De Ultimo Minuto
Orlando Martínez: el país que aún le debe verdad
Por más años que pasen, la muerte de Orlando Martínez Howley no termina de quedarse en el pasado. No es un recuerdo que se archive en la historia, ni una efeméride más para discursos de ocasión. Es, en realidad, una herida que sigue hablando, una pregunta incómoda que la sociedad dominicana todavía no responde del todo.
Cada aniversario de su asesinato nos enfrenta a una verdad sencilla pero perturbadora: a Orlando no lo mataron solo por lo que escribió, sino por lo que representaba. En un contexto marcado por el miedo, durante los años del gobierno de Joaquín Balaguer, su voz rompía el silencio impuesto. Era incómodo, directo, sin adornos. Y eso, en tiempos de represión, se paga caro.
Puedes leer: ¿Por qué en el Clásico Mundial de Beisbol, Taiwán lleva el nombre de China Taipéi y Holanda el de Países Bajos?
Pero el paso del tiempo ha querido domesticar su figura. Se le rinde homenaje, se colocan ofrendas, se pronuncian discursos. Sin embargo, la pregunta de fondo sigue intacta: ¿hemos aprendido realmente algo de su muerte?
Porque honrar a Orlando Martínez no es repetir su nombre cada 17 de marzo. Es asumir el compromiso que él encarnó: el de decir lo que otros callan. Y en ese sentido, el país tiene una deuda pendiente. Aún hoy, el ejercicio del periodismo enfrenta presiones, intereses y riesgos que, aunque distintos en forma, conservan la misma esencia: el intento de silenciar la verdad.
La justicia tardía que alcanzó su caso fue un paso importante, sí. Pero no suficiente. La impunidad no solo se mide en condenas judiciales; también se mide en la capacidad de una sociedad para garantizar que hechos como ese no se repitan. Y ahí es donde todavía fallamos.
Orlando Martínez incomodaba porque creía en un periodismo que no negocia principios. En una época donde la información compite con la desinformación, donde las redes amplifican tanto la verdad como la mentira, su ejemplo resulta más vigente que nunca. No era perfecto, pero era coherente. Y esa coherencia es, quizás, lo que más escasea hoy.
Recordarlo debería ser un acto de conciencia, no de rutina. Un llamado a revisar qué tipo de sociedad estamos construyendo y qué lugar ocupa la verdad en ella. Porque si su muerte solo sirve para mirar al pasado con nostalgia, entonces habremos perdido lo esencial.
A Orlando Martínez Howley no lo asesinaron únicamente las balas. Lo asesinó un sistema que temía a la palabra libre. Y mientras ese miedo siga existiendo —aunque adopte nuevas formas—, su historia seguirá siendo presente.
La mejor manera de honrarlo no es el recuerdo. Es el coraje.
Por más años que pasen, la muerte de Orlando Martínez Howley no termina de quedarse en el pasado. No es un recuerdo que se archive en la historia, ni una efeméride más para discursos de ocasión. Es, en realidad, una herida que sigue hablando, una pregunta incómoda que la sociedad dominicana todavía no responde del Opinión, Orlando Martínez Howley
