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Pregunta equivocada tras un feminicidio: "¿Por qué ella no se fue?"

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Cada vez que ocurre un feminicidio, la pregunta aparece casi de inmediato.

"¿Y por qué ella no se fue?"

La leemos en los comentarios de las noticias, en las conversaciones familiares, en las redes sociales y hasta en espacios donde se supone que estamos intentando comprender lo ocurrido. Parece una pregunta lógica. Incluso parece una pregunta justa.

Pero me pregunto si realmente estamos mirando en la dirección correcta. Porque detrás de esa interrogante suele esconderse una idea peligrosa: asumir que una persona que vive violencia tiene la misma capacidad de decidir, la misma libertad y los mismos recursos emocionales que alguien que no la vive.

Y la realidad es mucho más compleja.

Cuando una noticia de este tipo llega a la luz pública, rápidamente aparecen frases conocidas: "ella volvió", "ella lo perdonó", "ella ya sabía cómo él era". Como si la historia diera inicio el día en que ocurrió la tragedia y no mucho antes.

La mayoría de las relaciones violentas no inician con golpes. Si así fuera, probablemente muchas terminarían antes de empezar.

La violencia suele llegar disfrazada de algo mucho más difícil de identificar. A veces se presenta como protección excesiva. Otras veces como celos que se confunden con amor. Como llamadas constantes para saber dónde estás. Como críticas disfrazadas de consejos. Como un aislamiento lento y progresivo de familiares, amistades y espacios propios.

El impacto psicológico de la violencia

Lo peligroso de este proceso es que ocurre poco a poco. Tan poco a poco que, cuando la víctima intenta comprender lo que está pasando, muchas veces ya ha perdido parte de la confianza en sí misma, de su autonomía y de su capacidad para reconocer el riesgo.

Desde la psicología sabemos que la violencia sostenida no afecta únicamente la seguridad física. También transforma la manera en que una persona piensa, siente y toma decisiones. El miedo constante genera un estado de alerta permanente.

La ansiedad ocupa espacios que antes estaban destinados a la reflexión. La culpa comienza a aparecer incluso cuando no existe responsabilidad alguna. Y la autoestima, golpeada una y otra vez, termina debilitando la capacidad de actuar.

Por eso quedarse no siempre es una decisión libre. A veces se permanece por miedo. Miedo a las amenazas. Miedo a las represalias. Miedo a que el agresor cumpla aquello que ha prometido hacer si la relación termina.

Otras veces existen hijos de por medio, dependencia económica o una red de apoyo prácticamente inexistente porque el aislamiento hizo su trabajo durante años.

Y también existe algo profundamente humano: la esperanza. La esperanza de que las cosas cambien, de volver a encontrar a la persona de la que un día se enamoraron. La esperanza de que el próximo episodio sea realmente el último.

Cuando el miedo condiciona las decisiones

Quizá por eso una de las cosas más difíciles de comprender desde afuera es que el momento de la separación suele ser uno de los más peligrosos. Cuando el agresor siente que pierde el control, la violencia puede intensificarse. Irse no siempre representa seguridad inmediata; en muchos casos representa un riesgo mayor.

Expandir imagenhttps://resources.diariolibre.com/images/2026/07/01/shutterstock2288195655-8e30c17b.jpg

Infografía

Por eso tantas víctimas intentan salir varias veces antes de lograr romper definitivamente el vínculo. No porque sean débiles, ni porque les guste sufrir. No porque carezcan de carácter.

Sino porque llevan años enfrentando un proceso de manipulación, coerción y desgaste emocional que rara vez se ve desde afuera.

Y es precisamente ahí donde deberíamos detenernos como sociedad.

Porque mientras seguimos preguntando por qué ella no se fue, pocas veces preguntamos por qué él creyó que tenía derecho a controlar, amenazar o destruir.

Seguimos examinando las decisiones de la víctima con una lupa implacable mientras normalizamos señales de violencia que aparecen mucho antes de la tragedia.

Tal vez la pregunta correcta nunca fue por qué se quedó.

Tal vez la pregunta correcta es por qué seguimos educando a las mujeres para sobrevivir a la violencia en lugar de educar a los hombres para no ejercerla.

Por qué seguimos juzgando a quien tuvo miedo en lugar de cuestionar a quien provocó ese miedo.

Por qué seguimos buscando explicaciones en la conducta de la víctima mientras ignoramos las múltiples formas en que la violencia se instala, crece y se fortalece frente a nuestros ojos.

Porque la realidad es que nadie sabe cómo reaccionará ante una situación de violencia sostenida hasta que la vive.

Y si queremos prevenir más tragedias, necesitamos aprender a reconocer las señales antes de que sea demasiado tarde. Pero, sobre todo, necesitamos desarrollar algo que a veces parece más escaso que la información: empatía.

Porque para muchas mujeres, irse nunca fue tan simple como parece desde afuera.

Deja que tu mente hable en voz alta.

