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Economía

Por qué divergen las economías

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Si el artículo anterior permitió identificar el período en que Haití y la República Dominicana comenzaron a separarse de forma persistente, el problema que se abre ahora es de otra naturaleza. La pregunta ya no es cuándo comenzó a ampliarse la distancia entre ambas economías, sino por qué esa distancia logró sostenerse durante tantas décadas y de qué manera terminó convirtiéndose en un rasgo dominante de la isla.

Responder a esa pregunta exige pasar de la cronología al mecanismo. La divergencia entre economías no puede explicarse únicamente como una diferencia en tasas de crecimiento observadas a lo largo del tiempo. Lo que importa entender es qué convierte diferencias iniciales relativamente acotadas en brechas duraderas y crecientes.
En la teoría del crecimiento, ese mecanismo suele encontrarse en la productividad. Como planteó Robert Solow, la acumulación de capital ayuda a explicar parte del crecimiento, pero las diferencias persistentes entre economías dependen, en gran medida, de la capacidad de generar aumentos continuos en productividad. Esa capacidad no es un residuo abstracto ni una variable puramente técnica. Resume la manera en que una economía organiza su producción, coordina decisiones, aprende, incorpora conocimiento y sostiene en el tiempo procesos de cambio.

La productividad, sin embargo, no surge de forma aislada. Depende de condiciones que permitan sostener procesos económicos de cierta continuidad. Es en ese punto donde las instituciones adquieren relevancia. En el sentido desarrollado por Douglass North, las instituciones son las reglas —formales e informales— que estructuran la interacción económica y delimitan el horizonte dentro del cual los agentes toman decisiones. Estas reglas inciden sobre el tipo de inversión que se realiza, sobre los sectores donde esa inversión se concentra y sobre la posibilidad de mantener procesos de aprendizaje productivo a lo largo del tiempo.

Cuando ese horizonte es relativamente estable, la inversión puede proyectarse más allá del corto plazo, el aprendizaje puede acumularse y la organización económica puede volverse más compleja. Cuando no lo es, los incentivos se acortan, las decisiones tienden a concentrarse en actividades de retorno inmediato y la economía encuentra más dificultades para sostener trayectorias de transformación prolongadas.

Esta relación entre instituciones y productividad no debe entenderse de forma mecánica. Las instituciones no producen crecimiento por sí solas, ni basta con clasificarlas como “buenas” o “malas” para explicar la trayectoria de una economía. Lo que hacen es condicionar la posibilidad de sostener procesos de acumulación, aprendizaje y reorganización productiva. En este sentido, su importancia no reside únicamente en su forma jurídica o política, sino en la continuidad que permiten o dificultan en la vida económica.

Este punto es particularmente útil para interpretar la historia de La Española. En el plano más general, la isla ofrece un caso extremo de trayectorias que, habiendo compartido geografía, clima y acceso a rutas marítimas similares, terminan separándose de manera muy marcada. Para entender cómo ocurre ese proceso, conviene retroceder al funcionamiento de la isla dentro de la economía atlántica del siglo XVIII.

Durante ese período, el lado occidental —la colonia francesa de Saint-Domingue— constituía uno de los espacios más productivos del mundo. Su inserción en los circuitos comerciales internacionales, apoyada en la producción de azúcar, café y otros bienes de exportación, generaba niveles de ingreso elevados para la época. Esa productividad, sin embargo, estaba asociada a una organización altamente concentrada, basada en trabajo forzado y orientada casi exclusivamente hacia el exterior.

Desde la perspectiva de la economía del desarrollo, este caso permite observar una diferencia decisiva entre producción elevada y desarrollo sostenido. Una economía puede alcanzar altos niveles de productividad en un momento histórico determinado sin que ello implique la existencia de condiciones capaces de reproducir esa productividad en el tiempo bajo otros arreglos sociales y políticos. La continuidad no está garantizada por el nivel inicial de producción. Depende de la posibilidad de reorganizar la base económica cuando cambian las condiciones que la sostienen.

La ruptura de ese sistema a finales del siglo XVIII transforma por completo el problema económico del territorio. La Revolución haitiana no solo implica un cambio político de una magnitud extraordinaria. Implica también el colapso de una organización productiva que, aunque eficiente en términos de generación de excedentes, no podía sostenerse una vez desaparecidas las condiciones que la habían hecho posible. La independencia en 1804 abre entonces un problema completamente distinto: cómo reorganizar una economía capaz de sostener producción en el tiempo bajo un entorno nuevo, marcado por aislamiento externo, presiones financieras y dificultades internas en la organización del poder.

