosa e institucional, y la imprenta tenía que ganarse ese mismo estatus.
La práctica tipográfica de Gutenberg hizo posible la impresión justificada y esa convención quedó establecida en los estilos tipográficos que surgieron de su taller. Lo que empezó como una imitación se convirtió en norma, y la norma se convirtió en sinónimo de seriedad editorial en los siglos sucesivos.
El oficio de ajustar. Durante quinientos años, justificar el texto correctamente era un oficio. Los compositores tipográficos controlaban el ancho exacto de las columnas, ajustaban el interletrado, gestionaban la partición de palabras con silabarios y eliminaban manualmente las líneas viudas y huérfanas (esas líneas sueltas que quedan aisladas al inicio o al final de una página). Era trabajo artesanal y un texto mal justificado en una imprenta profesional era señal de incompetencia.
Llegan los procesadores. Estos programas democratizaron la justificación en los años ochenta y noventa. Microsoft Word añadió el botón de justificación y millones de personas lo activaron sin disponer de las herramientas para usarlo bien: sin control del ancho de columna, sin diccionario de silabeo activado y sin ajuste de interlineado. El resultado es lo que cualquiera puede ver en un documento Word justificado con líneas cortas: espacios entre palabras que se abren de manera grotesca, ríos tipográficos evidentes incluso para ojos no entrenados…
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Y ahí es donde puede que Substack se haya pasado de frenada, porque no ofrece nada de eso: el ancho del texto de cada dispositivo, el tamaño de fuente que cada lector haya configurado en su navegador, la resolución de la pantalla… Lo que en un monitor de 27 pulgadas puede tener una apariencia razonablemente ordenada, en un teléfono móvil con letras grandes se produce precisamente el peor escenario tipográfico: líneas cortas con pocas palabras y espaciados enormes entre ellas. Caos total bajo la apariencia de orden absoluto.
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