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Economía

Cómo Haití y la República Dominicana comenzaron a separarse

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Durante buena parte del siglo XX, la distancia económica entre Haití y la República Dominicana no tenía la magnitud que observamos hoy. La brecha actual, por tanto, no forma parte de una condición permanente de la historia de la isla. Es un fenómeno que se vuelve visible en un período relativamente reciente y que, desde entonces, no ha dejado de ampliarse.

Precisar este punto es importante porque cambia la forma en que se interpreta la relación entre ambos países. Si la diferencia actual hubiera existido siempre en términos comparables, el problema podría presentarse como una condición heredada y prácticamente inmutable. Pero la evidencia histórica sugiere otra cosa: la distancia entre ambas economías se fue construyendo en el tiempo. No apareció de golpe ni respondió a un único episodio. Fue tomando forma a través de trayectorias que, durante un largo período, no estaban tan claramente separadas.

Conviene introducir aquí una cautela metodológica. Cuando se trabaja con reconstrucciones históricas de largo plazo, no toda comparación es igualmente sólida para todos los períodos. En el caso de Haití y la República Dominicana, el Maddison Project Database permite una serie homogénea y comparable de ingreso por habitante para los países actuales a partir de 1950. Para etapas anteriores, el mismo archivo no ofrece una secuencia equivalente para ambos casos. Esto obliga a distinguir entre dos planos del análisis: por un lado, la observación histórica de que la distancia no siempre tuvo la magnitud actual; por otro, la serie cuantitativa estrictamente comparable, que arranca a mediados del siglo XX.

Esta distinción no debilita el argumento. Al contrario, lo vuelve más preciso. La historia de la isla permite afirmar que la separación entre ambas economías no fue siempre tan pronunciada como lo es hoy. Pero cuando se trata de mostrar con rigor cuándo comienza a ampliarse de forma persistente, lo correcto es trabajar con la serie comparable disponible y no forzar una continuidad estadística que la fuente no respalda.

La necesidad de esa cautela es aún más evidente si se retrocede hacia el siglo XVIII y la primera mitad del XIX. En ese momento, el territorio de la actual Haití formaba parte de Saint-Domingue, una colonia de gran productividad dentro de la economía atlántica, mientras el lado oriental de la isla tenía una densidad económica distinta. Aquella realidad pertenece, sin embargo, a un mundo colonial y a una organización política que no puede trasladarse mecánicamente a los países actuales. Por eso, en lugar de fingir una continuidad estadística donde no la hay, conviene reservar ese período para el análisis histórico y utilizar la serie comparable allí donde la fuente la hace posible.

Bajo ese criterio, el punto de quiebre puede observarse con bastante claridad desde mediados del siglo XX. Hasta entonces, ambos países seguían siendo economías de bajo ingreso. La diferencia existía, pero no definía todavía el perfil general de la isla. A partir de los años cincuenta y sesenta, esa situación comienza a cambiar. La distancia deja de ser moderada y empieza a adquirir una dinámica acumulativa.

Nota metodológica: Los datos de PIB per cápita en términos de paridad de poder adquisitivo (PPP) y población provienen del Maddison Project Database 2023. Las cifras han sido redondeadas para facilitar su exposición sin alterar las tendencias generales. La serie comparable para los países actuales arranca, en esta base, en 1950. Por esa razón, la tabla no debe extenderse artificialmente hacia períodos anteriores como si se tratara de una secuencia homogénea continua.

La tabla permite observar con claridad la trayectoria del cambio. En 1950, Haití aparece todavía ligeramente por encima de la República Dominicana en ingreso por habitante. La distancia es reducida y, en términos de magnitud histórica, no anuncia todavía la brecha contemporánea. Diez años después, la relación ya se ha invertido: la República Dominicana supera a Haití. A partir de ahí, la separación deja de ser marginal y comienza a ensancharse con rapidez.

Este punto merece una lectura cuidadosa. La serie no muestra una progresión lineal ni una separación uniforme. Lo que se observa es una trayectoria en la que la diferencia se amplía con intensidades distintas según el período. En algunos tramos el aumento es más moderado; en otros, más pronunciado. Eso es precisamente lo que cabría esperar en procesos económicos reales. Las economías no divergen como si siguieran una regla mecánica. Lo hacen a través de secuencias irregulares, con aceleraciones, frenos y cambios de ritmo.

