Connect with us

Economía

Un mercado diseñado para no abrirse

Published

on

Hay preguntas que incomodan porque no tienen respuesta inocente. ¿Por qué el mercado de capitales dominicano sigue siendo tan pequeño tras décadas de crecimiento? ¿Por qué la renta variable es una curiosidad académica? ¿Por qué comprar acciones de Apple resulta más difícil que abrir una cuenta de ahorro? Las respuestas apuntan en la misma dirección: este mercado no está construido para crecer, sino para conservar.

El contexto importa. La República Dominicana ha sostenido uno de los crecimientos económicos más sólidos de América Latina en dos décadas. Sin embargo, el mercado de capitales no ha seguido ese ritmo: el mercado secundario es marginal, la renta variable está ausente del portafolio del inversor común, y la internacionalización del ahorro, una promesa.

Este contraste no es accidental. El mercado está diseñado para quienes ya tienen el capital, no para quienes intentan construirlo.

“Un mercado sin competencia real no es un mercado: es un monopolio con nombre distinto.”
El mercado secundario es el corazón de cualquier sistema financiero: donde los instrumentos ya emitidos se compran y venden, los precios se forman de manera continua y los inversionistas pueden entrar y salir según sus necesidades. Sin él, el capital queda atrapado; quien compra un bono o una acción se convierte en inversor de largo plazo sin opciones de liquidez.

En República Dominicana, ese mercado existe formalmente: la Bolsa de Valores y la Ley 249-17 establecen las condiciones para que opere. El problema no está en las normas; está en los incentivos. Los grupos financieros que dominan la banca también controlan las principales AFIs y los puestos de bolsa. Para ellos, un mercado secundario profundo es una amenaza: obliga a revelar precios reales y reduce el poder de retención sobre sus clientes.

El costo es real y recae sobre todos. Sin mercado secundario activo, quien emite debe ofrecer rendimientos más altos para compensar la falta de liquidez. Esa prima se traslada al costo del crédito y, al final de la cadena, al consumidor.

La renta variable —acciones de empresas cotizadas— es la expresión más democratizadora del mercado de capitales: permite que cualquier ciudadano se convierta en copropietario de las empresas más dinámicas, y que esas empresas capten capital sin endeudarse. En Chile, Brasil o Colombia, las bolsas han sido vehículos reales de formación de riqueza para la clase media.

En República Dominicana, la historia es diferente. El listado de empresas en renta variable es escaso, la negociación es esporádica, y la cultura de inversión en acciones no existe entre el público general. Según la Asociación de Puestos de Bolsa, hasta 2024 el 95% del mercado dominicano correspondía a renta fija — la primera oferta pública de acciones de una empresa local ocurrió ese mismo año. El ahorro dominicano no diversifica: circula dentro del mismo ecosistema.

Los números de la SIMV lo confirman. Al cierre de septiembre de 2025, el patrimonio administrado por las AFIs totalizaba RD$410,002 millones: el 74.3% en fondos cerrados, apenas el 25.7% en fondos abiertos. Cuando tres de cada cuatro pesos están en estructuras que no permiten salida anticipada, la iliquidez no es una limitación técnica: es una característica de diseño.

Quienes defienden esta estructura señalan que los fondos cerrados responden a los activos que financian: un proyecto inmobiliario no puede liquidarse en 24 horas. Válido. Pero el problema no es que existan fondos cerrados; es que concentren el 74.3% del patrimonio total. En mercados más desarrollados, ambas estructuras coexisten en proporciones que dan al inversor opciones reales. Una concentración tan extrema no se explica por la naturaleza del activo: refleja la conveniencia del intermediario.

Más allá de las cifras, lo importante son los incentivos. Las grandes empresas dominicanas han encontrado financiamiento vía banca relacionada o colocaciones privadas. Abrir su capital al público implica transparencia y rendición de cuentas. Para muchas familias empresariales, ese costo no se percibe como una inversión: se percibe como una pérdida de control.

“El inversor dominicano puede no saber lo que le cuesta no poder invertir en el exterior. Pero ese costo existe, y es real.”

El tercer nudo es el más visible. En la mayoría de los países de la región, un ciudadano puede construir un portafolio global desde su teléfono. En República Dominicana, muy pocos intermediarios permiten adquirir valores de bolsas extranjeras. El ahorro queda atrapado sin diversificación: un huracán, una crisis política o una caída del turismo golpearían simultáneamente el empleo, los inmuebles y el portafolio de quien no puede mirar más allá de la frontera.

Las empresas medianas siguen cautivas del crédito bancario. Los inversores no pueden diversificar. Y el sistema financiero pierde la profundidad que solo la competencia genera. Todos pagan el costo de un mercado que no compite.

Es justo reconocer que el mercado no está estancado. Las cuentas registradas superaron las 176,000 en 2025, un crecimiento del 11.4%, y el marco de crowdfunding amplía el acceso a sectores antes excluidos.

El dinamismo existe. Pero un mercado que crece reproduciendo el modelo concentrado no se profundiza: se expande sobre las mismas bases. Crecer no es lo mismo que abrirse.

Con esa salvedad en mente, la apertura es posible y hay señales reales. La regulación de crowdfunding (R-CNMV-2025-27-MV) es un paso concreto hacia la democratización del financiamiento. La presión de plataformas digitales internacionales obliga a algunos intermediarios locales a mejorar su oferta. Y una generación de inversores más exigente demanda acceso a mercados que antes eran invisibles. La presión existe. La pregunta es si el sistema la absorberá o la transformará.

El riesgo es que esas reformas sean absorbidas por el sistema existente, convirtiéndose en ventanas decorativas que no alteran la estructura de fondo. La experiencia regional enseña que los mercados de capitales no se profundizan solos: requieren supervisores con dientes y regulación que premie la competencia. Sin eso, cada reforma nueva termina reforzando el mismo modelo.

Un argumento recurrente atribuye la estrechez del mercado a la falta de cultura financiera, no al diseño del sistema. La experiencia regional desmiente esa secuencia: donde el mercado de capitales se profundizó, fue por reformas estructurales que crearon oferta y competencia, no porque la cultura evolucionara sola. La demanda no precede a la estructura; la sigue.

El mercado de capitales dominicano no es pequeño por falta de ahorro ni por falta de normas. Es pequeño porque quienes tienen el poder de cambiarlo no tienen el incentivo para hacerlo. La pregunta no es si el mercado puede crecer: la evidencia regional demuestra que sí puede. La pregunta es quién está dispuesto a perder la renta de la concentración para que el país gane la riqueza de la competencia.

 

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *