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El vínculo especial del trono español y el Papa

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La relación es herencia de una realidad histórica en la que España desempeñó durante siglos un papel preponderante en la protección y la expansión de la Iglesia católica, un hecho incontestable Leer La relación es herencia de una realidad histórica en la que España desempeñó durante siglos un papel preponderante en la protección y la expansión de la Iglesia católica, un hecho incontestable Leer   

Apenas 10 días después de la proclamación de Felipe VI ante las Cortes, en junio de 2014, los nuevos Reyes de España protagonizaron su primer viaje al extranjero. El destino fue bien significativo: El Vaticano. El entonces Papa Francisco fue informado del proceso de abdicación de Don Juan Carlos y de los cambios que la Corona quería impulsar a marchas forzadas. No estuvo mal escogida aquella inédita salida al exterior de Don Felipe y Doña Letizia como Reyes. Francisco, igual que hoy su sucesor, León XIV, encarnaba un liderazgo reconocido en el globo como un "faro ético", cuyas ideas resultaban inspiradoras mucho más allá del plano religioso -expresión que reflejarían más de una década después los mismos Monarcas en el mensaje de condolencias tras la muerte del argentino-. Pero, sobre todo, se podía leer como una declaración de intenciones por parte de Zarzuela de mimar, como se ha venido haciendo todos estos años, la relación privilegiada entre la Monarquía española y el Papado desde nada menos que los tiempos de los Reyes Católicos.

En esa dimensión ha de entenderse la importancia que tiene para la Corona ejercer como anfitriona del viaje apostólico de León XIV a España. Para Don Felipe fue una espinita clavada que el de Francisco no se materializara. No faltaron invitaciones por parte del Rey en los sucesivos encuentros que mantuvo con el Santo Padre. Y es que, junto a lo que representa que el pastor de la Iglesia católica, con 1.400 millones de fieles en el mundo, pise nuestro país, no cabe pasar por alto que nos visita un jefe de Estado, el más singular de todos, que recibirá los honores protocolarios correspondientes. La proyección política -en el más amplio sentido del término-, inseparable de la figura de todo Papa está marcando especialmente el inicio de pontificado de León XIV, quizá inevitablemente por las turbulencias que agitan a la sociedad de naciones. Y la influencia del sucesor de Pedro trasciende con mucho a los creyentes que conforman su rebaño, algo que se va a hacer bien visible precisamente en los actos de carácter más institucional de la visita del Papa a España, en los que el Rey ejercerá mucho más que de anfitrión al uso.

La relación entre nuestra Monarquía y la Santa Sede antes mencionada es herencia de una realidad histórica en la que España desempeñó durante siglos un papel preponderante en la protección y la expansión de la Iglesia católica, un hecho incontestable por más que también esté hoy sujeto a críticas fruto de cierto revisionismo histórico. Pero, más allá, es obligación de la Jefatura del Estado esforzarse en ese vínculo bilateral. Porque, aunque España sea un Estado aconfesional, el artículo 16 de la Constitución mandata a los poderes públicos a tener en cuenta las creencias de la sociedad española y a mantener relaciones de cooperación con las distintas confesiones, especialmente la Iglesia católica, algo que naturalmente atañe muy directamente al Rey, y que se visualizará con todo el brío de lo simbólico en la visita papal.

De ese legado se derivan aspectos tan singulares como el que los Reyes de España mantengan entre sus títulos tradicionales el de Católicas Majestades. Puede resultar anacrónico cuando nos encontramos ante un reinado que se está caracterizando por un absoluto empeño laicizador en el ejercicio de todas las funciones públicas del Jefe del Estado, relegando la fe al ámbito exclusivamente privado. En ese sentido, la Monarquía española es la única de las diez europeas hoy reinantes totalmente desvinculadas de expresiones de espiritualidad hasta en marcos como la Navidad. Y la misma Reina Letizia se exhibe coherente con su agnosticismo. Todo ello genera divisiones de opiniones. Pero cuando la Monarquía hace uso de viejos privilegios como el que permite a las soberanas de países católicos vestir de blanco en las audiencias con el Papa, algo que Doña Letizia mantiene, lo que se subraya es el profundo poso católico y la enorme tradición cristiana que siguen conformando la actual identidad de España. A la Corona le corresponde recoger y hasta encarnar de algún modo ese acervo. Y así se va a plasmar en el imprescindible protagonismo de la Familia Real en la visita rodeada de tanta expectación de León XIV.

 

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