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La primera guerra convencional que Estados Unidos podría no ganar desde Corea

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Hasta ahora Washington sólo ha fracasado en guerras de guerrillas, y especialmente Vietnam y Afganistán Leer Hasta ahora Washington sólo ha fracasado en guerras de guerrillas, y especialmente Vietnam y Afganistán Leer   

Si la guerra en Oriente Próximo terminara como está la situación ahora mismo, éste sería el conflicto convencional en el que peor le ha ido a Estados Unidos desde que ese país existe.

Irán habría logrado todos sus objetivos. E Israel y Estados Unidos ninguno. Por eso, la estrategia de Teherán es mantener las cosas como están, porque una dictadura puede resistir mucho más que dos democracias. La frase de los talibán afganos a los estadounidenses, "ustedes tiene los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo", esta volviendo a aplicarse.

En sus 250 años de existencia, Estados Unidos nunca ha perdido una guerra convencional, es decir, un conflicto entre Estados que utilizan armas, tácticas, y fuerzas armadas tradicionales. En las que ha fracasado han sido, siempre, guerras de guerrillas o insurgencias, especialmente Vietnam y Afganistán. En el capítulo de guerras entre Estados, Washington solo ha empatado dos. Y una, con matices. Fue el conflicto de 1812 contra el Reino Unido, que culminó con la quema de la Casa Blanca por los británicos, y el fracaso en su intento de conquistar lo que hoy es Canadá (un entuerto que Donald Trump parece querer desfacer casi dos siglos más tarde). Pero ése no era el objetivo principal de EEUU, que, a cambio, logró la aniquilación de dos grandes confederaciones indígenas aliadas con Londres, lo que abrió las puertas a la expansión hacia el Oeste.

El otro caso, Corea es más complejo. Porque ahí, al igual que ha pasado con Irán en 2026, y que ocurrió con Irak y con Afganistán hace dos décadas, Washington cambió constantemente de objetivos en el conflicto. Primero se trataba de defender la mitad sur del país; después, de conquistar el norte; a continuación, de volver a salvar el sur; y, finalmente, de mantener la línea de separación entre ambos países. El conflicto, además, se complicó porque lo que empezó como una guerra contra Corea del Norte se transformó en otra contra China y la URSS. Solo la muerte de Stalin permitió el armisticio que todavía hoy sigue vigente. En Corea, literalmente, tres años de guerra sirvieron para dejar las cosas como estaban y congelar durante 73 años un conflicto. Eso es algo que el mundo no puede permitirse hoy con Irán.

Varios soldados ensangrentados y vendados tras la batalla de Hue, en la guerra de Vietnam, en 1968.
Varios soldados ensangrentados y vendados tras la batalla de Hue, en la guerra de Vietnam, en 1968.Getty

Pero, en esta guerra, la coalición israelí-estadounidense, a la que se sumaron después Arabia Saudí y Emiratos, no ha logrado ninguna de las exigencias que plantearon los negociadores estadounidenses Jared Kushner y Steve Witkoff (respectivamente, yerno y amigo de Trump): que Irán abandone sus programas nuclear y de misiles de largo alcance, y que deje de apoyar a sus aliados en la región (Hamas en Gaza, Hizbulá en Líbano, las milicias chiíes de Irán, y los hutíes de Yemen). Por ahora, Irán mantiene intactos sus programas nuclear y de defensa. Y, en relación a sus aliados, "son grupos que operan con diversos grados de autonomía respecto a Teherán, así que cada caso es diferente, pero la guerra no está debilitando los vínculos", explica el ex embajador británico e investigador sénior del think tank de Washington Centro para la Defensa de las Democracias Edmund Fitton-Brown.

EEUU exigía a Irán sumisión estratégica sin ofrecerle nada a cambio. Y Teherán tenía buenos motivos para no ceder. Su vecino y enemigo declarado, el Irak de Sadam Husein, se desarmó bajo las presiones de Washington en la década de los noventa, para encontrarse en 2003 con una invasión estadounidense que le costó el poder y la vida. La propia República Islámica ha tenido experiencias similares. En 2003, llegó a un acuerdo con Reino Unido, Alemania y Francia para suspender temporalmente su programa de enriquecimiento nuclear. Dos años después, Irán abandonó el entendimiento, cansado de los europeos vieran la suspensión "temporal" como algo que se podía prorrogar indefinidamente.

En 2018, EEUU rompió unilateralmente el acuerdo de 2015, que el propio Washington había negociado, en virtud del cual Irán congelaba durante tres décadas su programa nuclear militar. Según el entonces embajador del Reino Unido en Washington, Kim Darroch, fue "un acto de vandalismo diplomático por motivos ideológicos y personales: era el acuerdo de Obama".

Eso explica la reacción militar de Irán. "Teherán ha sorprendido a muchos igual que sorprendió a la OTAN la apertura de los archivos soviéticos en 1992″, explica Phillip Cornell, investigador del think tank Atlantic Council que antes trabajó en la Alianza Atlántica y en la Agencia Internacional de la Energía. "Mientras la OTAN hacía escenarios sobre escaladas y desescaladas, la URSS apenas había diseñado planes fuera del concepto de guerra total. O todo o nada. Con Irán ha pasado algo similar. Ese país está controlando la escalada, pero ha dejado claro que la infraestructura económica, energética y financiera de la región es muy vulnerable, y que tiene los medios para inutilizarla. Con eso ha sido suficiente", concluye.

Teherán ha mostrado una capacidad militar muy superior a la esperada. Ha descentralizado sus centros de operaciones, de manera que es imposible decapitar a sus fuerzas militares. Con inteligencia de satélites chinos y blancos designados por satélites rusos, y aplicando las enseñanzas de su aliado Vladimir Putin en los bombardeos contra Ucrania, ha destruido 288 objetivos estadounidenses, incluyendo radares ultrasofisticados. Y, al sembrar el terror en toda la infraestructura petrolera de Oriente Próximo, ha obligado a las fuerzas navales de EEUU a reaprovisionarse de combustible a través de petroleros en el mar, lo que complica la logística. Además, EEUU ha gastado tal cantidad de armas – sobre todo misiles crucero y antimisiles – que ahora tiene que guardar los que le quedan para un posible conflicto con China. Reponer las existencias llevará dos o tres años.

Igual que en Corea, EEUU ha cambiado de objetivos, y no ha descartado el derrocamiento de la República Islámica. Y, por si eso no bastara, las metas de su gran aliado, Israel, han sido siempre mucho más ambiciosas, incluyendo machaconamente el cambio de régimen.

Es demasiada ambición para una guerra aérea. De hecho, solo hay un caso en el que una intervención exclusivamente por el aire lograra los objetivos estratégicos en un conflicto, pero en una época y contexto completamente diferentes, cuando en 1999 la OTAN consiguió, tras 78 días de bombardeos, que Serbia abandonara Kosovo.

Así es como se ha llegado esta semana a las declaraciones del armador griego Evangelos Marinakis, dueño de 35 superpetroleros, al diario Financial Times, declarándose partidario del pago del peaje que presuntamente exige Teherán a los barcos que cruzan el Estrecho de Ormuz, y que se supone que asciende a dos millones de dólares en bitcoin, una criptodivisa paradójicamente muy favorecida por Donald Trump que es casi imposible de detectar. La guerra, así pues, corre peligro de convertirse, en el mejor de los casos, en el tercer empate de los 250 años de historia militar de Estados Unidos.

 

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