​Cada vez que ocurre un feminicidio, la pregunta aparece casi de inmediato."¿Y por qué ella no se fue?"La leemos en los comentarios de las noticias, en las conversaciones familiares, en las redes sociales y hasta en espacios donde se supone que estamos intentando comprender lo ocurrido. Parece una pregunta lógica. Incluso parece una pregunta justa.Pero me pregunto si realmente estamos mirando en la dirección correcta. Porque detrás de esa interrogante suele esconderse una idea peligrosa: asumir que una persona que vive violencia tiene la misma capacidad de decidir, la misma libertad y los mismos recursos emocionales que alguien que no la vive.Y la realidad es mucho más compleja.Cuando una noticia de este tipo llega a la luz pública, rápidamente aparecen frases conocidas: "ella volvió", "ella lo perdonó", "ella ya sabía cómo él era". Como si la historia diera inicio el día en que ocurrió la tragedia y no mucho antes.La mayoría de las relaciones violentas no inician con golpes. Si así fuera, probablemente muchas terminarían antes de empezar.La violencia suele llegar disfrazada de algo mucho más difícil de identificar. A veces se presenta como protección excesiva. Otras veces como celos que se confunden con amor. Como llamadas constantes para saber dónde estás. Como críticas disfrazadas de consejos. Como un aislamiento lento y progresivo de familiares, amistades y espacios propios.El impacto psicológico de la violenciaLo peligroso de este proceso es que ocurre poco a poco. Tan poco a poco que, cuando la víctima intenta comprender lo que está pasando, muchas veces ya ha perdido parte de la confianza en sí misma, de su autonomía y de su capacidad para reconocer el riesgo.Desde la psicología sabemos que la violencia sostenida no afecta únicamente la seguridad física. También transforma la manera en que una persona piensa, siente y toma decisiones. El miedo constante genera un estado de alerta permanente. La ansiedad ocupa espacios que antes estaban destinados a la reflexión. La culpa comienza a aparecer incluso cuando no existe responsabilidad alguna. Y la autoestima, golpeada una y otra vez, termina debilitando la capacidad de actuar.Por eso quedarse no siempre es una decisión libre. A veces se permanece por miedo. Miedo a las amenazas. Miedo a las represalias. Miedo a que el agresor cumpla aquello que ha prometido hacer si la relación termina.Otras veces existen hijos de por medio, dependencia económica o una red de apoyo prácticamente inexistente porque el aislamiento hizo su trabajo durante años.Y también existe algo profundamente humano: la esperanza. La esperanza de que las cosas cambien, de volver a encontrar a la persona de la que un día se enamoraron. La esperanza de que el próximo episodio sea realmente el último.Cuando el miedo condiciona las decisionesQuizá por eso una de las cosas más difíciles de comprender desde afuera es que el momento de la separación suele ser uno de los más peligrosos. Cuando el agresor siente que pierde el control, la violencia puede intensificarse. Irse no siempre representa seguridad inmediata; en muchos casos representa un riesgo mayor.https://resources.diariolibre.com/images/2026/07/01/shutterstock2288195655-8e30c17b.jpgPor eso tantas víctimas intentan salir varias veces antes de lograr romper definitivamente el vínculo. No porque sean débiles, ni porque les guste sufrir. No porque carezcan de carácter.Sino porque llevan años enfrentando un proceso de manipulación, coerción y desgaste emocional que rara vez se ve desde afuera.Y es precisamente ahí donde deberíamos detenernos como sociedad.Porque mientras seguimos preguntando por qué ella no se fue, pocas veces preguntamos por qué él creyó que tenía derecho a controlar, amenazar o destruir.Seguimos examinando las decisiones de la víctima con una lupa implacable mientras normalizamos señales de violencia que aparecen mucho antes de la tragedia.Tal vez la pregunta correcta nunca fue por qué se quedó.Tal vez la pregunta correcta es por qué seguimos educando a las mujeres para sobrevivir a la violencia en lugar de educar a los hombres para no ejercerla.Por qué seguimos juzgando a quien tuvo miedo en lugar de cuestionar a quien provocó ese miedo.Por qué seguimos buscando explicaciones en la conducta de la víctima mientras ignoramos las múltiples formas en que la violencia se instala, crece y se fortalece frente a nuestros ojos.Porque la realidad es que nadie sabe cómo reaccionará ante una situación de violencia sostenida hasta que la vive.Y si queremos prevenir más tragedias, necesitamos aprender a reconocer las señales antes de que sea demasiado tarde. Pero, sobre todo, necesitamos desarrollar algo que a veces parece más escaso que la información: empatía.Porque para muchas mujeres, irse nunca fue tan simple como parece desde afuera.Deja que tu mente hable en voz alta. Leer más Las ventanas rotas Sobre el béisbol, un país unido y las batallas personales ¿Alguna vez te rompiste de verdad? Sobre el estrés del amor  Revista, columnistas, Linandra Javier, Santo Domingo, Violencia de género, Feminicidio, preguntas 

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