Ciencia y Tecnología
Los hombres que cerraron el nuevo agujero de Chernóbil: "El destino nos dio una oportunidad de ponernos a prueba hasta el límite"
La historia la hemos contado. En 1986, tres ingenieros soviéticos se ofrecieron voluntarios para entrar en los túneles inundados bajo el reactor de la central nuclear de Chernóbil y abrir unas válvulas que podían evitar una segunda explosión devastadora. Durante años se creyó que habían muerto poco después por radiación, pero la realidad fue aún más extraña: dos sobrevivieron durante décadas. La historia resume bien la paradoja de Chernóbil: el mayor peligro nuclear muchas veces no llega con una bomba, sino con un reactor fuera de control.
El regreso del fantasma. Casi cuarenta años después de la explosión del reactor número 4 de la Central nuclear de Chernóbil, el lugar volvió a vivir escenas que parecían enterradas con la Unión Soviética. Como contamos entonces, en febrero de 2025, un dron explosivo ruso abrió un agujero en la gigantesca estructura de confinamiento levantada sobre el viejo sarcófago y provocó un incendio interno.
De repente, los bomberos ucranianos tuvieron que volver a escalar una instalación radiactiva para contener un fuego sobre el símbolo más grande del desastre nuclear civil de la historia. La imagen tenía un eco perturbador: hombres subiendo hacia la radiación otra vez, como en 1986.

Subir al infierno helado. La operación fue brutal. Durante dos semanas, más de cien rescatistas trabajaron en turnos de apenas treinta minutos para reducir su exposición mientras combatían un fuego oculto entre las membranas del techo. El agua se congelaba casi al instante por las temperaturas extremas y el viento azotaba una estructura de treinta pisos de altura.
Resumía la lógica de aquella misión en una entrevista al Wall Street Journal Oleksiy Chuprov, uno de los trabajadores de emergencias ucranianos que participó directamente en la operación para extinguir el incendio provocado, y lo hacía con frialdad: “Simplemente hicimos nuestro trabajo”. Luego añadió algo más revelador: “El destino nos dio una oportunidad de ponernos a prueba hasta el límite”. No era heroísmo retórico, era la constatación de que Chernóbil sigue siendo un lugar donde el margen de error es cero.
El nuevo enemigo nuclear. Aquí aparece la idea central del drama actual. Durante décadas, la amenaza nuclear se asociaba a misiles, cabezas atómicas y doctrina de destrucción mutua. Hoy, según el historiador Serhii Plokhy, el peligro se ha desplazado: “la verdadera amenaza nuclear hoy viene mucho más de los átomos para la paz que de los átomos para la guerra”.
La frase no es baladí porque en realidad redefine todo. El reactor no genera electricidad desde 2000, pero sigue conteniendo 200 toneladas de material altamente radiactivo. Lo que antes era un monumento a un accidente ahora se ha convertido en un objetivo vulnerable dentro de una guerra convencional.

Cuando una central se convierte en arma. Porque la guerra de Ucrania ha demostrado que las infraestructuras nucleares civiles son ya piezas estratégicas. Rusia ocupó Chernóbil en 2022 y sigue controlando la central de Central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa.
Además, sus ataques contra subestaciones eléctricas obligan a Ucrania a depender todavía más de sus reactores para mantener el sistema energético vivo. La presión no es solo militar, es psicológica y política. Cada misil que pasa cerca de una planta nuclear convierte la energía civil en rehén del conflicto.
El agujero que cambia la ecuación. El impacto del dron ruso no destruyó el confinamiento, pero sí rompió la sensación de invulnerabilidad que rodeaba la enorme estructura de acero de 1.750 millones de dólares instalada en 2019.
Diseñada para resistir tornados, incendios forestales y el paso del tiempo, no estaba pensada para absorber ataques directos de guerra. Ahora Ucrania necesita 580 millones de dólares para repararla y evitar corrosión irreversible. El agujero físico es también conceptual: demuestra que incluso las mejores soluciones nucleares civiles pueden ser reabiertas por la guerra.
La ignorancia como riesgo añadido. Durante la ocupación rusa de Chernóbil, los soldados cavaron trincheras y colocaron minas en terreno contaminado sin comprender realmente dónde estaban. Oleh Lebedev, uno de los rescatistas, lo explicó de forma devastadora: “No tenían absolutamente ni idea del control de radiación ni de dónde estaban”.
La frase también resume otro peligro moderno: no solo la agresión deliberada, sino la ignorancia operativa sobre instalaciones que siguen siendo extremadamente sensibles. En una guerra como la de Ucrania, el accidente puede llegar tan rápido como un simple ataque.
La frontera borrada. Lo que ocurre en Chernóbil es una advertencia global. La línea entre energía para vivir y para destruir, como contaba Plokhy, está cada vez más difuminada. Un reactor apagado puede seguir siendo una bomba potencial si se le golpea en el lugar correcto. Y una central activa puede convertirse en escudo militar, en herramienta de chantaje o en objetivo estratégico.
Por eso, los hombres que hoy suben a tapar el agujero de Chernóbil no están solo conteniendo un incendio, están intentando mantener cerrada la puerta por la que podría colarse una nueva catástrofe nuclear.
