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Irán juega con el reloj de EEUU: apuesta al desgaste

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Al régimen de Teherán le pasa factura el coste de 100 días de guerra y carece de garantías de que sus enemigos no reanudarán su ofensiva Leer Al régimen de Teherán le pasa factura el coste de 100 días de guerra y carece de garantías de que sus enemigos no reanudarán su ofensiva Leer   

Desde reponer municiones estratégicas, al acoso con lanchas a petroleros en el Estrecho de Ormuz o la toma de decisiones en el núcleo del equipo negociador iraní. La Guardia Revolucionaria, compuesta por unos 200.000 efectivos, está al mando de toda la cadena de decisiones en Irán desde que fue atacada por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero, desatando una guerra que afectó a toda la región. Conocidos en Irán como Sepah-e Pasdaran, el cuerpo militar fue creado en los años 80 para asegurar la permanencia del régimen, pero ocupan ahora cargos de decisión y controlan un tercio de la economía del país.

La muerte del Líder Supremo y la decapitación de altos cargos militares en los primeros días de guerra no provocó el colapso del régimen, sino que abrió la puerta a que nuevas generaciones de la Guardia Revolucionaria tomaran el poder. Conocidos generales ganaron protagonismo en la esfera pública como el presidente del Parlamento y negociador, Mohammad Bagher Qalibaf; o el comandante jefe de la Guardia Revolucionaria, Ahmad Vahidi; mientras un aliado del cuerpo e hijo del Líder Supremo fallecido, Mojtaba Jamenei, asumió la dirección del país. Con todo, se produjeron decenas de relevos en rangos inferiores de la Guardia Revolucionaria, que según apuntan los analistas, se adaptaron rápidamente a la estrategia mosaico adoptada por el régimen durante la guerra, una forma organizativa horizontal en la que unidades independientes siguen actuando pese a la pérdida de sus líderes.

Bajo el mando de la Guardia Revolucionaria, la estrategia del régimen tomó un rumbo distinto al de la guerra de junio de 2025. Conscientes de que Estados Unidos e Israel no esperaban una campaña prolongada, Irán saturó sus defensas con andadas sistemáticas de misiles y drones contra sus bases en toda la región, dañando la imagen y economías de países del Golfo. El régimen también llevó a cabo una de las amenazas que había puesto sobre la mesa desde hace años: el cierre del Estrecho de Ormuz. Pese a tener una flota muy inferior a Estados Unidos, Irán usó la guerra asimétrica para controlar esta vía marítima crucial, por donde pasa cerca del 20% del petróleo y gas mundial. Con la amenaza de minas, drones y lanchas rápidas, suspendió el cruce de buques durante semanas, poniendo en jaque a los mercados internacionales. Antes, Estados Unidos tenía una clara ventaja en el plano económico frente a Irán con el uso de sanciones unilaterales y el bloqueo del acceso a la economía global, ante la impotencia iraní. Teherán ha demostrado que el Estrecho de Ormuz puede ser una palanca de presión que genere un terremoto internacional y no ha dudado en usarla.

Con su arsenal militar casi íntegro, la Guardia Revolucionaria cree haber ganado la guerra y busca reforzar su soberanía sobre el Estrecho de Ormuz. En el actual impás de conversaciones diplomáticas, los generales carecen de garantías de que sus enemigos no reanudarán la guerra, por lo que creen que el único elemento disuasorio puede ser el tiempo, que aumenta los costes del conflicto, que superan los 29.000 millones de dólares para Washington. "Teherán no busca desesperadamente un acuerdo a cualquier precio", escribe el analista especializado en Irán e Israel, Danny Citrinowicz. "Teherán cree que conserva su influencia y no tiene intención de precipitarse a un acuerdo que no cumpla con sus requisitos mínimos. Los líderes iraníes parecen dispuestos a asumir el riesgo de una mayor escalada si no se cumplen dichas condiciones", señala en sus redes. Desde que se acordó el alto el fuego a principios de abril, se repite un patrón en el que Teherán y Washington parecen lograr un acercamiento en las negociaciones, que termina en una nueva escalada militar de ataques cruzados, en los que Irán golpea a países terceros como Emiratos Árabes Unidos, Bahrein o Kuwait. "Nada está acordado hasta que todo esté acordado", advierte una fuente iraní a Al Jazeera, recordando el estilo negociador del régimen, de insistir meticulosamente en aspectos concretos de un pacto y ganar tiempo discutiendo detalles hasta la saciedad. Los halcones del régimen no confían en la diplomacia y ya dan por hecho que Estados Unidos no cederá a las demandas de Teherán de levantamiento de sanciones, un programa nuclear limitado y el fin de la guerra israelí en Líbano, entre otras cuestiones. Por ello, apuntan los expertos, el régimen se concentra en buscar un acuerdo que consolide los logros de Irán y allane el camino para obtener beneficios económicos de la venta de petróleo y mediante peajes en el Estrecho de Ormuz. El analista iraní Hamidreza Azizi, apunta que la pelota está en el tejado estadounidense, que debe "buscar un marco diplomático más amplio" que incluya las demandas iraníes o adentrarse "por un camino que conlleva el riesgo de una mayor escalada en múltiples escenarios". "El desafío radica en que, una vez iniciada la escalada, controlar su alcance y ritmo se vuelve cada vez más difícil". Ya lo advirtió el negociador iraní Qalibaf hace una semana. "Estamos obteniendo concesiones no mediante conversaciones, sino misiles", señaló a la prensa. "El ganador de cualquier acuerdo es el bando que esté mejor preparado para la guerra al día siguiente de su firma".

Al parecer, la Guardia Revolucionaria cuenta además con un mayor apoyo popular que antes de la guerra. Los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán causaron más de 3.500 fallecidos, en su mayoría civiles; dejando más de 45.000 edificios parcial o totalmente destruidos por los ataques. "En lugar de derrocar al régimen, la campaña, en varios aspectos clave, lo está reforzando", escribió en marzo el analista Citrinowicz. Desde el inicio de la guerra, se mantienen protestas en varios puntos de la capital, donde centenares de civiles de perfiles cada vez más diversos, se reúnen a menudo para defender a Irán contra los ataques. Un análisis de Bloomberg sobre los objetivos residenciales en la guerra, da voz a civiles de varias regiones que ya no sienten a la armada iraní como un cuerpo opresor, sino defensor de los ataques de Estados Unidos e Israel. Por su parte, el analista Vali Nasr apunta que el relevo de la Guardia Revolucionaria, consciente de la necesidad de ampliar su base social -especialmente después de las protestas antirégimen de enero- se dirige a un sector más amplio de la sociedad. "Medios estatales normalizan imágenes de mujeres con y sin velo juntas, enmarcan una identidad iraní como cultural, en lugar de puramente religiosa. Se dirigen a los sectores que más habían rechazado la República Islámica", escribe Nasr en Foreign Affairs. "El régimen continúa reprimiendo con dureza la disidencia política, pero ahora el Estado reconoce que necesita una base social mucho más amplia", señala.

 

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