Ciencia y Tecnología
Los "deepfakes" de hace 100 años: así se manipulaban las imágenes antes de la IA
Mucho antes de que la inteligencia artificial (IA) popularizara imágenes hiperrealistas capaces de engañar al público a gran escala, la manipulación visual ya formaba parte del ADN de la fotografía.
Desde su irrupción pública en 1839, cuando empezó a asociarse con la idea de objetividad –el "lápiz de la naturaleza", como lo bautizaba uno de los primeros libros sobre fotografía, The Pencil of Nature–, no pasó mucho tiempo antes de que también se utilizara para alterar imágenes. Y todo sin necesidad de algoritmos: bastaban herramientas manuales como tijeras o pegamento, junto a la tentación, muy humana, de reescribir la realidad.
Exposición recorre casi un siglo de imágenes manipuladas
Eso es precisamente lo que explora la exposición FAKE! Early Photo Collages and Photomontages, abierta hasta el 25 de mayo en el Rijksmuseum de Ámsterdam. La muestra reúne más de 50 imágenes históricas de la colección del museo –que, según Forbes, hoy alcanza cerca de 200.000 fotografías y objetos fotográficos– y recorre el periodo comprendido entre 1860 y 1940.
De hecho, según el Rijksmuseum, ya en torno a 1860 los fotógrafos comenzaron a experimentar con la manipulación directa de sus imágenes, explorando formas de combinar distintos elementos para transformar la escena original apenas unas décadas después de su invención.
Fotomontaje y humor: mazorcas gigantes y coches voladores
Un ejemplo llamativo de los primeros años del siglo XX es el del fotógrafo W. H. Martin, que en 1908 producía postales con productos agrícolas de tamaño descomunal. En lugar de capturar una escena tal cual, construía sus imágenes a partir de distintos fragmentos, realizando varias tomas por separado y combinándolas manualmente hasta crear una composición nueva que finalmente volvía a fotografiar para darle apariencia de unidad.
El resultado era una enorme mazorca de maíz que parecía salida de una pesadilla agrícola –o de un cartel de feria–. De la misma época data otra postal en la que coches sobrevuelan Nueva York, con colores añadidos durante la impresión que le dan un aire casi ilustrado.
Pero no todo era humor. También se empleaban técnicas como la doble exposición, en la que una misma persona aparecía dos veces en la imagen: primero se exponía la mitad de la placa, luego el sujeto cambiaba de posición y se registraba la otra mitad. Un procedimiento simple, efectivo y, en ciertos contextos, con fines más serios.
John Heartfield y el fotomontaje político contra el nazismo
Más allá de estas exploraciones formales, la exposición incluye también obras con una carga política contundente, que ni siquiera pretendían parecer realistas. El ejemplo más destacado es el del artista alemán John Heartfield –seudónimo de Helmut Herzfeld (1891–1968)–, hoy considerado uno de los grandes maestros del fotomontaje político.
Heartfield tomaba fotografías de prensa reconocibles y las reorganizaba para subvertir su significado. En un fotomontaje de 1934 publicado en la portada de la revista Arbeiter-Illustrierte-Zeitung, aparece Joseph Goebbels colocando a Hitler una espesa barba gris, fundiendo visualmente al dictador con Karl Marx. El mensaje era una burla directa a los intentos nazis de seducir a la clase trabajadora.
En definitiva, las mismas técnicas que servían para hacer reír con gansos gigantes podían emplearse también para denunciar a un régimen.
En ese sentido, Hans Rooseboom, conservador de fotografía del Rijksmuseum, lo resume con claridad en una entrevista con Forbes: "Las fotografías siempre se han alterado o manipulado. No es nada nuevo; forma parte del funcionamiento de la fotografía desde sus inicios. Por mucho que asociemos la fotografía con el realismo o la veracidad, no siempre es así".
Las hadas de Cottingley
Y, sin embargo, la frontera entre lo creíble y lo falso nunca ha sido fácil de trazar. Un caso célebre lo demuestra con claridad: entre 1917 y 1920, dos primas británicas, Elsie Wright y Frances Griffiths, fotografiaron lo que parecían ser hadas danzantes en un jardín rural –las conocidas Hadas de Cottingley–.
En las imágenes, pequeñas figuras aladas revoloteaban junto a las niñas con una apariencia sorprendentemente convincente, por lo menos para su época. Las fotografías no tardaron en captar la atención de Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, quien las utilizó para ilustrar un artículo sobre lo sobrenatural en una revista navideña y las defendió como prueba visible de la existencia de hadas.
El público se dividió entre creyentes y escépticos, y durante años el caso alimentó el imaginario colectivo. No fue hasta la década de 1980 cuando las propias protagonistas admitieron el engaño: habían utilizado recortes de cartón inspirados en ilustraciones infantiles. Aun así, una de ellas sostuvo hasta el final que al menos una de las fotos era auténtica, como si incluso sus autoras se resistieran a deshacer por completo la ilusión.
La diferencia entre entonces y ahora, señala Rooseboom, es sobre todo de escala: "Hasta la década de 1920, la mayoría de la gente apenas veía fotografías. Hoy en día vemos más en un solo día de lo que ellos veían en toda su vida". A ese volumen cabe sumar que hoy prácticamente cualquier persona puede acceder a herramientas para manipularlas.
Su conclusión no es pesimista, sino pragmática: saber que las fotografías se han retocado desde el principio "puede hacerte comprender que siempre debemos ser conscientes de que no siempre hay que fiarse de lo que ven nuestros ojos". Una lección de más de 150 años de antigüedad, más vigente que nunca.