Imagen | Wikimedia, Tim Porter
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La noticia
Los hombres que cerraron el nuevo agujero de Chernóbil: "El destino nos dio una oportunidad de ponernos a prueba hasta el límite"
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
La historia la hemos contado. En 1986, tres ingenieros soviéticos se ofrecieron voluntarios para entrar en los túneles inundados bajo el reactor de la central nuclear de Chernóbil y abrir unas válvulas que podían evitar una segunda explosión devastadora. Durante años se creyó que habían muerto poco después por radiación, pero la realidad fue aún más extraña: dos sobrevivieron durante décadas. La historia resume bien la paradoja de Chernóbil: el mayor peligro nuclear muchas veces no llega con una bomba, sino con un reactor fuera de control.
El regreso del fantasma. Casi cuarenta años después de la explosión del reactor número 4 de la Central nuclear de Chernóbil, el lugar volvió a vivir escenas que parecían enterradas con la Unión Soviética. Como contamos entonces, en febrero de 2025, un dron explosivo ruso abrió un agujero en la gigantesca estructura de confinamiento levantada sobre el viejo sarcófago y provocó un incendio interno.
De repente, los bomberos ucranianos tuvieron que volver a escalar una instalación radiactiva para contener un fuego sobre el símbolo más grande del desastre nuclear civil de la historia. La imagen tenía un eco perturbador: hombres subiendo hacia la radiación otra vez, como en 1986.
Subir al infierno helado. La operación fue brutal. Durante dos semanas, más de cien rescatistas trabajaron en turnos de apenas treinta minutos para reducir su exposición mientras combatían un fuego oculto entre las membranas del techo. El agua se congelaba casi al instante por las temperaturas extremas y el viento azotaba una estructura de treinta pisos de altura.
Resumía la lógica de aquella misión en una entrevista al Wall Street Journal Oleksiy Chuprov, uno de los trabajadores de emergencias ucranianos que participó directamente en la operación para extinguir el incendio provocado, y lo hacía con frialdad: “Simplemente hicimos nuestro trabajo”. Luego añadió algo más revelador: “El destino nos dio una oportunidad de ponernos a prueba hasta el límite”. No era heroísmo retórico, era la constatación de que Chernóbil sigue siendo un lugar donde el margen de error es cero.
El nuevo enemigo nuclear. Aquí aparece la idea central del drama actual. Durante décadas, la amenaza nuclear se asociaba a misiles, cabezas atómicas y doctrina de destrucción mutua. Hoy, según el historiador Serhii Plokhy, el peligro se ha desplazado: “la verdadera amenaza nuclear hoy viene mucho más de los átomos para la paz que de los átomos para la guerra”.
La frase no es baladí porque en realidad redefine todo. El reactor no genera electricidad desde 2000, pero sigue conteniendo 200 toneladas de material altamente radiactivo. Lo que antes era un monumento a un accidente ahora se ha convertido en un objetivo vulnerable dentro de una guerra convencional.
Cuando una central se convierte en arma. Porque la guerra de Ucrania ha demostrado que las infraestructuras nucleares civiles son ya piezas estratégicas. Rusia ocupó Chernóbil en 2022 y sigue controlando la central de Central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa.
Además, sus ataques contra subestaciones eléctricas obligan a Ucrania a depender todavía más de sus reactores para mantener el sistema energético vivo. La presión no es solo militar, es psicológica y política. Cada misil que pasa cerca de una planta nuclear convierte la energía civil en rehén del conflicto.
El agujero que cambia la ecuación. El impacto del dron ruso no destruyó el confinamiento, pero sí rompió la sensación de invulnerabilidad que rodeaba la enorme estructura de acero de 1.750 millones de dólares instalada en 2019.
Diseñada para resistir tornados, incendios forestales y el paso del tiempo, no estaba pensada para absorber ataques directos de guerra. Ahora Ucrania necesita 580 millones de dólares para repararla y evitar corrosión irreversible. El agujero físico es también conceptual: demuestra que incluso las mejores soluciones nucleares civiles pueden ser reabiertas por la guerra.
La ignorancia como riesgo añadido. Durante la ocupación rusa de Chernóbil, los soldados cavaron trincheras y colocaron minas en terreno contaminado sin comprender realmente dónde estaban. Oleh Lebedev, uno de los rescatistas, lo explicó de forma devastadora: “No tenían absolutamente ni idea del control de radiación ni de dónde estaban”.
La frase también resume otro peligro moderno: no solo la agresión deliberada, sino la ignorancia operativa sobre instalaciones que siguen siendo extremadamente sensibles. En una guerra como la de Ucrania, el accidente puede llegar tan rápido como un simple ataque.
En Xataka
Llevábamos años preguntándonos por qué los jabalís de Chernóbil eran tan radiactivos. La respuesta no estaba en el accidente
La frontera borrada. Lo que ocurre en Chernóbil es una advertencia global. La línea entre energía para vivir y para destruir, como contaba Plokhy, está cada vez más difuminada. Un reactor apagado puede seguir siendo una bomba potencial si se le golpea en el lugar correcto. Y una central activa puede convertirse en escudo militar, en herramienta de chantaje o en objetivo estratégico.
Por eso, los hombres que hoy suben a tapar el agujero de Chernóbil no están solo conteniendo un incendio, están intentando mantener cerrada la puerta por la que podría colarse una nueva catástrofe nuclear.
Imagen | Wikimedia, Tim Porter
En Xataka | Por si no había suficiente “gasolina” en 2026, el ataque de un dron ruso ha cruzado una línea roja: la de Chernóbil
En Xataka | Creíamos que la "pata de elefante" era el punto más radioactivo del reactor 4 de Chernóbil. Estábamos equivocados
– La noticia
Los hombres que cerraron el nuevo agujero de Chernóbil: "El destino nos dio una oportunidad de ponernos a prueba hasta el límite"
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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