Sin embargo, aunque el proceso no sea lineal, sí es persistente. Esa persistencia es el rasgo importante. La distancia no solo aumenta; se consolida. Lo que en 1960 podía parecer una brecha todavía acotada se convierte, con el paso de las décadas, en una diferencia de gran magnitud. Para 2000, la distancia ya es contundente. Para 2010 y 2022, adquiere una escala que define por sí sola la singularidad de la isla.

Este patrón es consistente con lo que Gunnar Myrdal describió como procesos de causalidad acumulativa. Cuando una economía logra sostener cierto dinamismo durante un período prolongado, ese dinamismo tiende a reforzarse a sí mismo. La inversión abre nuevas oportunidades, el aprendizaje económico amplía capacidades y la organización del mercado crea condiciones para que el crecimiento siga apoyándose en sus propios resultados.

En sentido inverso, cuando una economía enfrenta mayores dificultades para sostener esa continuidad, sus limitaciones también tienden a reproducirse. No se trata de ausencia de actividad ni de inmovilidad absoluta. Se trata, más bien, de la dificultad para convertir episodios de expansión en trayectorias duraderas. La divergencia, en ese sentido, no es una suma de eventos independientes. Es una secuencia en la que cada tramo condiciona el siguiente.

La historia económica de la isla parece ajustarse a esta lógica. A partir de la segunda mitad del siglo XX, la República Dominicana entra en una dinámica de transformación gradual. Este proceso no es lineal ni está exento de crisis, pero cambia de manera visible la dirección de la trayectoria. Nuevos sectores comienzan a modificar la composición de la economía, el país amplía su inserción internacional y la base productiva se vuelve más diversa que en décadas anteriores.

Haití, por su parte, encuentra mayores obstáculos para sostener procesos comparables. Las dificultades no se expresan solamente en los niveles de ingreso, sino en la continuidad misma de la dinámica económica. Allí donde una economía consigue encadenar expansión, inversión y reorganización productiva, la otra encuentra más problemas para mantener esos encadenamientos en el tiempo.

El efecto acumulado de estas diferencias comienza a reflejarse con nitidez en la tabla. En 1970 la distancia ya es considerable. En 1980 y 1990 se amplía de manera marcada. A partir de 2000, la separación adquiere una escala que cambia por completo la forma en que debe leerse la relación entre ambos países. La isla deja de ser solo un espacio compartido por dos Estados vecinos y pasa a convertirse en uno de los casos más extremos de divergencia entre economías contiguas.

La población también ayuda a dimensionar el proceso. El aumento demográfico en ambos lados de la isla ocurre, además, en un contexto en el que la distancia económica se amplía. Esto importa porque la divergencia no se produce entre unidades abstractas, sino entre sociedades cuya escala poblacional también crece. La combinación entre brecha de ingreso y expansión demográfica vuelve más intensa la interacción entre ambas trayectorias.

La migración aparece aquí como una consecuencia visible de esa evolución. A medida que la distancia entre oportunidades económicas aumenta, la movilidad se vuelve más previsible. No es la migración la que crea la divergencia. Es la divergencia la que, al profundizarse, alimenta flujos de personas, reorganiza mercados laborales y modifica la manera en que ambas economías se relacionan dentro de un mismo espacio insular.

Este punto es importante porque desplaza la pregunta central. La cuestión ya no es solamente por qué dos países vecinos son distintos, sino cómo llegaron a serlo en esta escala y por qué esa distancia siguió ampliándose durante tanto tiempo. Identificar el período de quiebre permite ver que la diferencia actual no es el resultado de una fatalidad geográfica ni de una condición original inmutable. Es el resultado de trayectorias que, durante un tiempo, estuvieron mucho menos distantes y que luego comenzaron a separarse de forma persistente.

La observación de esa trayectoria permite formular el problema con mayor precisión. No basta con afirmar que una economía creció más que la otra. Es necesario entender qué condiciones hicieron posible que una de ellas sostuviera una dinámica acumulativa mientras la otra encontraba mayores dificultades para hacerlo. Esa pregunta no puede resolverse únicamente con una tabla ni con una cronología. Exige examinar los mecanismos que convierten diferencias iniciales en brechas duraderas.

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