Las décadas posteriores reflejan la complejidad de esa tarea. Las experiencias de Henri Christophe en el norte y Alexandre Pétion en el sur muestran formas distintas de construcción estatal dentro de un entorno profundamente incierto. Estos procesos no deben leerse únicamente como episodios políticos. También expresan la dificultad de construir una base de continuidad económica capaz de reemplazar el sistema anterior.
Para observar cómo ambas trayectorias evolucionan en perspectiva larga, resulta útil sintetizarlas en un cuadro comparado.

La tabla no debe leerse como una oposición simple entre estabilidad e inestabilidad. Durante largos períodos, ambos lados de la isla enfrentaron crisis políticas, fragilidad estatal y rupturas en la continuidad del poder. La diferencia relevante aparece en otro nivel: en la capacidad de sostener, durante períodos suficientemente largos, una organización económica que permita inversión, coordinación y aprendizaje acumulativo.

Es a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando esa diferencia empieza a hacerse visible con mayor nitidez. La República Dominicana logra sostener procesos productivos durante intervalos más prolongados. Haití, en cambio, enfrenta más interrupciones en la continuidad de esos procesos. El resultado no es una ausencia total de actividad económica en uno y prosperidad uniforme en el otro, sino una diferencia creciente en la posibilidad de acumular capacidades productivas.

Aquí es donde la discusión sobre instituciones y productividad encuentra su punto más fértil. Las reglas, la continuidad de las decisiones públicas y la capacidad de coordinar actores económicos inciden sobre el tipo de economía que puede organizarse. Cuando ese entorno permite sostener procesos de más largo aliento, aparecen sectores que exigen y refuerzan nuevas capacidades. Cuando no lo permite, la economía tiende a permanecer más limitada en su base de aprendizaje y coordinación.

En la República Dominicana, la expansión del turismo, de las zonas francas y de los servicios asociados al comercio internacional no debe verse solo como una suma de sectores que crecieron. Lo decisivo es que estos sectores ayudaron a modificar la forma en que se organiza la economía. Exigieron coordinación, favorecieron nuevas formas de gestión, ampliaron la inserción internacional y generaron espacios donde el aprendizaje podía acumularse. La importancia de estos sectores no reside únicamente en los ingresos que produjeron, sino en la continuidad económica que ayudaron a sostener.

En Haití, por el contrario, la dificultad para mantener entornos de continuidad comparables limitó la posibilidad de desarrollar procesos semejantes con la misma persistencia. Esto no implica ausencia de iniciativa empresarial ni de actividad económica. Implica, más bien, que el entorno dentro del cual esa actividad se desarrolla presenta mayores obstáculos para sostener ciclos prolongados de inversión, aprendizaje y reorganización productiva.

La literatura reciente ha enriquecido este punto. Daron Acemoglu y James A. Robinson han propuesto distinguir entre arreglos que concentran el control económico y otros que amplían la participación en la actividad productiva. En el caso de La Española, este enfoque resulta útil no como explicación única, sino como una herramienta para comprender por qué determinadas trayectorias institucionales terminan ampliando o limitando la base sobre la cual se organiza la actividad económica.

Lo importante, en cualquier caso, no es elegir entre instituciones o productividad como si se tratara de causas separadas. La relación entre ambas es acumulativa. Las instituciones condicionan la continuidad de la acción económica; esa continuidad incide sobre la productividad; y la productividad, a su vez, refuerza o limita la capacidad de sostener nuevos procesos de transformación. De ese modo, diferencias relativamente acotadas pueden convertirse, con el tiempo, en brechas persistentes.

La divergencia entre Haití y la República Dominicana no es, por tanto, el resultado de una condición inicial inmutable. Tampoco puede reducirse a una secuencia de crisis políticas aisladas. Es el resultado de una interacción prolongada entre continuidad institucional, organización económica y capacidad de sostener aumentos en productividad durante períodos sucesivos.

Visto desde esta perspectiva, el problema cambia de escala. Ya no se trata solo de constatar que ambos países son distintos o que uno creció más que el otro. Se trata de comprender por qué una trayectoria logra sostener procesos de aprendizaje y acumulación durante períodos suficientemente largos como para transformar su economía, mientras la otra encuentra mayores obstáculos para hacerlo.

Esa diferencia es la que convierte la distancia entre ambas economías en algo más que una simple brecha de ingreso. Le da forma a la interacción entre dos trayectorias vecinas y prepara el terreno para el problema que más adelante aparecerá con claridad: la manera en que esa diferencia, lejos de permanecer contenida, se proyecta sobre el funcionamiento cotidiano de la isla.

La cuestión ya no es solo por qué divergen las economías, sino cómo esa divergencia se vive, se transmite y termina organizando la experiencia concreta de quienes habitan un mismo espacio compartido.

Ese será el foco del siguiente artículo.

 

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