Economía
Si la calidad del combustible se mide por el octanaje, ¿nos engañan? (2)
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<p>“Las cosas son lo que son y sus consecuencias serán las que serán”. –<strong><em>John Adams</em></strong></p>
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<p>Si en la<a href="https://eldinero.com.do/362007/si-la-calidad-del-combustible-se-mide-por-el-octanaje-nos-enganan-1/"> entrega anterior</a> examinamos las desviaciones detectadas en el octanaje de las gasolinas y sus implicaciones inmediatas para el consumidor, ahora conviene dar un paso adicional. Más que volver sobre los datos ya conocidos, interesa comprender cómo se clasifican los combustibles y por qué esa clasificación no es un simple recurso comercial, sino una pieza decisiva dentro de la calidad final que recibe el usuario.</p>
<p>La clasificación de la gasolina responde, entre otras variables, a su capacidad para resistir la detonación prematura dentro del motor, capacidad que se expresa a través del octanaje. La relación que conviene retener es que mientras mayor es ese valor, mayor es la estabilidad del combustible frente a la compresión. Ello no implica automáticamente más potencia o mejor rendimiento en cualquier vehículo; lo que realmente expresa es una mejor adecuación para motores diseñados con mayores niveles de exigencia, como buena parte de los motores modernos.</p>
<p>A partir de ahí se entiende mejor la lógica de las categorías comerciales regular y premium, las que conocemos en el mercado dominicano. La diferencia entre ambas no responde solo a una construcción de mercadeo; se trata, en esencia, de una diferencia técnica, en la medida en que la gasolina premium debe ofrecer un nivel de octanaje superior, lo que justifica su mayor precio. En todo caso, la cuestión de fondo no es solo cómo se nombran esas categorías, sino si la calidad efectivamente entregada corresponde a lo que cada una promete.</p>
<p>No vale la pena reiterar los resultados de inspección ya comentados, sino subrayar que la fiscalización debería apoyarse en parámetros técnicos concretos y en métodos de ensayo estandarizados. De este modo, la discusión no debe apoyarse en percepciones subjetivas, en experiencias aisladas de los usuarios ni en intuiciones del mercado, sino en mediciones verificables y comparables.</p>
<p>Ahora bien, el octanaje no es una propiedad inmutable ni un atributo que pueda examinarse al margen del circuito de comercialización. La calidad del combustible incluye recepción en terminales, almacenamiento, transporte y expendio final. En cada una de estas etapas intervienen variables capaces de alterar sus propiedades fisicoquímicas. De ahí que el problema no pueda reducirse a las estaciones de venta porque ellas constituyen apenas el último eslabón de una cadena en la que la calidad debe preservarse desde el origen hasta el consumidor final.</p>
<p>Es en este contexto donde las experiencias internacionales pueden aportar lecciones útiles. El caso de Perú merece ser observado no tanto porque haya distinguido entre regular y premium —algo que también existe en el mercado dominicano de gasolina—, sino porque esa simplificación fue asumida expresamente como una estrategia para reducir complejidades logísticas, mejorar el almacenamiento, disminuir riesgos de mezcla indebida y fortalecer la trazabilidad del producto.</p>
<p>Una oferta aparentemente simple puede seguir descansando sobre operaciones complejas y vulnerables si no existen procedimientos rigurosos de manejo, segregación, ensayo y supervisión; por el contrario, una estructura bien organizada puede reducir sustancialmente los puntos de riesgo y mejorar la consistencia del producto que llega al consumidor. El verdadero desafío no es determinar el octanaje en un momento concreto, sino en asegurar que ese valor se preserve a lo largo de toda la cadena de comercialización, lo cual exige control técnico, disciplina operativa y una trazabilidad que permita identificar dónde se producen las desviaciones cuando estas aparecen.</p>
<p>Una de las lecciones más firmes en materia de calidad aprendidas durante nuestro paso por la antigua Digenor es que lo decisivo es entender cómo se construye, o cómo se pierde, la coherencia entre lo que el mercado promete y lo que finalmente entrega.</p>
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